Liam, millonario y seductor (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 4) 22
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Liam

Abrí los ojos lentamente.

La primera luz de la mañana californiana se colaba por las cortinas translúcidas, bañando la habitación en tonos dorados. Sue seguía dormida entre mis brazos, respirando completamente relajada después de la noche anterior.

Porque sí, después del primer polvo vinieron muchos más, hasta que anocheció y acabamos rendidos entre las sábanas, demasiado agotados y satisfechos para mover un solo músculo.

Sonreí sin poder evitarlo mientras la observaba.

Durante un momento simplemente la miré, con una mezcla extraña de calma y deseo que se estaba convirtiendo peligrosamente en algo habitual cuando estaba con ella.

Finalmente, Sue abrió los ojos despacio y me observó con una pequeña sonrisa traviesa, algo soñolienta pero claramente feliz.

—Buenos días, rubia —susurré con voz ronca—. ¿Dormiste bien?

Ella se estiró lentamente, deslizando la punta de los dedos por mi pecho desnudo.

—Maravillosamente —respondió con un brillo juguetón en la mirada—. Aunque supongo que el mérito no es solo mío.

Alcé ligeramente las cejas con fingida sorpresa.

—¿Ah, no? ¿Insinúas que tuve algo que ver?

Sue arqueó las cejas, con una sonrisa pícara.

—Algo tuviste que ver, sí. Aunque quizás solo fuera suerte.

La miré un segundo en silencio, con una sonrisa lenta extendiéndose por mis labios. Un desafío, ¿eh? Eso no podía permitirlo.

—Sue Graham, ¿acabas de poner en duda mis habilidades?

Ella sonrió con absoluta inocencia, pero sus ojos brillaban divertidos.

—Llámalo como quieras, McRae.

En cuestión de segundos rodé sobre ella, atrapándola suavemente debajo de mí. Sue soltó una risa entre divertida y sorprendida mientras intentaba zafarse de mi agarre.

—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó, disfrutando de la situación.

Me incliné despacio hacia su oído, rozando ligeramente sus lóbulos con mis labios.

—Aceptando tu desafío, rubia. No puedo permitir que te quedes con dudas sobre mis capacidades.

Ella soltó una pequeña carcajada, tratando de sonar escandalizada sin conseguirlo en absoluto.

—¿No crees que es demasiado temprano para una demostración, Liam?

Me separé apenas lo justo para mirarla a los ojos, bajando lentamente una mano bajo las sábanas para acariciar la piel suave y cálida de su cintura desnuda.

—Nunca es demasiado temprano contigo, Sue.

Y, sin darle tiempo a responder, atrapé su labio inferior entre los míos y la besé.

El desayuno tendría que esperar.

Y ninguno de los dos parecía tener problema con eso.

***

Durante los días siguientes tuve varias reuniones más con Nash y Kai. Negocios importantes que terminaban siempre en charlas distendidas frente a una copa de whisky, disfrutando del lujo discreto y del ambiente relajado del Golden Dolphin Resort.

Pero cada vez que terminaban esas reuniones, todo lo que podía pensar era en volver cuanto antes con Sue.

Aprovechábamos el tiempo libre explorando aquel paraíso juntos. Recorrimos cada rincón del pequeño pueblo de Golden Cove, visitando galerías de arte local, caminando por el muelle al atardecer, probando pequeños restaurantes donde servían el pescado más fresco que jamás había probado.

La veía sonreír fascinada por los colores del cielo mientras cenábamos en la playa privada, la escuchaba hablar emocionada sobre la vegetación californiana que reconocía en cada paseo, y cada pequeño gesto suyo hacía que se me encogiera el corazón de una manera que jamás habría creído posible.

Fue una noche especialmente memorable cuando sucedió. Estábamos sentados en la terraza de la suite después de cenar, mirando juntos cómo la luna llena reflejaba suavemente su luz sobre la superficie tranquila del mar.

Sue estaba acurrucada contra mí, envuelta en una manta ligera, riendo despreocupadamente por alguna tontería que acababa de contarle. Su risa suave resonó dulcemente en el aire nocturno, y en ese preciso instante sentí que algo se rompía definitivamente dentro de mí.

Algo bueno. Algo necesario.

La observé en silencio un segundo, incapaz de apartar los ojos de su rostro iluminado por la luz plateada de la luna, y supe con una claridad absoluta que ya no podía seguir negándolo.

Estaba absoluta, completa e irremediablemente enamorado de Sue Graham.

Y mientras la escuchaba reír con despreocupación a mi lado, sentí que nunca en toda mi vida había estado más seguro de nada.

***

Era nuestro último día en Golden Cove. Miré a Sue desde la cama, con las manos detrás de la cabeza, completamente relajado mientras ella terminaba de arreglarse frente al espejo del dormitorio.

Observé cómo se colocaba cuidadosamente un vestido azul claro, ajustándolo a sus curvas con un gesto concentrado. Parecía completamente ajena al hecho de que llevaba varios minutos observándola sin disimulo.

—¿Sabes, rubia? —comenté con tono burlón—. Has pasado más tiempo delante de ese espejo del que he pasado yo en toda mi vida.

Ella me lanzó una mirada sarcástica a través del reflejo.

—Muy gracioso, McRae. Es nuestro último día aquí. Quiero estar guapa para nuestra última cena.

Sonreí lentamente, admirándola con sinceridad mientras me incorporaba un poco sobre la cama.

—Eres guapa cuando te despiertas, guapa cuando llevas el pelo mojado, y guapa cuando te arreglas. En realidad, no tienes que esforzarte tanto.

Sue giró hacia mí, arqueando una ceja.

—Bonito intento, Liam. Pero necesito al menos diez minutos más.

Puse los ojos en blanco, exagerando mi impaciencia fingida.

—De acuerdo, pero que sepas que mientras más tiempo tardes, más hambre voy a tener. Y no prometo controlar mi humor cuando lleguemos al restaurante.

Ella negó despacio con la cabeza, ocultando una sonrisa mientras terminaba de retocarse el maquillaje.

Un rato más tarde, ya lista, caminábamos por la playa hacia uno de los restaurantes locales del pueblo. El sol empezaba a descender lentamente, pintando el cielo de dorados intensos y rosas suaves. Sue caminaba a mi lado en silencio, con la mirada perdida en las olas tranquilas.

—Te veo feliz —dije en voz baja, mirándola de reojo.

Ella levantó la vista hacia mí, con una pequeña sonrisa suave.

—Lo estoy, Liam. Mucho. Este viaje ha sido increíble.

Sonreí con sinceridad, deteniéndome un momento para mirarla directamente a los ojos.

—Me alegra muchísimo escuchar eso, rubia. De verdad.

Sue bajó la vista hacia la arena, suspirando ligeramente antes de volver a mirarme.

—Hacía años que no me sentía así. Tan feliz. Tan en paz conmigo misma. Y una parte de esa sensación te la debo a ti.

Sentí cómo algo se apretaba en mi pecho al escuchar sus palabras. La atraje lentamente hacia mí, abrazándola con fuerza contra mi cuerpo.

—Solo necesitabas tiempo. Y quizás alguien que te recordara lo increíble que eres.

Ella se abrazó más fuerte, apoyando suavemente la cabeza en mi pecho.

—Este lugar es mágico —susurró—. Ha sido maravilloso poder estar aquí contigo. Es una pena que tengamos que irnos mañana.

Acaricié despacio su pelo, respirando lentamente mientras contemplaba el mar al fondo.

—¿Sabes una cosa, rubia? Lo bueno de los lugares mágicos es que siempre podemos volver. Tantas veces como quieras.

Sue no dijo nada.

Solo me miró en silencio con una expresión difícil de descifrar. Algo entre escéptico y vulnerable. Y aunque no pronunció una sola palabra, sentí una punzada incómoda en el pecho.

***

Volvimos al resort caminando despacio bajo el cielo ya oscuro, disfrutando del sonido suave de las olas a nuestro lado. Sue iba callada, tranquila, pero de vez en cuando me lanzaba miradas curiosas de reojo. Estaba callado. Pensativo.

Nada más entrar en nuestra suite, cerró suavemente la puerta y se giró hacia mí, observándome con atención.

—¿Estás bien, Liam? Has estado raro toda la cena.

Forcé una sonrisa ligera, encogiéndome ligeramente de hombros.

—No es nada, Sue. Simplemente estoy un poco cansado.

Ella arqueó una ceja, dando un paso hacia mí con una sonrisa.

—¿Demasiado cansado como para… ya sabes?

Solté una risa breve, sintiendo cómo mi ánimo mejoraba inmediatamente al verla así, juguetona y feliz.

—Rubia, para eso nunca estoy cansado —murmuré acercándome lentamente y atrapándola en mis brazos.

La besé con fuerza, devorando su boca mientras mis manos bajaban hasta su culo y lo apretaban con ganas.

Sue gimió contra mis labios y se frotó contra mí, encendiendo todo en cuestión de segundos.

En menos de un minuto ya estábamos quitándonos la ropa con prisa, tropezando con todo hasta caer sobre la cama.

La tumbé de espaldas y me coloqué entre sus piernas, besándola con hambre mientras mis dedos bajaban entre sus pliegues.

Ya estaba mojada. Muy mojada. Deslicé dos dedos dentro de ella con facilidad y empecé a follarla con ellos, curvándolos justo donde sabía que la volvía loca.

Sue arqueó la espalda y soltó un gemido fuerte, clavándome las uñas en los hombros.

—Liam… joder…

No esperé mucho. Me puse el condón a toda prisa y entré en ella de un solo empujón profundo.

Los dos gemimos al mismo tiempo. Empecé a follarla con fuerza, con embestidas duras y rápidas que hacían que la cama golpeara contra la pared.

Sue rodeó mi cintura con las piernas y levantó las caderas para encontrarse conmigo en cada embestida, jadeando mi nombre sin control.

—Más fuerte… —suplicó entre gemidos.

Aceleré el ritmo, follándola más profundo, más salvaje. Sus pechos rebotaban con cada embestida y yo bajé la cabeza para morderle un pezón mientras seguía penetrándola sin piedad. El sonido de nuestra piel chocando llenaba la habitación junto con sus gemidos y mis gruñidos.

Sue se corrió primero, tensándose alrededor de mi polla con fuerza, temblando y gritando mi nombre. Sentir cómo me apretaba me llevó al límite. Embistí un par de veces más y me corrí con un gruñido ronco, pulsando dentro de ella mientras el placer me atravesaba con violencia.

Caímos exhaustos sobre la cama, sudorosos y respirando con dificultad.

Sue apoyó la cabeza en mi pecho, todavía temblando ligeramente, y dibujó pequeños círculos en mi piel con las yemas de los dedos.

—Va a ser raro volver a Nueva York y dejar de verte tan a menudo. Supongo que, después de todo esto, nuestro trato ya ha cumplido su función —susurró con la voz un poco apagada.

Sus palabras me dejaron un sabor amargo. La rodeé con más fuerza entre mis brazos.

—¿Quién dice que tengamos que dejar de vernos, rubia? Nos lo estamos pasando bien juntos. Muy bien. Además, aún me quedan algunas cosas por enseñarte

Sue levantó ligeramente la cabeza y me miró a los ojos.

Quise decirle algo más profundo, quise explicarle todo lo que estaba sintiendo realmente por ella en ese momento, que esto era mucho más que diversión y sexo.

Quise decirle que me estaba enamorando, que ya estaba enamorado.

Pero las palabras se me quedaron atrapadas en la garganta.

No sabía cómo decirle todo eso, no sabía por dónde empezar.

Ella sonrió con suavidad, sin apartar la mirada. Algo en su expresión me hizo pensar que quizá podía leer lo que me estaba pasando por la cabeza.

—¿Más cosas por enseñarme? Creo que ya me has enseñado bastante, McRae.

Solté una risa baja, acariciando su espalda con mis dedos.

—Créeme, rubia, apenas hemos empezado. Quiero seguir viéndote cuando volvamos a Nueva York. Y no solo por el sexo, aunque no pienso negar que eso es una ventaja increíble.

Sue bajó la mirada un instante, riendo suavemente contra mi pecho.

—Me alegra saber que hay otras razones aparte del sexo.

Levanté lentamente su rostro, obligándola a mirarme directamente a los ojos, tratando de transmitir con esa mirada todo lo que aún no era capaz de decir con palabras.

—Hay muchas razones más —dije en voz baja—. Pero creo que necesitaría toda una vida para explicártelas todas.

Sus ojos se abrieron lentamente, sorprendida por el tono de mis palabras. Y aunque quise añadir algo más, mi garganta se cerró ligeramente, incapaz de decirle todavía que lo que sentía iba mucho más allá de lo que habíamos acordado.

Ella no dijo nada durante un momento, pero su sonrisa se suavizó poco a poco hasta volverse tierna, dulce y vulnerable.

—Está bien —susurró finalmente, acurrucándose un poco más contra mí—. Tenemos tiempo. Podemos ir descubriéndolas poco a poco.

Cerré los ojos con alivio, rodeándola con fuerza mientras respiraba profundamente su aroma cálido y familiar. No sabía exactamente cómo decirle aún lo que sentía, pero su respuesta me dejó claro que, quizá, ella también sentía lo mismo que yo.

Y por ahora, eso era más que suficiente.