23
Sue
Habían pasado dos semanas desde que volvimos de Golden Cove, y en ese tiempo nos habíamos visto prácticamente todos los días.
Entre mi trabajo y el suyo, las cenas improvisadas, las noches en su apartamento o en el mío…
todo parecía seguir fluyendo de forma natural. Demasiado natural. Demasiado perfecto.
Y esa noche no fue la excepción.
Estaba a cuatro patas sobre la cama de Liam, completamente desnuda, agarrando con fuerza el cabecero de hierro mientras él me follaba desde detrás con embestidas profundas y contundentes. Cada golpe de sus caderas contra mi culo resonaba en la habitación junto con mis gemidos.
—Joder, Sue… estás tan apretada —gruñó Liam con voz ronca.
Una mano sujetaba mi cadera con fuerza mientras la otra se enredaba en mi pelo, tirando lo justo para arquearme más.
El ángulo era brutal. Sentía cada centímetro de él entrando y saliendo, golpeando ese punto que me hacía perder la cabeza. Mis pechos se balanceaban con cada embestida y el sudor ya corría por mi espalda.
—Liam… más fuerte —supliqué, empujando hacia atrás para encontrarme con él.
Él no dudó. Aceleró el ritmo, follándome más duro, más salvaje.
Una de sus manos bajó hasta mi clítoris y lo frotó con rapidez mientras seguía penetrándome sin piedad. El placer era tan intenso que apenas podía respirar.
—Así, rubia… córrete para mí —ordenó con esa voz grave que siempre me desarmaba.
El orgasmo me atravesó como una ola violenta.
Grité su nombre, temblando sin control mientras mis paredes se contraían alrededor de su polla. Liam soltó un gruñido ronco y embistió un par de veces más antes de correrse, sujetándome con fuerza contra él.
Los dos nos derrumbamos sobre la cama, sudorosos y jadeando. Liam me abrazó desde atrás, besando mi hombro y mi nuca con ternura.
Después de un minuto, soltó una risa baja contra mi piel.
—Creo que esta vez casi rompemos el cabecero —murmuró.
Giré la cabeza y vi que una de las tablas estaba claramente torcida. No pude evitar reírme.
—Liam McRae, vas a tener que comprar muebles nuevos si seguimos así.
Él soltó una carcajada y me mordió suavemente el hombro.
—Es un buen motivo para comprar muebles.
Liam se separó con cuidado y se quitó el condón.
—Voy un momento al baño a tirar esto. No te muevas de ahí, rubia. Todavía tengo planes para ti esta noche.
Sonreí y me estiré perezosamente sobre la cama, todavía sintiendo las réplicas del orgasmo.
Me sentía feliz. Después de Golden Cove, después de todas las miradas, las conversaciones y la forma en que nos habíamos entregado el uno al otro, había empezado a creer de verdad que lo que teníamos iba hacia alguna parte.
Entonces el móvil de Liam vibró sobre la mesita de noche. La pantalla se iluminó.
No quería mirar, pero estaba justo a mi lado.
El mensaje era directo:
JANICE
Ey, Liam ¿Cuándo puedes quedar? Tengo muchas ganas de verte otra vez. Este viernes estoy libre si tú también.
El mundo se me cayó a los pies.
Me quedé congelada mirando la pantalla hasta que se apagó. Un nudo enorme se formó en mi garganta y sentí un vacío frío en el estómago.
No habíamos hablado explícitamente de exclusividad, eso era cierto. Pero después de California, después de todo lo que vivimos allí… pensé que era obvio. Pensé que yo era la única.
Al parecer, me había equivocado de lleno.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas y me senté rápidamente en la cama, cubriéndome con la sábana. De repente me sentía expuesta, vulnerable y estúpida.
Escuché que Liam cerraba el grifo del baño. En cualquier segundo iba a salir.
Rápidamente me sequé las lágrimas y traté de controlar mi expresión, porque no tenía derecho a decirle absolutamente nada.
Técnicamente, Liam no me había prometido exclusividad.
Técnicamente, éramos solo… amigos con derecho a roce, o algo así.
Pero esa explicación técnica no aliviaba el dolor que sentía ahora mismo en el pecho, ni borraba la sensación de traición.
¿Cómo se suponía que iba a mirarlo ahora, sabiendo que yo me estaba enamorando y él quizás solo me veía como una aventura más?