Liam, millonario y seductor (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 4) 14
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Liam

SUE

Siento no poder quedar hoy. Tus cuñadas han sido muy persuasivas para que las acompañe a cenar. Creo que oficialmente me han adoptado. Disfruta de tu noche de chicos. ¿Quedamos mañana?

Sonreí como un absoluto idiota al leer el mensaje de Sue.

Era adorable incluso por mensaje. Incluso cuando la información no era precisamente la que quería leer.

Daba igual que nos hubiésemos visto el día anterior; ya la echaba de menos.

Tenía ganas de ella, de sus besos, de llegar al límite aunque siempre acabáramos deteniéndonos justo antes del siguiente paso.

La espera era jodidamente larga, pero estaba cada vez más convencido de que merecería la pena.

—Tienes cara de estar pensando en alguien con nombre de mujer —comentó Connor desde el otro extremo del sofá, arqueando una ceja con sospecha.

Habíamos quedado en su apartamento para ver un partido de los Knicks, aprovechando que las chicas habían decidido montar su propia noche y aparentemente adoptado a Sue en el proceso.

Me encogí ligeramente de hombros mientras guardaba el móvil.

—Quizá sea así.

Brody, que estaba sirviendo copas junto a la barra del bar del salón, giró la cabeza de golpe hacia nosotros.

—¿De qué hablas? Espero que no te refieras a la mejor amiga de mi prometida.

—¿Y qué pasa si es así?

Brody frunció el ceño al instante, con expresión claramente preocupada.

—Pues que no me mola un pelo que juegues al mujeriego reformado precisamente con la mujer que mi futura esposa considera casi una hermana.

Levanté ambas manos en señal de paz, tratando de quitarle hierro al asunto.

—Eh, relájate. Sue y yo solo lo estamos… pasando bien.

Mentira.

Hacía tiempo que aquello había dejado de ser solo algo divertido. Lo sabía perfectamente, por mucho que siguiera intentando convencerme a mí mismo del contrario.

Cada vez que la veía, cada vez que la tocaba, cada vez que pensaba en ella, algo más profundo y peligroso se agitaba dentro de mí.

Algo que no tenía intención de compartir todavía con nadie, ni siquiera con mis hermanos.

—Solo digo que no quiero que la líes —continuó Brody, con un gesto decidido, acercándose y poniendo las copas sobre la mesa frente a nosotros—. No con Sue. Ella no es alguien con quien puedas jugar.

—Relájate, ya te he dicho que no va de eso —insistí con paciencia, aunque entendía perfectamente por qué desconfiaba.

Fue Ewan quien arqueó una ceja, observándome desde el sofá con curiosidad.

—¿Seguro? Porque Genny tiene otra versión bastante distinta. De hecho, el otro día llegó a casa soltándome un discurso bastante raro sobre algo llamado «responsabilidad afectiva» y diciendo que, al parecer, no eras tan bala perdida como aparentabas.

—Lo mismo me dijo Liza —Connor puso los ojos en blanco—. Volvió a casa emocionadísima explicándome que claramente ya no eras el mismo Liam de siempre. No sé qué les ha dado últimamente con defender tu supuesto cambio de personalidad, pero parecen bastante seguras.

Brody nos miró alternativamente a los tres y suspiró con dramatismo, hundiéndose en la butaca con expresión derrotada.

—Bella también me dijo algo parecido. Y ya sabéis cómo funciona esto de la intuición femenina, nunca falla —hizo una pausa teatral, mirándome directamente—.

Así que supongo que sí, Liam, la vas a liar.

Porque por muy divertido que te parezca ahora jugar a ser el hombre comprometido, todos sabemos que tarde o temprano te cansarás.

Entonces Bella te matará y las reuniones familiares se volverán insoportablemente incómodas.

Por lo tanto, si no te importa, preferiría que pensaras un poco mejor antes de cargarte la armonía familiar.

Puse los ojos en blanco, intentando aparentar calma mientras sentía algo raro en el pecho.

—Tranquilos, chicos —dije con calma fingida—. Esta vez me portaré bien.

Ewan soltó una risa incrédula, negando lentamente con la cabeza.

—¿Por qué no termino de creerte?

Connor levantó su copa en mi dirección, con una sonrisa divertida.

—Porque lo conoces desde que nació, Ewan. Ninguno de nosotros lo cree. Ni siquiera él mismo.

Y joder, cómo odiaba que tuviera razón.

***

Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue mirar el móvil. Tenía varios mensajes nuevos y unas cuantas fotos enviadas por mis cuñadas en el grupo familiar.

En todas salía Sue con las chicas.

En una aparecían en algún bar moderno del centro.

En otra, riendo con copas de vino en la mano, claramente en medio de una conversación absurda.

Y en la última, mi favorita, Sue salía sonriendo de esa manera abierta y brillante que cada vez veía más seguido, la misma que me había atrapado sin darme cuenta.

No pude evitar quedarme mirándola unos segundos más de la cuenta, notando una vibración extraña en el pecho, algo que claramente no debería estar ahí. Me encantaba verla así: en su mundo, feliz, cómoda. Tan jodidamente bonita.

Y entonces, justo cuando estaba sonriendo como un imbécil, otro mensaje iluminó la pantalla. Tara. Una vieja amiga con derecho a roce que de vez en cuando reaparecía en mi vida.

Abrí el mensaje automáticamente.

TARA

Es y, Liam. ¿Te apetece quedar esta noche? Te echo de menos.

Me quedé inmóvil mirando las palabras unos segundos más de lo normal.

En cualquier otra circunstancia habría respondido inmediatamente. Al fin y al cabo, técnicamente no le debía nada a Sue. No nos habíamos prometido nada exclusivo. No habíamos hablado jamás sobre límites ni reglas ni expectativas.

Podría aceptar la invitación si quisiera. Podría seguir siendo el Liam de siempre. Libre. Sin compromisos. Sin complicaciones.

El problema era que, al imaginarme aceptando, sentí una incomodidad inmediata, algo que no me gustaba una mierda. La sola idea de estar con otra mujer se me hizo absurda. Equivocada. Totalmente fuera de lugar.

Dejé el móvil a un lado, respirando hondo mientras me hundía lentamente en el sofá, mirando hacia el techo como si ahí fuera a encontrar alguna explicación.

Porque esto significaba algo.

Algo serio.

Algo real.

Había cruzado sin darme cuenta una línea peligrosa.

Ya no era solo sexo.

Ni curiosidad.

Ni una simple atracción.

Era más. Mucho más. Algo que no había previsto, algo que siempre había evitado a toda costa, algo que en el fondo me aterrorizaba por completo.

La certeza de que no quería a nadie más.

Solo a ella.

Y joder, cómo me asustaba eso.