Epílogo
Veinte años después
A taviada con mi habitual vestido negro , le estrecho la mano a monsieur Henry, el primer presidente de la Asamblea Nacional. A nuestro alrededor, un grupo de fotógrafos activa sus objetivos y las cámaras inmortalizan este momento histórico.
–Señora, ha sido un honor –me dice con calidez.
–Cuide del palacio –le respondo–. Ya sabe que lo he reformado para usted.
–No le fallaré, señora. En nombre de Francia, le doy las gracias por su servicio y le deseo todo el descanso y la paz posibles en Río de Janeiro.
Le dedico una sonrisa, poco habitual en pantalla, dado que mis apariciones en televisión han sido esporádicas.
Estos últimos años, he hecho de todo para que dejaran de contar conmigo, convirtiéndome en una figura distante de poder, mientras florecían los movimientos y partidos políticos.
No quería que mi popularidad me encadenara más tiempo del necesario a este trono que se había convertido en una prisión.
El presidente Henry me acompaña hasta el coche. Me siento en la parte trasera, junto a Félix. La puerta se cierra y dejo esca par un suspiro de alivio. Oculto tras los cristales tintados, me abraza.
–Se acabó –susurro–. Por fin.
Me rodea con los brazos, unos brazos que no me han abandonado desde hace veinte años, mientras el coche atraviesa la valla.
Hemos mantenido la relación en secreto, aunque corrían rumores en el palacio del barrio de Orsay y, después, en el de las Tullerías tras reformarlo.
No nos hemos casado ni tenido hijos, a pesar de que ambos queríamos.
Siempre he tenido en mente las palabras de Ambre: Al público le encantan las bodas y los bebés.
No hay nada más eficaz para conseguir un lugar duradero en los corazones de la multitud .
Por eso, no hemos podido tenerlos. Hasta hoy...
Ante la idea, una enorme sonrisa me ilumina el rostro.
Con treinta y nueve años, aún no es demasiado tarde.
Quizá tengamos tres, como Solange, que se casó con un empresario brasileño y pasa los días feliz en el anonimato con Luis y sus niños. Estoy deseando volver a verla.
El clamor de la multitud en el exterior me saca de este alegre escenario mientras recorremos la gran avenida.
No me dejo engañar: la mayoría viene a festejar el acceso a la presidencia de monsieur Henry, del Partido Demócrata.
La reina, siempre invisible, siempre con austeros vestidos negros, de luto eterno por su padre y mademoiselle Agnès, hace tiempo que no aparece en sus sueños.
La monarquía ha pasado de moda y yo me he hecho mayor.
Hoy, la nueva generación que ha crecido durante mi reinado no aspira a tener trajes bonitos, sino a algo más.
De hecho, ya no los llevan; los pantalones causan furor entre las jóvenes.
–¿Te acuerdas del primer día –susurra Félix–, cuando te dije que acabaríamos cogiendo juntos este coche, sabiendo que nuestro país podía dirigirse solo?
Al levantar la cabeza, una sonrisa contagiosa le ilumina el rostro.
–La vida de después... –musito.
–Por fin vas a tener todo el tiempo del mundo para tocar el piano.
–Te lo digo desde ya, Félix: me vas a escuchar desde por la mañana hasta por la noche y viceversa –bromeo entre risas.
–¿Me volverías a aceptar como alumno? –propone con una expresión maliciosa.
–Si te portas bien... –Le dedico una sonrisa.
Nuestras bocas se unen en un largo beso que marca el principio de una nueva vida.