21
Sue
Liam me depositó sobre la enorme cama con un movimiento firme.
Las sábanas blancas se empaparon al instante bajo nuestros cuerpos todavía mojados por el agua de la piscina. Gotas frías resbalaban por mi espalda, por mis pechos y por los músculos tensos de sus hombros.
Ninguno de los dos se molestó en secarse.
El contraste entre el frescor del agua y el calor que emanaba piel solo aumentaba la urgencia que sentía entre las piernas.
Se colocó encima de mí, apoyando su peso en los antebrazos para no aplastarme, y capturó mi boca en un beso profundo y hambriento.
Su lengua se enredó con la mía con una intensidad que me robó el aliento. Gemí contra sus labios mientras sus manos grandes recorrían mis costados mojados, bajando hasta mis caderas y apretándolas con posesión.
El beso se volvió más urgente, más húmedo, lleno de deseo acumulado.
Cuando por fin se separó de mi boca, jadeando, bajó lentamente por mi cuello.
Sus labios y su lengua dejaron un rastro ardiente sobre mi piel sensible, mordiendo suavemente justo donde latía mi pulso.
Arqueé la espalda, buscando más contacto. Siguió descendiendo hasta mis pechos. Tomó uno con la mano, amasándolo con firmeza, pellizcando el pezón entre sus dedos mientras su boca se cerraba sobre el otro.
Lo succionó con fuerza, rozándolo con los dientes y luego calmándolo con lentos lametones. Un gemido largo escapó de mi garganta.
—Liam… —susurré, enredando los dedos en su pelo mojado y tirando suavemente.
Su mano libre bajó por mi vientre plano, rozando con las yemas de los dedos mi piel erizada, hasta llegar entre mis muslos.
Sus dedos acariciaron mi sexo con una lentitud deliberada y tortuosa.
Separó mis pliegues hinchados y empapados, deslizando primero un dedo dentro de mí, luego dos, curvándolos en ese punto que me hacía perder la noción del mundo.
Su pulgar empezó a trazar círculos perfectos y firmes sobre mi clítoris.
Mis caderas se movieron solas contra su mano, buscando más profundidad, más fricción.
El sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo de mí llenaba la habitación junto con mis gemidos cada vez más altos. Estaba tan excitada que apenas podía pensar con claridad.
Nunca había disfrutado así del sexo, pensé mientras el placer me recorría en oleadas. Con nadie.
Con Liam todo era diferente.
No había presión, no tenía miedo de que mi cuerpo se bloqueara de repente.
Podía desmelenarme, entregarme completamente al placer sin que ninguna sombra del pasado me interrumpiera.
Mi cuerpo confiaba en él. Y esa confianza lo hacía todo muchísimo más intenso.
Liam levantó la cabeza de mis pechos y me miró directamente a los ojos, con la respiración agitada y la mirada oscura de deseo.
Se apartó un segundo, abrió la cremallera de la bolsa de viaje que había dejado junto a la cama y sacó un preservativo.
Lo abrió con los dientes de forma sexy y se lo colocó con movimientos rápidos y seguros, sin apartar sus ojos de los míos ni un instante.
Verlo tocarse, aunque fuera solo para ponerse el condón, hizo que mi interior se contrajera de anticipación.
—Ven aquí, rubia —dijo con voz ronca y grave, tumbándose de espaldas sobre la cama y tirando de mí hacia arriba—. Mejor si estás tú encima. Quiero que marques el ritmo. Quiero que sientas que tienes todo el control.
Mi corazón latió con fuerza ante sus palabras.
Esa simple frase me dio una oleada de confianza y deseo puro.
Me coloqué a horcajadas sobre sus caderas, sintiendo su erección dura y protegida presionando contra mi entrada.
Apoyé las manos en su pecho ancho y mojado, mirándolo desde arriba. Era la imagen más erótica que había visto nunca: pelo revuelto, ojos ardientes, labios entreabiertos.
Bajé lentamente sobre él, tomándolo centímetro a centímetro. Solté un gemido largo y entrecortado cuando lo tuve completamente dentro.
La sensación de estar tan llena, tan conectada con él, era abrumadora.
Empecé a moverme despacio, balanceando las caderas en círculos suaves, probando ángulos y descubriendo qué me hacía sentir más placer.
Liam gruñó debajo de mí. Sus manos sujetaban mis muslos con fuerza, pero sin intentar guiarme. Me dejaba el control total.
Dios… esto era tan diferente, pensé mientras subía y bajaba sobre su erección con más confianza. Nunca había sentido un placer tan libre, tan mío.
Aceleré el ritmo poco a poco.
Mis pechos rebotaban con cada movimiento y Liam subió las manos para acariciarlos, pellizcando y tirando de mis pezones, volviéndome loca.
El agua que aún cubría nuestra piel hacía que todo fuera más resbaladizo y sensual.
Cada vez que bajaba con fuerza, su miembro rozaba ese punto perfecto dentro de mí y yo gemía sin control, clavando las uñas en su pecho.
Me incliné hacia adelante, apoyándome mejor en su torso, y cambié ligeramente el ángulo.
Ahora mi clítoris rozaba contra su pelvis con cada embestida.
El placer se volvió casi insoportable. Mis uñas se clavaron más profundo en su piel mojada. Liam empujaba hacia arriba para encontrarse conmigo, pero siempre respetando mi ritmo.
—Joder, Sue… qué bien te ves cabalgándome así —gruñó, con la voz rota por el placer.
Eso me encendió aún más. Empecé a moverme con más fuerza, más rápido, bajando con contundencia sobre él.
Mis gemidos se convirtieron en jadeos entrecortados. Liam bajó una mano entre nuestros cuerpos y frotó mi clítoris hinchado con el pulgar, manteniendo la presión y el ritmo perfecto.
El orgasmo empezó a formarse en mi vientre como una ola gigante, creciendo con cada movimiento.
Mis paredes internas se contraían alrededor de su erección, apretándolo con fuerza.
—Liam… voy a correrme… —avisé con la voz temblorosa.
—Córrete para mí, rubia. Déjame sentirte.
El placer explotó dentro de mí con una intensidad brutal.
Todo mi cuerpo se tensó, convulsionando violentamente alrededor de él mientras olas y olas de éxtasis puro me recorrían desde la cabeza hasta los pies.
Grité su nombre sin ninguna vergüenza, temblando sin control, moviéndome a través del orgasmo para alargarlo todo lo posible.
Liam me sujetó con fuerza por las caderas y embistió desde abajo unas cuantas veces más, profundo y rápido, hasta que soltó un gruñido ronco y se corrió también.
Caí exhausta sobre su pecho, con la respiración agitada y el corazón latiendo desbocado contra el suyo.
Nuestros cuerpos seguían unidos, mojados de agua, sudor y placer.
Sus brazos me rodearon inmediatamente, acariciando mi espalda con ternura mientras ambos intentábamos recuperar el aliento.
Nunca había sentido algo igual. No solo había sido el orgasmo más intenso de mi vida, sino el más especial. Había podido entregarme sin miedo, sin bloqueos, sin sombras del pasado.
—Gracias —susurré contra su piel.
—¿Por qué, rubia?
—Por ser paciente. Por ayudarme a disfrutar de esto. Por hacerme sentir que puedo ser yo misma… y que eso es suficiente.
Liam me besó en la frente, abrazándome con más fuerza.
—No tienes que darme las gracias. Esto… esto es solo el principio, Sue.
Cerré los ojos, sonriendo, mientras el sol de California entraba por las ventanas y calentaba nuestra piel todavía húmeda. Por primera vez en mucho tiempo, me sentía completa. Y todo era gracias a él.