19
Sue
El paisaje que desfilaba lentamente por la ventanilla del taxi era tan hermoso que parecía pintado a mano.
Colinas onduladas cubiertas de palmeras altas y arbustos de flores en colores brillantes bordeaban un océano de azul imposible.
El sol californiano rebotaba en la superficie tranquila, creando destellos dorados que hacían honor al nombre del lugar: Golden Cove.
Miré de reojo a Liam, que descansaba a mi lado con los ojos cerrados, relajado, completamente ajeno a mi fascinación.
Viajábamos en un taxi elegante desde el aeropuerto hasta el resort después de un vuelo en clase business desde Nueva York.
Todavía sentía el cuerpo extraño por las tres horas de diferencia horaria, pero cualquier cansancio se disipó al instante cuando el coche tomó la última curva y apareció frente a nosotros el Golden Dolphin Resort.
Parpadeé varias veces, impresionada.
—Madre mía —murmuré en voz baja.
Liam abrió los ojos lentamente y se giró hacia mí, siguiendo mi mirada con una sonrisa satisfecha.
El complejo era aún más espectacular de lo que había imaginado.
Edificios bajos de un blanco impoluto, arquitectura mediterránea elegante y discreta, enormes ventanas abiertas al Pacífico.
Todo el lugar respiraba exclusividad, tranquilidad y lujo.
Enormes palmeras se alzaban a lo largo del camino de entrada, enmarcando la vista perfecta de una playa privada, casi desierta, de arena dorada y agua azul turquesa.
Salimos del coche y al instante nos recibió un botones uniformado con una sonrisa educada.
—Bienvenidos al Golden Dolphin Resort. Permítanme llevar su equipaje.
Liam me miró con complicidad y me tomó suavemente por la cintura mientras avanzábamos hacia la entrada principal del hotel.
Dentro, el lujo era aún más evidente. Mármol claro, detalles en oro mate, flores frescas en jarrones elegantes y muebles suaves en tonos crema y beige.
El aire estaba impregnado de un aroma ligero, limpio, sutilmente perfumado.
Me giré hacia Liam, incapaz de ocultar mi asombro.
—Esto es increíble —murmuré casi sin voz, incapaz de ocultar la emoción en mis palabras—. Creo que nunca he estado en un lugar tan bonito en toda mi vida.
Él sonrió satisfecho, inclinándose para darme un beso rápido en la mejilla.
—Sabía que te gustaría, rubia.
Y mientras lo seguía hacia el mostrador de recepción, sentí un escalofrío delicioso recorriéndome el cuerpo.
Esta escapada prometía ser mucho más que unas simples vacaciones.
Recordé las palabras de Margaret días atrás, cuando le conté sobre la escapada:
—Disfruta del viaje, cariño. Y recuerda que los hombres como Liam McRae son exactamente como el chocolate caro: deliciosos, adictivos y potencialmente peligrosos para la salud mental.
Margaret tenía toda la razón del mundo.
La recepcionista nos recibió con una sonrisa impecable, y apenas unos minutos después ya teníamos las llaves electrónicas de la suite en nuestras manos.
Subimos al ascensor privado, y mientras ascendíamos Liam me lanzó una mirada de lado, divertida y claramente satisfecha por mi expresión de asombro.
—¿Lista para descubrir nuestra suite premium? —me preguntó con un ligero retintín.
—Llevo lista desde que pisé este resort, McRae.
Al abrir la puerta de la suite, me quedé completamente quieta, intentando asimilar lo que veía.
La habitación era un sueño hecho realidad.
Espaciosa, luminosa, decorada con muebles de lujo en tonos suaves que evocaban perfectamente la playa y el mar.
Las cortinas transparentes ondulaban ligeramente, dejando entrar la luz dorada del atardecer sobre el océano Pacífico.
Y justo frente a mí, ocupando una posición de privilegio, había una enorme cama vestida con sábanas tan suaves y perfectas que daban ganas de tumbarse en ellas y no salir jamás.
Me giré lentamente hacia Liam, que me observaba en silencio con una pequeña sonrisa, claramente orgulloso de su elección.
—No sé tú, pero yo creo que este sitio supera ampliamente todas mis expectativas —dije con un tono travieso, caminando lentamente hacia la enorme cama—. Especialmente esta cama.
Liam soltó la bolsa y arqueó una ceja.
—Vaya. Veo que ya has decidido cuál es tu parte favorita de la habitación.
—Eso creo.
Lo empujé suavemente hacia atrás hasta que se sentó en el borde del colchón. Me coloqué lentamente sobre sus piernas, a horcajadas, rodeándole el cuello con los brazos mientras nuestras miradas se encontraban.
Él apoyó suavemente las manos sobre mis caderas, atrayéndome un poco más contra su cuerpo.
—¿Estás poniendo a prueba la comodidad del colchón, Sue?
Negué despacio, mordiendo ligeramente mi labio inferior.
—Estoy poniendo a prueba otra cosa, McRae.
Liam cerró los ojos un segundo, respirando hondo, y luego me miró lleno de frustración
—Sue… —Su voz salió más grave de lo normal—. Vamos a tener que seguir con esa prueba más tarde. Ahora, tengo una reunión con los dueños del resort.
Me froté lentamente contra él, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba de inmediato. Me incliné hacia adelante y le mordí el lóbulo de la oreja antes de susurrarle:
—Seguro que no pasa nada porque tardes un poco.
Él soltó un jadeo ahogado y sus manos me apretaron con fuerza el trasero.
—Joder, Sue… El problema es que no tardaría un poco. Quiero tomarme mi tiempo contigo.
Sonreí con malicia y seguí moviéndome despacio contra su regazo, sintiendo cómo se endurecía más y más. Deslicé una mano por su pecho y bajé lentamente hacia su abdomen.
—¿Seguro que no quieres empezar ahora? —ronroneé, rozando mis labios contra los suyos sin llegar a besarlo del todo.
Liam gruñó, visiblemente luchando consigo mismo. De repente, me sujetó con fuerza y se levantó, obligándome a bajarme de él. Cuando di un paso atrás, no pude evitar bajar la mirada: la erección era más que evidente, marcándose claramente contra la tela de sus pantalones.
—Después —dijo con voz ronca, casi como una orden—. Te prometo que va a valer la pena la espera. Mientras tanto, puedes aprovechar para ir al spa, pedir algo al servicio de habitaciones, descansar… o darte un baño largo y relajante.
Me crucé de brazos, fingiendo un puchero, aunque por dentro ardía de anticipación.
—Liam McRae, eres muy cruel.
Liam soltó una risa baja y se acercó de nuevo, invadiendo mi espacio personal sin tocarme del todo. Su mirada bajó un segundo a mis labios y luego subió hasta mis ojos.
—Cruel, ¿eh?. Tú sí que eres cruel, frotándote contra mí como si no supieras exactamente lo que provocas. —Se inclinó un poco más, rozando apenas su nariz contra la mía—. Cuando vuelva de esa reunión, voy a cobrármelo todo. Despacio. Muy despacio. Hasta que no puedas ni recordar tu propio nombre.
Tragué saliva, sintiendo un calor líquido bajar por mi vientre.
Antes de que pudiera responder, Liam me sujetó suavemente por la barbilla y me dio un beso profundo, lento y lleno de promesas.
Su lengua rozó la mía solo un instante, suficiente para dejarme con ganas de mucho más.
Cuando se separó, sus ojos estaban oscuros, casi negros.
—Pórtate bien —susurró contra mis labios.
Y luego se marchó.
La puerta se cerró tras él y me dejé caer sobre la cama, con una sonrisa idiota que no intenté ocultar. Acaricié las sábanas suaves y cerré los ojos un segundo, suspirando profundamente.
Esto parecía un sueño. No solo por el lujo o por la increíble belleza del lugar, sino por el simple hecho de estar aquí con Liam. De haber llegado hasta aquí, juntos.
Abrí los ojos despacio, incorporándome para levantarme y explorar un poco más la suite. Crucé la habitación hasta la terraza privada, abriendo lentamente las puertas correderas de cristal y saliendo al aire libre.
La vista me dejó sin aliento.
Frente a mí se extendía una piscina privada de agua cristalina, perfectamente integrada en el borde de la terraza.
Desde allí tenía una vista panorámica y espectacular de la playa privada del resort: arena dorada, agua azul turquesa y olas tranquilas rompiendo suavemente en la orilla.
Un poco más allá, entre vegetación tropical perfectamente cuidada, se alzaban bungalows exclusivos con tejados de terracota, integrados con tanta elegancia en el paisaje que parecían formar parte natural del entorno.
Y lo más increíble era la temperatura.
Hacía apenas unas horas estaba en Nueva York, donde el otoño ya empezaba a notarse en el aire y las mañanas obligaban a sacar una chaqueta. Allí, en cambio, una brisa cálida procedente del océano me acariciaba la piel como si el verano se negara a marcharse.
Me acerqué al borde de la terraza, apoyando ambas manos en la barandilla mientras reconocía algunas de las plantas que adornaban el resort: palmeras altísimas, buganvillas de colores vibrantes trepando por las paredes cercanas, suculentas y plantas aromáticas típicas del paisaje californiano.
Suspiré felizmente, saboreando cada segundo del momento, hasta que la tentación de aquella piscina privada se hizo irresistible.
—Un baño suena como el plan perfecto —murmuré para mí misma, volviendo al interior de la suite.
Me acerqué a mi maleta y saqué rápidamente el bañador, lista para ponérmelo, cuando de pronto me detuve, mirándolo con una pequeña sonrisa traviesa en los labios.
Quizás tenía una idea mucho mejor.
Una idea mucho más interesante y divertida para sorprender a Liam cuando volviera. Sin pensarlo dos veces, dejé caer el bañador de vuelta en la maleta.
Porque, sinceramente, ¿qué necesidad había de un bañador cuando tenía una piscina privada y estaba absolutamente sola?
Exacto. Ninguna.