28
Sue
Salí del ascensor con el corazón latiéndome rápido en el pecho.
Me había puesto guapa para la ocasión: el vestido sencillo pero elegante que a Liam tanto le gustaba, el pelo suelto en ondas suaves y un ramo precioso de flores raras cuidadosamente seleccionado entre mis manos.
La historia de Margaret sobre Harold había resonado en mí. Y ahora estaba dispuesta a dar ese mismo paso con Liam, con el ramo lleno de flores exóticas que claramente simbolizaban valentía. Mi valentía.
Pero apenas había salido de mi edificio cuando me detuve en seco.
Frente a mí, parado en mitad de la acera, estaba Liam. Sus ojos me estudiaron de arriba a abajo, claramente sorprendido al verme arreglada y con el ramo de flores en mis manos.
—Vaya… —dijo, con una sonrisa tensa, aunque en su mirada había algo que no lograba descifrar del todo—. Se nota que tienes una cita.
Me quedé quieta un segundo.
—Liam, espera. No es lo que crees…
Él negó despacio con la cabeza, acercándose con gesto decidido, interrumpiéndome con suavidad.
—No, Sue, escúchame tú primero, por favor.
Sé que el otro día te dije que debías estar con quien tú quisieras.
Y lo dije en serio. Pero lo que no te dije es que…
quiero ser yo esa persona. He sido un completo idiota por no decírtelo antes.
Por no aclarar esto contigo desde el primer día.
Pero no puedo seguir fingiendo que esto es solo un juego.
Que lo que tenemos es pasajero. Porque no lo es. No para mí.
Sentí cómo algo se apretaba lentamente en mi pecho, y mis ojos empezaron a llenarse de lágrimas.
—Liam…
Él se acercó más, mirándome con absoluta seriedad.
—Por primera vez en mi vida me he dado cuenta de que quiero estar de verdad con alguien. Que quiero algo real, algo serio. Estoy enamorado de ti, Sue. Y me muero de miedo al decirlo, pero me aterra mucho más pensar que podría perderte si no lo digo ahora mismo.
Me quedé completamente inmóvil un instante, sintiendo que las lágrimas empezaban a bajar lentamente por mis mejillas. Sin decir nada, levanté lentamente el ramo de flores hacia él, con una sonrisa emocionada.
Liam me miró sorprendido, sin entender, mientras tomaba con cuidado el ramo entre sus manos.
—¿Qué es esto?
Sonreí lentamente, con un pequeño nudo en la garganta, mientras intentaba recuperar mi voz.
—Estas flores son proteas. Son raras y muy especiales.
Simbolizan el cambio, la esperanza y la valentía.
Las escogí específicamente por eso. Hoy estaba siendo valiente, Liam.
Iba camino al castillo. No tengo una cita con nadie más.
Quería verte a ti y decirte exactamente lo que siento.
Margaret me contó una historia parecida con Harold, y me hizo entender que ya no podía seguir esperando a que tú adivinaras lo que siento por ti.
Liam me observó unos segundos en silencio, conmovido y sorprendido, hasta que finalmente soltó una pequeña carcajada baja, incrédula pero llena de alivio.
—¿En serio? ¿Todo este tiempo hemos estado los dos dándole vueltas exactamente a lo mismo?
Asentí despacio, riendo suavemente mientras secaba con la mano mis lágrimas.
—Al parecer somos unos auténticos idiotas.
Liam dejó el ramo con cuidado sobre el banco más cercano y, sin decir nada más, acortó la distancia entre nosotros en dos pasos largos.
Me tomó por la cintura con fuerza, casi con urgencia, y me pegó contra su cuerpo. Su otra mano subió hasta mi nuca, enredándose en mi pelo.
—Sue… —susurró contra mis labios, con la voz ronca y temblorosa—. Joder, Sue.
Y entonces me besó.
No fue un beso dulce ni tierno. Fue intenso, desesperado, lleno de todo lo que habíamos guardado durante días.
Su boca devoró la mía con hambre, como si hubiera tenido miedo de perderme para siempre.
Gemí contra sus labios y le devolví el beso con la misma intensidad, rodeando su cuello con los brazos y apretándome contra él hasta que no quedó ni un centímetro de espacio entre nuestros cuerpos.
Liam me levantó ligeramente del suelo, sujetándome con fuerza mientras profundizaba el beso. Su lengua se enredó con la mía, exigente, casi salvaje. Sentí su corazón latiendo con fuerza contra mi pecho, su respiración agitada, el ligero temblor en sus manos mientras me sostenía.
Cuando por fin nos separamos, jadeando, apoyó su frente contra la mía.
Sus ojos estaban oscuros, brillantes.
—Estoy enamorado de ti —repitió con voz grave y firme, casi como una promesa—. No es un juego. No es algo pasajero. Te quiero, Sue Graham. Y no pienso soltarte nunca.
Las lágrimas volvieron a correr por mis mejillas, pero esta vez eran de pura felicidad.
—Yo también te quiero, Liam —susurré, con la voz rota por la emoción—. Llevo semanas queriendo decírtelo.
Volvió a besarme, esta vez más lento pero igual de intenso, como si quisiera sellar esas palabras con sus labios.
Sus manos bajaron por mi espalda hasta sujetar mi cintura con posesión. El beso se volvió más profundo, más caliente.
Sentí cómo su cuerpo reaccionaba contra el mío, y yo respondí de la misma forma, apretándome contra él sin importarme que estuviéramos en plena calle.
Cuando nos separamos de nuevo, los dos respirábamos con dificultad.
Liam apoyó su frente contra la mía una vez más y sonrió, con esa sonrisa lenta y peligrosa que tanto me gustaba.
—Ahora sí, rubia… eres oficialmente mía. Y yo soy tuyo. Sin dudas. Solo tú y yo.
Asentí, mordiéndome el labio mientras sonreía.
—Solo tú y yo, McRae.
Liam me besó una vez más, corto pero intenso, y luego tomó mi mano con fuerza, entrelazando nuestros dedos.
—Vamos a tu casa —dijo con voz ronca, recogiendo el ramo con la otra mano—. Tengo muchas ganas de demostrarte exactamente cuánto te quiero… y pienso tardar toda la noche en hacerlo.
Sentí un escalofrío de anticipación recorrer mi cuerpo mientras caminábamos juntos hacia mi apartamento, con su brazo rodeando mi cintura y su cuerpo pegado al mío.
Por primera vez en mucho tiempo, todo encajaba.
Y esta vez, no había miedo.
Solo nosotros.