Liam, millonario y seductor (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 4) 18
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Liam

Cuando le dije a Drake que quería verlo para darle las gracias por su ayuda, imaginé que quedaríamos para tomar una copa en algún bar caro de Manhattan.

Lo que definitivamente no me esperaba era que me citara en una sastrería.

Por mucho que insistí, Drake no quiso decirme por qué demonios teníamos que reunirnos precisamente en Blackthorne & Hale, en pleno Upper East Side.

Así que ahí estaba yo, puntual como un idiota, con una botella del whisky más caro de Dunbrae bajo el brazo como obsequio, parado en medio de una sastrería demasiado elegante preguntándome qué narices hacía allí.

Un dependiente vestido con un traje oscuro impecable levantó la vista desde detrás del mostrador, mirándome con una sonrisa educada pero perfectamente distante.

—Buenas tardes, señor. ¿En qué puedo ayudarle?

Inspiré profundamente, sintiéndome cada vez más ridículo. Drake me había dejado instrucciones muy concretas sobre lo que debía decir, aunque la frase en cuestión era una maldita estupidez.

—He seguido al conejo hasta aquí.

Durante un segundo pensé que el dependiente iba a mirarme como si estuviera loco, pero para mi sorpresa su expresión no cambió en absoluto. Solo inclinó ligeramente la cabeza y sonrió con discreción, como si hubiera dicho exactamente lo que esperaba oír.

—Por supuesto, señor. Acompáñeme, por favor.

Me guió hasta la parte trasera del local, a través de una puerta discreta que daba a un pasillo aún más silencioso y exclusivo que la zona principal.

Entramos en una pequeña sala privada, decorada con la misma madera oscura y el mismo aire de exclusividad tranquila.

Había un espejo enorme frente a mí, un perchero vacío perfectamente alineado y una butaca de cuero donde deposité con cuidado la botella de whisky.

—Espere aquí un momento —indicó el dependiente con un leve asentimiento, cerrando la puerta detrás de él.

Me quedé solo en absoluto silencio, preguntándome por enésima vez qué demonios hacía Drake montando semejante teatro y si estaba a punto de caer en algún tipo de broma absurda. Estaba a punto de mandarle un mensaje exigiendo explicaciones cuando algo captó mi atención.

Primero fue un leve chasquido. Luego un susurro mecánico, casi imperceptible.

Me giré hacia el espejo justo a tiempo para ver cómo comenzaba a deslizarse lentamente hacia un lado, revelando un pequeño ascensor privado con paredes revestidas en madera oscura lacada y latón envejecido.

—¿Qué coño...? —murmuré para mí mismo, dando un paso adelante para verlo mejor.

No había botones ni indicaciones. Solo una tenue luz dorada y un silencio absoluto, invitándome claramente a entrar y descubrir a dónde demonios iba todo aquello.

Suspiré ligeramente resignado y entré.

Fuera lo que fuera aquello, Drake me debía una buena explicación. Y, seguramente, un whisky mucho más caro que el que acababa de traerle.

La puerta del ascensor se cerró suavemente tras de mí y empezó a descender con un movimiento tan leve que casi no lo noté. Joder, esto parecía sacado directamente del cuento de Alicia. Con la diferencia de que yo no estaba siguiendo a un conejo blanco, sino a un sexólogo excéntrico.

Cuando las puertas se abrieron al fin, parpadeé varias veces.

Me esperaba muchas cosas, pero no aquello.

Frente a mí había un club privado que parecía diseñado para impresionar sin esfuerzo: espejos antiguos, sofás de terciopelo, luces suaves, y al fondo una barra curvada, detrás de la cual botellas de licor caras brillaban discretamente.

Pero lo que más me llamó la atención fue esa sensación extraña de estar entrando en un lugar secreto donde nada era del todo lo que parecía.

Avancé un par de pasos, intentando localizar a Drake entre los rostros elegantes y discretos que me miraban sin apenas disimulo.

—Veo que has encontrado el camino, Liam.

Me giré enseguida hacia la voz conocida, y ahí estaba Drake Murray, recostado contra la barra con una sonrisa arrogante que parecía haberse inventado él mismo.

—Si querías impresionarme, lo has conseguido —admití, acercándome con calma—. Pero podías haber avisado de que esto era un club secreto sacado de Alicia en el País de las Maravillas.

Drake soltó una risa baja y profunda, encogiéndose de hombros con absoluta comodidad.

—¿Dónde estaría la gracia entonces? Además, pensé que te vendría bien salir un poco de tu zona de confort.

Le lancé una mirada irónica mientras le entregaba la botella de whisky.

—Mi zona de confort estaba perfectamente bien hasta que me hiciste decir esa frase absurda al dependiente.

Drake cogió la botella, examinándola con gesto apreciativo antes de volver a mirarme.

—¿Y bien? ¿Qué te parece Wonderland Club?

Miré alrededor una vez más, intentando contener mi sonrisa mientras negaba con la cabeza.

—Creo que acabas de superarte, Drake. Y no estoy seguro de que eso sea bueno.

Drake me guio hasta un rincón del club, y nos sentamos en unos sofás bajos de terciopelo oscuro. Él colocó cuidadosamente la botella de whisky sobre la mesa, mirándome divertido.

—Vale, Drake. Ahora sí me vas a explicar qué demonios es todo esto —dije, acomodándome con fingida calma.

Él sonrió con tranquilidad absoluta, reclinándose ligeramente en el asiento.

—Resulta que tú y tus hermanos no sois los únicos que podéis presumir de tener acceso a lugares exclusivos.

Levanté las cejas, intrigado a mi pesar.

—¿Así que esto es una competición sobre quién tiene los secretos mejor guardados?

Drake negó suavemente con la cabeza, divertido.

—No exactamente. Es un club privado que lleva generaciones existiendo.

Mis padres eran miembros, y mis abuelos también.

El acceso es solo por invitación y la mayoría de sus socios son empresarios, inversores, deportistas o personas con cierta influencia.

Es el tipo de sitio donde se hacen contactos, surgen oportunidades de negocio y se mantienen relaciones profesionales en un ambiente discreto. Nada misterioso. Solo muy exclusivo.

Me acomodé mejor en mi asiento, mirando alrededor con una sonrisa lenta.

—En otras palabras, me has traído al País de las Maravillas versión multimillonario.

Drake alzó la copa en un brindis irónico.

—Exactamente, McRae. Bienvenido al otro lado del espejo.

Le pasé la botella de whisky a Drake con un gesto relajado.

—Toma, es el mejor whisky de Dunbrae. Solo una pequeña muestra de agradecimiento por los consejos del otro día.

Drake tomó la botella, examinando con gesto de apreciación la etiqueta antes de mirarme divertido.

—Vaya, Liam, esto es serio. ¿Debo suponer que mis sugerencias te han servido realmente de algo?

—Muchísimo —admití sin reservas—. De hecho, con esa chica… la cosa está yendo genial. Tus consejos sobre no presionarla, darle el control y mantener la calma han sido claves. Ella ha cambiado mucho desde entonces.

Drake alzó las cejas, intrigado.

—¿Ah sí? ¿Y qué significa exactamente «cambiar mucho»?

Me recliné ligeramente en el asiento, sonriendo con satisfacción al recordar los últimos encuentros con Sue.

—Que está más segura. Más relajada. Ya no tiene miedo ni se bloquea, Drake. Ha dado un paso enorme. De hecho… —Hice una pequeña pausa, encontrándome con su mirada—. Creo que está preparada para ir hasta el final.

Drake sonrió lentamente, claramente complacido.

—Me alegra saberlo. Y supongo que tú también lo estás.

—No tienes idea —respondí con total sinceridad—. Ha sido una espera larga, pero creo que ha valido la pena.

Drake me observó en silencio unos segundos mientras saboreaba despacio el whisky.

—¿Y ahora me vas a contar por qué esta chica te importa tanto, Liam? —dijo finalmente, con esa calma estudiada que tanto le gustaba usar conmigo.

Me quedé quieto un instante, dándole vueltas al vaso entre los dedos. Nunca había hablado abiertamente de esto con nadie. Ni siquiera conmigo mismo. Pero quizá ya iba siendo hora.

—Si quieres que te sea sincero, no tengo ni idea —confesé al fin con una pequeña sonrisa irónica—.

Nunca había sentido algo así antes, Drake.

Es diferente. Estoy... no sé, confuso, supongo.

Pero también ilusionado. Ella es... especial.

No puedo explicártelo mejor. Solo sé que desde que estoy con Sue, no quiero estar con nadie más. Literalmente, con ninguna otra chica.

Drake asintió despacio, con una sonrisa.

—Vaya. Eso sí que es inesperado. Liam McRae, confundido y enamorado.

—No he dicho enamorado —me defendí rápidamente, aunque mi voz no sonó tan segura como pretendía—. Solo digo que es nuevo para mí. No sé exactamente lo que significa.

—Significa que estás exactamente donde tienes que estar —respondió Drake con tranquilidad—. Relájate, Liam. A veces no necesitas entenderlo todo. Solo sentirlo. Dejarte llevar.

Solté un resoplido bajo, mirándolo con ironía.

—¿Y eso me lo dices tú, precisamente tú?

—Precisamente yo —confirmó él, levantando su copa en mi dirección—. Soy el experto en estas cosas, ¿recuerdas?

Solté una carcajada incrédula, negando despacio con la cabeza.

—No, Drake. Tú eres experto en sexo, que no es lo mismo que ser experto en amor.

Drake se encogió de hombros con absoluta tranquilidad, llevándose el vaso a los labios con una sonrisa confiada.

—Llámalo como quieras, McRae. Pero créeme, al final una cosa lleva a la otra más veces de las que crees.

Me quedé mirándolo con ironía, aunque por dentro no podía evitar preguntarme si tendría razón.

Quizá sí.

Quizá lo que sentía por Sue iba mucho más allá de lo físico, más allá del sexo y la química.

Justo en ese momento, el móvil de Drake vibró sobre la mesa. Lo cogió, echándole un vistazo rápido a la pantalla antes de poner cara de exasperación sarcástica.

—¿Problemas en el paraíso? —le pregunté, divertido por su expresión.

—Algo así —respondió él, sin dejar de mirar el mensaje—. Mi secretaria acaba de enviarme un recordatorio sobre mi próxima cita.

Arqueé una ceja.

—¿Y eso es un problema?

Drake negó con la cabeza, con una sonrisa irónica.

—En realidad no. Mi secretaria es maravillosa. Increíblemente talentosa, inteligente, eficaz... y probablemente demasiado buena para trabajar conmigo.

—Entonces, ¿por qué esa cara?

Él levantó los ojos hacia mí, con una sonrisa resignada.

—Porque, a pesar de todas esas cualidades, parece estar completamente pillada por mi socio, el doctor Trevor Hadley. Es psicólogo especializado en relaciones de pareja. Supongo que tiene sentido, porque ella es una mujer inteligente y sensata. Pero sinceramente no sé qué le ve.

Solté una carcajada.

—Vaya, el experto en sexo incapaz de entender por qué una mujer inteligente elegiría a un experto en relaciones en lugar de a él. Qué inesperado.

Drake me lanzó una mirada fingidamente irritada mientras volvía a guardar el móvil.

—¿Y quién ha dicho que quiero que me elija? Solo es mi secretaria, McRae.

Arqueé una ceja, mirándolo con claro retintín.

—Claro. Solo tu secretaria. Por supuesto.

Él suspiró con dramatismo, negando con la cabeza.

—¿Sabes qué? Basta de hablar de mí. Volvamos a lo tuyo, que es mucho más interesante ahora mismo.

—¿A mis problemas emocionales, quieres decir? —bromeé, tratando de desviar ligeramente el tema.

Drake asintió.

—Exactamente. En serio, Liam, escúchame.

Está muy bien bromear, quitarle importancia y todo eso.

Pero lo que estás viviendo ahora con Sue…

es importante. No lo ignores ni te cierres a ello solo porque nunca antes lo habías sentido.

Déjate llevar, acéptalo. A veces lo mejor que puedes hacer con lo que sientes es vivirlo sin cuestionarlo demasiado.

Me quedé callado un segundo, digiriendo lentamente sus palabras. Finalmente, levanté mi copa en su dirección, aceptando el consejo aunque fuera a regañadientes.

—Gracias, Drake.

—Cuando quieras. Y ahora, por favor, brindemos por tu caída emocional definitiva.

Reí, chocando mi copa contra la suya.

Porque por mucho que quisiera negarlo, algo me decía que Drake tenía toda la maldita razón.

—Brindo por eso, cabrón.