Liam, millonario y seductor (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 4) 15
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Sue

—Así que este es el despacho de Liam McRae —dije, observando el Hudson a través del enorme ventanal que se alzaba tras su escritorio.

Cuando le había dicho por mensaje que estaba en el castillo con Bella, que había insistido en que la acompañara para hablar de algo relacionado con la boda, Liam no había tardado ni un minuto en exigirme que subiera a saludarlo.

—Impresionante, ¿verdad? —dijo apoyándose contra el borde del escritorio.

—Apuesto a que traes aquí a las mujeres para que se dejen seducir por la erótica del poder —comenté, deslizando un dedo por la superficie de madera oscura que tenía pinta de costar más que mi coche.

En aquel castillo todo parecía obscenamente caro.

Liam arqueó una ceja.

—No necesito la erótica del poder.

—¿Ah, no?

—No. Ser increíblemente atractivo ya me da bastante ventaja.

Solté una carcajada.

—Odio admitirlo, pero en eso voy a tener que darte la razón.

Liam se llevó una mano al pecho.

—Vaya. ¿Sue Graham reconociendo que tengo razón? Voy a marcar este día en el calendario.

—No te emociones tanto.

—Demasiado tarde.

La sonrisa que apareció en sus labios tenía ese brillo peligroso que ya empezaba a reconocer.

—Aunque, si te soy sincero, nunca he traído a una mujer a este despacho.

—¿No?

—No. Pero siempre he pensado que sería una fantasía bastante interesante.

—Liam...

Antes de que pudiera terminar la frase, me rodeó la cintura con una mano y me levantó con una facilidad insultante.

—¡Eh!

Un instante después estaba sentada sobre el borde del escritorio.

—Mucho mejor —declaró.

Negué con la cabeza, intentando no sonreír.

—Puedo ver perfectamente cómo está funcionando tu cerebro ahora mismo.

—¿Ah, sí?

—Y créeme, no me inspira ninguna confianza.

Liam soltó una risa baja.

—Qué poca fe tienes en mí.

—Liam, literalmente puedo oír las ideas indecentes desde aquí.

—Eso es porque me conoces demasiado bien.

Se acercó un poco más, todavía sonriendo.

Y entonces me besó.

Sin prisas.

Sin urgencia.

Solo ese roce familiar que, de alguna manera, siempre conseguía hacer que el resto del mundo desapareciera durante unos segundos.

Abrí la boca y dejé que su lengua se encontrara con la mía. Ya no me tensaba cuando me besaba así. Me gustaba. Me gustaba muchísimo.

No sabía que besar podría gustarme tanto.

Liam profundizó el beso con lentitud. Su lengua acarició la mía con calma, explorando, saboreando.

El roce era cálido, húmedo y profundo. Gemí suavemente contra su boca.

Mis manos subieron por su pecho y se enredaron en su cabello.

Quería más.

Me apreté contra él, todavía sentada en el borde del escritorio. Mis piernas se cerraron alrededor de sus caderas.

Liam dejó escapar un gruñido bajo, pero sus manos se mantuvieron en su sitio: una en mi cintura, la otra acariciando mi espalda con ternura.

Abrí más la boca para sentirlo más, para que sintiera cuánto le deseaba.

Mi lengua buscó la suya con mayor urgencia, lamiéndola, enredándose, saboreándolo profundamente.

El beso se volvió más húmedo y urgente.

Mis caderas se movieron por iniciativa propia. Me froté contra él con suavidad, con un roce lento y deliberado por encima de la ropa, presionando mi centro caliente contra su erección ya evidente. Liam tensó los músculos y se detuvo.

—Las cosas se están poniendo demasiado intensas, creo que debemos parar —murmuró contra mis labios, con la voz ronca por el deseo.

Lo miré decepcionada.

Siempre que las cosas se ponían calientes, Liam me detenía. Lo entendía. Lo hacía por mí. No quería presionarme ni que me bloqueara. Pero esta vez yo quería más. Lo deseaba de verdad.

—¿Y si no quiero parar? —susurré.

Lo atraje de nuevo hacia mí con ambas manos y me froté contra su polla dura, en un movimiento lento y deliberado. La fricción me arrancó un gemido suave.

Liam jadeó.

—Sue…

—Creo que ya estoy preparada para dar el siguiente paso —dije con voz temblorosa pero decidida, mirándolo a los ojos.

Él apoyó su frente contra la mía. Su respiración estaba agitada.

Una de sus manos subió hasta acariciar mi mejilla con el pulgar, tierno como siempre.

—Nena… no tienes que hacerlo por mí. Quiero que estés completamente segura.

—Lo estoy —respondí, y volví a besarlo con lengua, profundo y húmedo. Mis caderas siguieron moviéndose contra él, buscando esa deliciosa presión. Lentamente.

Liam gruñó dentro de mi boca.

—No —susurró contra mis labios, la voz ronca y cargada de deseo—. La primera vez que hagamos esto no será en un despacho, con prisas y sin tiempo.

Alcé una ceja divertida, deslizando lentamente los dedos por su torso.

—¿Ah, no? Porque teniendo en cuenta lo que he percibido ahí abajo parecía que te gustaba bastante la idea.

Él soltó una risa ronca, atrapando suavemente mi mano con la suya.

—Oh, créeme, me gusta muchísimo. Pero podemos guardarlo para la segunda vez. O la tercera. O quizá la cuarta.

Me eché a reír, relajándome contra él mientras mis dedos se enredaban despacio en el cabello de su nuca.

—Estás asumiendo muchas cosas, McRae.

—Tengo planes ambiciosos para nosotros, rubia —murmuró, con una sonrisa maliciosa que me aceleró aún más el pulso—. Pero preferiría llevarte a un lugar donde podamos tomarnos nuestro tiempo.

Mi estómago dio un pequeño vuelco, mezcla de nervios y anticipación. Me mordí ligeramente el labio inferior, mirándolo fijamente a los ojos.

—¿Cuándo?

Liam me devolvió la mirada, ahora con expresión totalmente seria.

—Esta noche.

Un escalofrío delicioso me recorrió el cuerpo entero. Sonreí lentamente, asintiendo una sola vez.

Porque por primera vez desde que podía recordar, la idea de tener sexo no me asustaba, no me bloqueaba, no me hacía dudar.

Al contrario.

Me moría de ganas.