Libertad obliga
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L a tenue luz de un amanecer incandescente torna el río rojo, y un viento glacial se cuela bajo la capa del vestido rosa que me he puesto a toda prisa hace unas horas.
Me cubro el pecho herido con la tela, lo que despierta el dolor que me ha causado en la espalda el cinturón.
Solange se acurruca un poco más contra mí.
No nos hemos movido desde hace veinte minutos.
Seguimos aquí, paralizadas, contemplando el Sena desde los jardines de María Teresa.
Supongo que Solange y Agnès temen tanto como yo el nuevo día y las pruebas a las que nos someterá.
–No me creo que haya muerto de verdad –musita al final Solange.
–Yo tampoco.
La visión del cadáver de Luis XXII, con la expresión de terror en el rostro y los ojos apagados, se superpone durante unos segundos al lento movimiento del río.
Me he quedado mirándolo mucho tiempo por miedo a que se recuperara, hasta que el doctor ha venido a constatar su muerte...
Incluso cuando el médico la ha anunciado de forma oficial, seguía esperando a que ese monstruo despertara.
–Habéis pedido que lo lleven a otra parte, ¿verdad? –pregunta Solange por tercera vez.
Como prueba de su inquietud, aprieta entre las manos la tela azul del vestido que le ha dado Iphigénie tras su salida del convento.
–Sí, no te preocupes. El médico lo ha trasladado a la morgue real, a Saint-Denis. Ya está lejos de aquí.
Solange asiente y separa la mano derecha de la seda para llevársela a la pequeña cruz que porta en torno al cuello.
Una punzada de ansiedad me traspasa el pecho.
¿Y si Régis Leclerc me mintió una vez más?
¿Y si el veneno que contenía el medallón no era indetectable como me aseguró?
Me obligo a respirar hondo. Si la autopsia revela que ha sido un asesinato, siempre puedo acusar a Grimaux, su secretario personal.
Al contrario que yo, que, según se me ha presentado, era una joven locamente enamorada de mi marido, Grimaux tenía un motivo, la oportunidad y los medios.
Sí, es probable que funcionara. Félix se ha encargado de ese pobre desgraciado, así que no podría defenderse: incriminarlo sería un juego de niños.
Sigo perdida en mis maquinaciones y reflexiones macabras cuando noto que un sollozo convulsiona los hombros de Solange contra los míos.
–Solange, ¿qué pasa?
La abrazo y Agnès me rodea para tranquilizarla ella también.
–No consigo convencerme de que hemos salido de ese infierno –solloza la joven–. Creía... Creía...
–Y yo –musita Agnès.
–Ay, Gabrielle, ¡si supieras...! –exclama Solange, apartándose–. Si supieras lo que me ha hecho... Si supieras lo que había prometido hacernos sufrir a las tres esta noche...
Se limpia las lágrimas que le caen por las mejillas y vuelve a sujetarse la cruz con ambas manos.
–He rezado como nunca. Pero, cuando me habéis venido a buscar, estaba segura de que iba a aparecer detrás de vosotros, que estabais allí porque os lo había ordenado.
No sé cómo describir el alivio que he sentido cuando he visto a monsieur de la Brivoisière.
Es un milagro que ese monstruo se haya derrumbado justo antes de haberte obligado a unirte a nosotras.
–Te ha dado una paliza, ¿verdad? –me pregunta Agnès sin preámbulos.
Señala con la barbilla mis brazos cruzados sobre el pecho y las manos crispadas sobre la tela para cubrírmelo todo lo posible. No sirve de nada negarlo, sobre todo ante ellas, por lo que asiento.
–¿Ha sufrido?
Pienso en su agonía, en la sorpresa cuando le ha sobrevenido el dolor en el momento justo en el que se preparaba para abusar de mí, en el espasmo que le ha convulsionado el cuerpo al darle la patada en la entrepierna y, por último, en el miedo en su mirada cuando le he revelado mi verdadera naturaleza.
–Sí –musito–. No tanto como se merecía, pero sí, ha sufrido.
Una sonrisa vengativa ilumina el rostro de Agnès.
–Perfecto.
Solange, por lo general muy dulce, asiente, aliviada.
–¿Señora?
La voz de Félix, clara y alerta, resuena a nuestras espaldas.
Me giro y lo descubro en el umbral de mis aposentos.
Con el cabello moreno desordenado reluciendo bajo la luz del alba, tan firme en su uniforme de gala ahora arrugado, parece recién salido de un campo de batalla. Hace una reverencia ante mí.
–Señora, ¿podemos hablar? –me pregunta en cuanto se incorpora.
–Por supuesto, monsieur de la Brivoisière.
Ante estas palabras, Agnès me suelta y coge a Solange del brazo.
–Vamos a buscar una habitación –le propone con dulzura.
Observo cómo se alejan con pasos cortos hasta que la oscuridad de mis aposentos engulle su silueta. Félix se acerca a la balaustrada y apoya los codos en ella. Parece demacrado, con enormes ojeras que le surcan el rostro, pero en sus ojos brilla la astucia.
–¿Cómo están? –me pregunta.
–Es un poco pronto para saberlo –contesto con un suspiro–. Por desgracia, el maltrato que les ha infligido Luis XXII no comenzó al entrar en el convento de Notre Dame, sino durante las grabaciones de Nobleza obliga . Creo que necesitarán tiempo para recuperarse.
–¿Y tú?
Se ha desprendido de todo rastro de formalidad.
–¿Yo?
–Sí, ¿cómo te encuentras?
Me encojo de hombros y desvío la mirada antes de sumergirme en la contemplación del río.
–Sobreviviré.
Siguiendo el cauce del Sena, un poco más alejado, se erige, amenazador, el convento gris sin ventanas sobre las aguas parduzcas. Allí duermen aún tres mujeres: estaban convencidas de que si salían de su celda les esperaba la tortura y la muerte, por lo que se han negado a seguirnos.
–Yo no he vivido nada tan grave, comparado con aquello por lo que han pasado las víctimas de los dos monarcas.
–No digas eso, Gabrielle.
Félix utiliza un tono dulce, casi un murmullo.
–No me atrevo ni a imaginar lo que debes haber sufrido esta noche. Lo que habrás tenido que hacer...
Se interrumpe e intercambiamos una mirada.
No necesita terminar la frase para que entienda lo que quiere decir: como cada vez que pasamos un momento juntos, sus ojos son más reveladores que sus palabras.
Sabe que he matado al rey. Sabe que lo he envenenado.
Lo ha sabido desde que le he pedido ayuda mientras bailábamos.
–Te admiro, Gabrielle –prosigue–. Te has enfrentado al peligro sin amedrentarte, como un auténtico soldado. –Respira hondo–. A juzgar por lo que he visto esta noche...
Una chispa de sufrimiento le cruza el rostro y sé lo que no se atreve a preguntarme: ¿cómo descubrí lo que encerraba aquel edificio?
Escenarios cada vez más aterradores deben estar alterándole la mente.
Pero confesarle mi papel como espía en Nobleza obliga supondría un peligro demasiado grande...
A pesar de la simpatía que me inspira, somos aliados debido a las circunstancias, unidos por el deseo de derribar a un enemigo común.
Solo el tiempo dirá si puedo contar con él de verdad.
–Es mejor no decir ciertas cosas en voz alta –musito.
–Lo entiendo. Pero aquí me tienes si llega el día en el que te sientas preparada para compartirlas.
La dulzura de la sonrisa que me dedica a continuación me sorprende.
Entonces, advierto el brillo dorado de una cadena que lleva en la mano.
La medalla de bautismo de Capucine de Léon.
Una oleada de tristeza me inunda cuando me doy cuenta de que no es el único hombre al que conozco que ha salido del convento con una medalla.
Se me forma un nudo en la garganta y giro la cabeza para ocultar las lágrimas que noto cómo me inundan los ojos.
Antoine. Desearía tanto tenerlo a mi lado, en lugar de a Félix, contemplando este nuevo amanecer.
Habría podido contárselo todo. Habría podido refugiarme entre sus brazos y olvidarme de lo ocurrido.
Habríamos aprovechado la eternidad para conocernos y querernos.
–Gabrielle... ¿Puedo hacer algo por ti?
La voz llena de delicadeza y preocupación de Félix me trae de vuelta a la realidad. Me sigue observando desde una distancia respetuosa, pero percibo que tiene el cuerpo inclinado hacia el mío, preparado para recibirme en sus brazos. Me seco las lágrimas y cuadro los hombros.
–Se ha codeado con la nobleza y ha formado parte de la vida política durante estos últimos dos años, ¿verdad? –digo.
Mi pregunta lo pilla por sorpresa. Quizá esperaba que me desahogara. De repente, se endereza, como si se hubiera dado cuenta de que se ha dejado llevar.
–Sí, señora.
Me percato de que ya no me llama «Gabrielle». Se está dirigiendo a mí como su soberana.
–Monsieur de la Brivoisière, si he entendido bien el protocolo, la cámara alta va a anunciar el fallecimiento de Luis XXII y me convocarán ante estos caballeros para testificar sobre las circunstancias en las que murió el rey. ¿Puede decirme qué me espera en ese interrogatorio?
Niega con la cabeza con firmeza.
–Por desgracia, no, señora. Las circunstancias son inéditas.
La cámara alta, en su versión actual, existe solo desde hace treinta años y no ha conocido más que a dos monarcas.
Tras la muerte de Luis XXI, Luis XXII congregó a los pares del reino y llevó a cabo él mismo los interrogatorios con los sospechosos, como prevé la ley en caso de asesinato del rey.
Pero en este caso, Luis XXII no solo ha muerto de causa natural, sino que no tiene heredero presente ni regente identificado con claridad...
Advierto, satisfecha, que no le ha temblado la voz cuando ha hablado de «causa natural».
–Esta vez, la cámara alta no son los únicos que se enfrentan a una situación desconocida, sino el país entero.
Cuando murió Luis XX, hacía tres años que su mujer, la regente Cristina, dirigía de forma oficial los asuntos del Estado en su nombre y Luis XXI tenía siete años.
En nuestro caso, usted es la reina desde hace menos de veinticuatro horas.
En teoría, el heredero es el joven Luis XXIII, el sobrino nieto de Luis XXI...
–¿El niño escondido en Sudamérica cuyos padres y abuelos fueron asesinados?