16
Sue
Después de que Liam me dejara con un beso largo y prometedor en el despacho, fui incapaz de concentrarme en absolutamente nada. Cada vez que cerraba los ojos veía su mirada oscura, sentía su mano en mi cintura, y su voz ronca susurrándome al oído «esta noche».
Cuando por fin me mandó un mensaje diciendo que me recogería a las ocho, ya era un manojo de nervios, ansiedad y excitación.
Liam llegó puntual. Al salir del edificio, me lanzó una mirada intensa de pies a cabeza que me hizo estremecer, claramente complacido con el vestido negro sencillo pero bonito que llevaba. Sabía que era uno de sus favoritos.
—Estás preciosa —murmuró, atrayéndome contra el coche para darme un beso lento y profundo que me dejó las piernas flojas.
Cuando al fin subimos al vehículo y Liam arrancó, lo miré intrigada desde el asiento del copiloto.
—¿Adónde vamos?
—Ya lo verás, impaciente.
El restaurante se llamaba La Selva. En cuanto entramos, sentí que se me cortaba la respiración.
Era como adentrarse en una auténtica jungla tropical en pleno Manhattan: vegetación exuberante por todas partes, helechos colgando del techo, enredaderas salvajes cubriendo paredes, luces cálidas que filtraban a través del follaje y una humedad suave que recordaba intensamente al invernadero del Jardín Botánico.
El lugar era absolutamente mágico.
—Liam… —susurré, girando lentamente sobre mí misma para absorberlo todo—. Esto es… increíble.
Él sonrió satisfecho, acercándose para poner una mano suave en la parte baja de mi espalda.
—Sabía que te gustaría. Nada excita más a una botánica que cenar en medio de una selva, ¿verdad?
Solté una carcajada.
—Eres un hombre muy listo.
—Y atractivo —puntualizó enseguida con una sonrisa divertida, llevándome hacia la mesa que teníamos reservada—. No olvides lo importante.
Nos sentamos uno frente al otro, y lo que siguió fue una deliciosa tortura. La cena transcurrió entre bromas, charlas y risas, pero la tensión sexual entre nosotros era casi insoportable.
Durante toda la cena no pude dejar de pensar en que Liam se hubiera tomado la molestia de encontrar un restaurante así, pensando claramente en mí, en algo que sabía que me encantaría.
Que respetara mi ritmo, que hubiera sido tan increíblemente paciente estas semanas, hacía que me sintiera segura, cómoda y lista para dar un paso más.
En cierto momento me incliné ligeramente hacia él, bajando la voz.
—¿Sabes cómo se llama esa planta de detrás de ti?
Liam alzó una ceja, mirándome divertido.
—Sorpréndeme.
—Monstera deliciosa —le susurré, deslizando lentamente mi pie por su pierna bajo la mesa—. Muy apropiado, ¿no crees?
Su expresión cambió inmediatamente, sus ojos oscureciéndose mientras apretaba ligeramente la mandíbula.
—Sue… —advirtió en voz baja, sujetando con firmeza mi tobillo bajo la mesa—. ¿Estás intentando matarme antes del postre?
Le dediqué mi mejor sonrisa inocente, subiendo el pie hasta llegar a su entrepierna.
Liam cerró los ojos un segundo.
—Joder.
—¿Qué? —pregunté con fingida inocencia.
—Sabes perfectamente qué.
—Solo estoy admirando la decoración.
Liam cerró los ojos, inspirando profundamente mientras sentía claramente cómo se tensaba bajo la tela del pantalón.
—Estoy intentando ser un caballero, pero no me lo estás poniendo nada fácil —murmuró finalmente con la voz ronca.
Yo apoyé el codo sobre la mesa, inclinándome ligeramente hacia él con una sonrisa traviesa.
—Precisamente hoy quiero que dejes esa contención caballerosa a un lado, Liam. Llevamos semanas solo besándonos. Creo que o subimos el nivel pronto o voy a morir de excitación.
Su mandíbula se tensó aún más mientras intentaba controlar una sonrisa.
—¿Tan grave está la situación?
Asentí lentamente, absolutamente seria.
—El otro día se me acabaron las pilas del vibrador de tanto usarlo. Literalmente.
Liam se quedó inmóvil un segundo, parpadeando, antes de soltar una carcajada sorprendida y profundamente masculina.
—Joder, Sue. Si intentabas acabar con mi autocontrol, felicidades: lo acabas de conseguir.
Sonreí triunfalmente, observándolo sacar la cartera con una rapidez casi cómica.
—Entonces paga la cuenta y vámonos a casa. Ahora mismo.
Pagó la cuenta en tiempo récord.
***
Llegamos a mi apartamento en menos de quince minutos. En cuanto cerré la puerta, me giré hacia él. El aire entre nosotros estaba cargado. Liam se quedó quieto, esperando, con los ojos brillantes de deseo pero sin moverse. Quería que yo llevara las riendas.
Me acerqué despacio y lo besé, hundiendo las manos en su cabello. Él respondió, pero dejó que yo marcara el ritmo.
Mis dedos temblorosos bajaron por su pecho y empezaron a desabotonar su camisa. Liam se la terminó de quitar con un movimiento fluido y la dejó caer al suelo, revelando su torso perfectamente marcado: hombros anchos, pecho firme y unos abdominales definidos que me dejaron sin aliento.
—Liam… tócame —susurré contra sus labios, casi suplicando.
Solo entonces sus manos cobraron vida. Me subió el vestido hasta la cintura y deslizó una mano dentro de mis bragas. Sus dedos me encontraron empapada.
—Dios, Sue… —gruñó contra mi boca.
Empezó a acariciarme con lentitud experta, dibujando círculos sobre mi clítoris hinchado.
Gemí y separé más las piernas, apoyándome contra la pared.
Sus dedos bajaron y entraron en mí con facilidad, curvándose justo donde necesitaba.
Movía la mano con ritmo perfecto, profundo y constante, mientras su pulgar seguía estimulando mi punto más sensible.
—Así… justo así —jadeé, moviendo las caderas contra su mano.
Liam apoyó su frente contra la mía, respirando agitado.
—¿No prefieres que use mi boca? —susurró con voz ronca, sin dejar de mover los dedos.
Me mordí el labio, dudando solo un segundo.
—No es algo que haya disfrutado antes… —confesé en un susurro—. Pero contigo… quiero probarlo. Quiero probarlo todo contigo.
Sus ojos se oscurecieron aún más.
—Entonces vas a tener que pedírmelo, rubia.
Tragué saliva y lo miré a los ojos, el corazón latiéndome con fuerza.
—Liam… por favor, quiero tu boca. Quiero que me pruebes.
—Buena chica.
Sin esfuerzo, me levantó en brazos. Enrosqué las piernas alrededor de su cintura mientras me llevaba hasta mi habitación. Me depositó con cuidado sobre la cama y, en cuestión de segundos, me quitó el vestido y la ropa interior, dejándome completamente desnuda ante él.
Liam se tomó su tiempo. Besó mis pechos con devoción, lamiendo y succionando mis pezones hasta que gemí y me arqueé. Luego bajó por mi vientre, besando cada centímetro de piel, deteniéndose en la cara interna de mis muslos.
Cuando su boca llegó a mi sexo, sentí una breve tensión instintiva…
pero desapareció al instante. Antes me tensaba por completo cuando un hombre quería hacerme esto; el simple hecho de sentir una boca ahí abajo me generaba rechazo y ansiedad.
Pero con Liam no. Con él confiaba plenamente.
Me sentía segura, deseada y extrañamente libre. Por primera vez, solo quería disfrutar.
Su lengua fue lenta al principio, saboreándome con calma, recorriendo toda mi humedad de abajo hacia arriba. Luego se concentró en mi clítoris, lamiendo y succionando con una precisión que me hizo agarrarme a las sábanas.
—Liam… joder… —gemí, enredando los dedos en su pelo.
Introdujo dos dedos mientras su boca no dejaba de devorarme. La combinación era abrumadora. Su lengua caliente, húmeda y experta me volvía loca. Cambiaba el ritmo según mis gemidos: más suave, más rápido, succionando con más fuerza.
No duré mucho. El orgasmo me atravesó con violencia, haciéndome gritar su nombre mientras mis caderas se movían contra su cara. Liam siguió lamiendo suavemente, acompañándome hasta el final.
Cuando dejé de sacudirme, subió por mi cuerpo, besándome el vientre, los pechos y finalmente la boca, dejándome probar mi propio sabor en su lengua.
—Eres adictiva —murmuró contra mis labios, con la voz ronca.
Me quedé temblando entre sus brazos, todavía jadeando, con una sonrisa satisfecha en los labios.
Sentía el cuerpo flojo y caliente, pero el deseo no había desaparecido.
Al contrario. Verlo aún vestido de cintura para abajo, con los pantalones apretados por su evidente erección, despertó algo nuevo en mí.
Le acaricié el pecho y lo miré a los ojos.
—Ahora quiero devolverte el favor —susurré, mordiéndome el labio inferior.
Liam soltó una risa baja y tierna, apartándome el pelo de la cara con suavidad.
—No hace falta, nena. Esta noche es para ti. Tenemos tiempo… otros días. Ahora solo quiero hacerte sentir bien.
Negué con la cabeza, decidida. Me incorporé un poco y lo empujé suavemente hasta que se sentó en el borde de la cama.
—Quiero hacerlo, Liam. Quiero probarte yo también.
Él me miró con intensidad, claramente luchando contra sí mismo. Su respiración estaba agitada.
—Sue… no tienes que…
—Quiero —insistí, bajando ya de la cama—. Déjame.
Me arrodillé frente a él sobre la alfombra. Con manos algo temblorosas pero ansiosas, le desabroché el cinturón y bajé la cremallera. Cuando liberé su polla, gruesa, dura y perfecta, se me escapó un suspiro. Era grande, venosa y estaba tan excitada que brillaba en la punta.
Liam soltó un gruñido bajo cuando la rodeé con la mano. Estaba caliente, pesada y palpitante.
Empecé despacio, besando la base y subiendo con la lengua por toda su longitud hasta llegar a la cabeza. Liam tensó los muslos y enredó una mano en mi pelo con suavidad, sin presionar.
—Joder, Sue…
Lo miré desde abajo mientras abría la boca y lo introducía lentamente. Sabía a sal y a él. Empecé a mover la cabeza, succionando con cuidado al principio, explorando. Poco a poco fui tomando más, bajando más profundo, usando la mano en la parte que no me cabía en la boca.
Liam soltó un gemido ronco y echó la cabeza hacia atrás.
—Así… justo así, rubia. Eres increíble.
Sus palabras me dieron confianza. Aceleré el ritmo, lamiendo la parte inferior mientras subía y bajaba, succionando con más fuerza. Mi otra mano acariciaba sus testículos con suavidad. Sentía cómo se tensaba, cómo sus caderas se movían ligeramente, conteniéndose para no follarme la boca.
—Sue… para si es demasiado —jadeó, pero su mano en mi pelo me sujetaba con delicadeza.
No quería parar. Me gustaba verlo así: perdiendo el control por mí. Me lo metí más profundo, hasta que rozó el fondo de mi garganta, y gemí alrededor de él. El sonido vibró en su polla y Liam soltó un gruñido salvaje.
—Dios… voy a correrme si sigues así.
No me aparté. Seguí chupando con hambre, mirándolo a los ojos, acelerando el movimiento de mi mano y mi boca. Quería llevarlo al límite.
Liam intentó advertirme de nuevo, pero su voz se quebró. Su cuerpo se tensó por completo y, con un gemido largo y profundo, se corrió en mi boca. Excitada, tragué sin apartarme hasta que dejó de temblar.
Cuando por fin me separé, jadeando, Liam me miró como si acabara de ver el paraíso. Me levantó del suelo con facilidad y me besó con fuerza, sin importarle probarse a sí mismo en mis labios.
—Eres peligrosa —murmuró contra mi boca, todavía respirando con dificultad—. Y jodidamente perfecta.
Me abrazó con fuerza, tumbándonos en la cama, y me besó la frente, las mejillas y los labios con ternura. Me sentía ebria de placer y de él. El calor entre mis piernas no había disminuido. Al contrario. Lo quería todo.
Apoyé la barbilla en su pecho y lo miré con una sonrisa traviesa.
—¿Tardarás mucho en recuperarte? —pregunté sin rodeos, deslizando una mano por su abdomen—. Quiero pasar a lo siguiente.
Liam soltó una carcajada ronca y sorprendida, echando la cabeza hacia atrás.
—¿Qué es lo siguiente, rubia? —preguntó, mientras me acariciaba la espalda con lentitud.
Lo miré directamente a los ojos, sin vergüenza.
—Follar —respondí con total sinceridad—. Quiero que me folles, Liam.
Por un segundo se quedó callado, mirándome con esa intensidad que me hacía temblar. Luego sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, y me dio la vuelta hasta quedar encima de él.
—Joder, Sue… me vas a matar —murmuró, besándome con ganas antes de separarse un poco—. Relájate un poco, nena. No necesitamos cubrir todas las casillas que faltan en una sola noche.
Hice un pequeño puchero.
—Pero yo quiero…
—Lo sé —me interrumpió suavemente, acariciándome el labio inferior con el pulgar—.
Y vamos a llegar ahí, te lo prometo. Pero quiero disfrutar de cada paso contigo.
Quiero repetir esto —dijo, bajando la mano para acariciar mi sexo aún sensible, haciendo que me estremeciera—, quiero comerte otra vez hasta que grites, quiero que me chupes cuando te apetezca…
pero follarte por primera vez… eso lo dejaremos para otro día.
—¿Otro día? —protesté, incorporándome un poco sobre su pecho.
Liam sonrió y me atrajo de nuevo contra él, abrazándome con fuerza.
—Sí, rubia. Otro día. Quiero que vayamos paso a paso —murmuró contra mi pelo, con la voz ronca pero llena de ternura—.
Sin prisas. Disfrutando de todo el proceso.
Quiero saborear cada primera vez contigo.
Y cuando llegue el momento de follarte de verdad, quiero que estés tan desesperada, tan mojada y tan confiada que no puedas pensar en otra cosa.
Sus palabras me provocaron un escalofrío que me recorrió toda la columna.
—Liam… —susurré, apretándome más contra él.
—Confía en mí —continuó, besándome la sien—. Llevas mucho tiempo con miedo al sexo, con bloqueos. No quiero que esto sea solo otro momento más. Quiero que sea perfecto. Quiero que cuando por fin te tenga completamente, sientas que es exactamente como debe ser. Sin dudas. Sin nervios. Solo placer.
Me mordí el labio, emocionada y excitada al mismo tiempo. Sabía que tenía razón. Por mucho que mi cuerpo pidiera más, mi cabeza agradecía esa paciencia.
—Está bien… —acepté en voz baja—. Paso a paso.
—Exacto —dijo él, sonriendo contra mi piel—. Y te prometo que va a ser jodidamente bueno.
Sus dedos siguieron recorriendo mi espalda con caricias perezosas. Nos quedamos un rato en silencio, solo respirando juntos, con su corazón latiendo fuerte bajo mi mejilla.
—Aunque… —añadí traviesa, deslizando una mano por su abdomen—, eso no significa que no pueda intentar convencerte antes.
Liam soltó una carcajada ronca y me apretó el culo con una mano.
—Eres un peligro, Sue Graham. Pero me encanta.
Nos besamos despacio, con calma, y sin sentir ninguna presión por llegar al final. Solo quería estar con él. Disfrutar de cada segundo.