20
Liam
Nash Donovan y Kai Harlow, los socios y dueños del Golden Dolphin Resort, resultaron ser exactamente lo que esperaba después de haber hablado varias veces con ellos por teléfono, pero multiplicado por diez.
Nash era la viva definición de carisma: una sonrisa permanente, espontáneo, divertido y sociable, con la habilidad natural de hacer sentir a cualquiera inmediatamente cómodo y bienvenido.
Me recordó un poco a Connor, solo que con menos whisky escocés en la sangre y algo más de sol californiano en la piel.
Kai, en cambio, tenía una presencia más discreta, pero igual de intensa.
Reservado, observador, elegante hasta en los gestos más mínimos.
Era el tipo de persona que probablemente escuchaba más de lo que hablaba, pero cuando lo hacía, era imposible no prestarle toda tu atención.
De alguna manera, Kai era como la calma que equilibra la energía imparable de Nash.
El encuentro fue fácil y relajado. Me presentaron a algunos miembros del equipo, hablamos brevemente del whisky McRae premium, que ambos parecían querer incorporar con auténtico entusiasmo a su carta más exclusiva, y después me desearon una feliz estancia en el resort, asegurándose de que tenía todo lo que necesitaba.
Cuando la reunión terminó y regresé a la habitación, lo hice con la sensación clara de haber dado exactamente con la clase de socios que encajaban perfectamente con nosotros. Profesionales, interesantes y con ese estilo tranquilo de quien sabe perfectamente lo que quiere.
Ahora, lo único que tenía en mente era regresar cuanto antes a la suite y cumplir mi promesa pendiente con Sue.
Llevaba más de un mes viéndome con Sue.
Un mes que había pasado volando entre cenas, risas, charlas hasta tarde y demasiados besos a medias que terminaban dejándonos a ambos frustrados, pero con ganas de más.
Cuando empezamos todo aquello, nuestro acuerdo había sido claro: yo la ayudaría a superar su bloqueo con el sexo, pero nunca habíamos hablado de lo que pasaría después. No había pensado que quisiera un después.
Pero ahora… ahora todo era distinto. Y estaba convencido que llevaba días evitando follar con ella por miedo a lo que pudiera suceder cuando las clases particulares de sexo terminaran.
Era la excusa perfecta para seguir viéndola, seguir quedando, seguir disfrutando de su presencia, sin tener que enfrentarme aún a lo que podría venir a continuación.
Sabía perfectamente que no necesitaba una excusa para estar con Sue, pero aún no estaba seguro de estar preparado para enfrentarme a lo que fuera que estaba ocurriendo entre nosotros. Algo que se parecía demasiado a lo que había evitado toda mi vida.
Entré en la suite con una sonrisa, deseando verla y explicarle cómo había ido la reunión con Nash y Kai. Pero la habitación estaba vacía, silenciosa. Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Sue?
Silencio absoluto.
Salí a la terraza y entonces la vi.
Estaba en la piscina privada, con los hombros descubiertos y el pelo mojado cayéndole en ondas suaves por la espalda. Me dedicó una sonrisa pícara.
Oh, mierda. No podía ser que…
—Sue Graham —dije lentamente, acercándome al borde de la piscina con una mezcla de incredulidad y excitación—, por favor, dime que llevas bañador.
Su sonrisa se ensanchó lentamente mientras se deslizaba despacio en el agua cristalina, con un brillo travieso en los ojos.
—¿Y si no llevo? ¿Qué pasa, McRae?
Me quedé inmóvil un segundo, observándola. Su rostro estaba ligeramente sonrojado, sus ojos brillaban con una mezcla de desafío y diversión. Y yo no pude evitar sonreír despacio, negando lentamente con la cabeza.
Porque sinceramente, lo único que podía pensar era que aquella mujer era todo lo que había estado esperando en la vida… incluso cuando ni siquiera sabía que la esperaba.
Sin pensarlo dos veces, empecé a desnudarme con rapidez, dejando toda mi ropa tirada en la terraza antes de entrar al agua de un salto.
El contraste con el agua fresca fue delicioso.
Me sumergí y nadé unos metros bajo la superficie. Y confirmé exactamente lo que sospechaba. Sue estaba completamente desnuda.
Emergí despacio justo delante de ella con una sonrisa burlona.
—Vaya, vaya, señorita Graham —murmuré con fingida reprimenda, pasando una mano por mi pelo mojado—. Parece que alguien se ha olvidado el bañador.
Sue arqueó las cejas con perfecta inocencia, apoyada tranquilamente contra el borde de la piscina mientras sonreía.
—Solo estoy siguiendo tus recomendaciones, McRae. Dijiste que me diera un baño largo y relajante… —Se encogió de hombros con lentitud, haciendo que sus pechos se movieran de forma tentadora bajo el agua—. Y me pareció que el bañador sobraba. Por cierto, ¿como ha ido la reunión?
Solté una risa baja y oscura, incapaz de resistirme más. Coloqué las manos a ambos lados de su cuerpo, atrapándola contra el borde de la piscina. Nuestros rostros quedaron a solo unos centímetros.
—¿De verdad quieres que hable contigo de negocios teniéndote desnuda y dispuesta? Vas a acabar conmigo, Graham. —murmuré, con la voz ronca.
—Llevo más de una hora esperándote… —susurró ella, pasando una mano mojada por mi pecho y bajándola lentamente por mis abdominales—. Creo que ya he sido bastante paciente.
No aguanté ni un segundo más.
Atrapé su nuca con una mano y la besé con fuerza, hundiendo mi lengua en su boca con hambre acumulada.
Sue gimió contra mis labios y me devolvió el beso con la misma intensidad, enredando su lengua con la mía en un beso profundo, húmedo y desesperado.
El agua fresca contrastaba con el calor de su cuerpo pegado al mío.
Nuestras lenguas se exploraban con urgencia, saboreándonos, mientras mis manos recorrían su espalda desnuda y bajaban hasta apretar su trasero, pegándola completamente contra mí.
Mi erección presionaba contra su vientre bajo el agua.
Ella jadeó en mi boca y deslizó una mano entre nuestros cuerpos, envolviéndome con dedos firmes y cálidos.
—Joder, Sue… —gruñí contra sus labios, mordiendo suavemente su labio inferior antes de volver a besarla con más lengua, más profundo.
Bajo el agua, sus caricias eran lentas y tortuosas. Yo bajé una mano entre sus piernas, acariciando sus pliegues con los dedos mientras ella se arqueaba contra mí. El beso no se detenía: lenguas enredadas, respiraciones agitadas, gemidos ahogados por el agua que chapoteaba suavemente alrededor.
La levanté un poco, haciendo que rodeara mi cintura con las piernas. Mi erección quedó presionada justo contra su entrada, rozándola con cada pequeño movimiento. Seguimos besándonos con ganas, devorándonos, mientras mis dedos seguían jugando con ella bajo la superficie.
—Liam… —suspiró contra mi boca, moviendo las caderas para frotarse contra mí—. Si no me follas ya creo que voy a volverme loca.
Me separé apenas un centímetro de sus labios, mirándola directamente a los ojos, con la respiración entrecortada.
—Entonces no voy a hacerte esperar más, rubia.
Sin más dilación, salí del agua con ella todavía enredada en mi cuerpo.
La levanté en brazos sin esfuerzo, sujetándola con fuerza contra mi pecho mientras el agua resbalaba por nuestra piel.
Sue soltó una risa sorprendida y excitada, rodeándome el cuello con los brazos y besándome el cuello mientras yo caminaba con paso decidido hacia la suite.
—Liam… —murmuró contra mi piel, mordiéndome suavemente.
Entré en la habitación dejando un rastro de agua a nuestro paso, sin importarme lo más mínimo. La dejé sobre la enorme cama con un movimiento fluido y me coloqué encima de ella, cubriendo su cuerpo con el mío, todavía mojados y ansiosos.