13 #2
—Cuando empecé aquí, Margaret llevaba años trabajando en el jardín.
Al principio pensé que no tendríamos absolutamente nada en común.
Pero ella es… no sé. Especial. —Se encogió ligeramente de hombros, con la sonrisa ensanchándose un poco más—.
Supongo que simplemente conectamos. Primero solo hablábamos del trabajo, luego empezamos a charlar de cualquier cosa, y al final…
se convirtió en una de las personas más importantes de mi vida.
La observé en silencio, con la taza todavía entre las manos.
Porque eso era justo lo que me encantaba de Sue. La forma en que hablaba de la gente que le importaba. Lo sincera y auténtica que parecía en todas sus relaciones.
Esa manera natural que tenía de querer.
Sue dio un sorbo pequeño a su café y me miró con curiosidad, levantando ligeramente una ceja al notar mi silencio.
—¿Qué pasa? ¿He dicho algo raro?
Negué despacio con la cabeza, sonriendo un poco.
—Al contrario. Solo estaba pensando que me gusta esa forma que tienes de elegir a la gente que quieres cerca. Hablas de ellos como si fueras consciente de lo valioso que es tenerlos en tu vida.
Ella asintió.
—Lo soy. Muchísimo. No soy la persona más extrovertida del mundo, ya lo sabes. Me cuesta abrirme y conectar de verdad con los demás, pero cuando por fin lo consigo... no sé, supongo que ya es para siempre.
La observé en silencio un par de segundos, y luego respondí con tranquilidad:
—Creo que la lealtad es una de las mejores cualidades que alguien puede tener.
Ella me miró de reojo con una pequeña sonrisa.
—Eso viniendo del hombre que nunca se compromete con nadie es bastante irónico, ¿no crees?
Sonreí lentamente, negando con la cabeza.
—A lo mejor aún no me conoces tan bien como crees.
Sue arqueó una ceja con gesto escéptico, claramente divertida.
—¿Ah no?
—Quizá tengo una faceta oculta de hombre serio y responsable.
Soltó una pequeña carcajada incrédula.
—¿Y cuándo exactamente piensas enseñármela?
Me encogí de hombros con fingida indiferencia.
—Cuando crea que estás preparada para asumir ese nivel de perfección masculina.
Ella volvió a reírse, mirándome como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo. Y yo sentí que, probablemente, no me importaría nada seguir diciendo estupideces el resto de la tarde si conseguía que Sue siguiera mirándome así
—Debería ir volviendo —dijo entonces con una mueca resignada—. Dentro de un minuto veinte niños cubiertos de barro exigirán saber si pueden llevarse lombrices a casa como mascotas.
Sonreí, fingiendo pensármelo un segundo.
—¿Y qué pasa si te secuestro un rato más y les dejas que se organicen ellos solos? Suena como una valiosa lección de autonomía infantil.
Sue negó lentamente con la cabeza, aunque la sonrisa no se le iba de la boca.
—Tú definitivamente no has trabajado nunca con niños.
—Pero sí que estoy trabajando mucho para pasar un rato más contigo. ¿Eso no cuenta?
Ella me miró con la sonrisa ensanchándose lentamente, divertida y, tal vez, un poco complacida.
—Casi.
—Entonces tendré que seguir intentándolo más fuerte.
Sue suspiró, y dejó la taza sobre la mesa. Dio un paso hacia la puerta como si fuera a marcharse, pero en el último momento se detuvo.
Y fue justo entonces cuando pasó.
Se giró hacia mí.
Durante un segundo pensé que iba a decir algo más.
En lugar de eso, dio un paso adelante.
Después otro.
Me quedé inmóvil.
La vi acercarse, apoyar una mano sobre mi pecho y ponerse ligeramente de puntillas.
No me dio tiempo ni a reaccionar.
Sus labios encontraron los míos en un beso suave y cálido al mismo tiempo.
Había algo nuevo en ese beso. Algo más decidido, más seguro, más... no sé, más hambriento.
Entonces, antes de que pudiera siquiera procesarlo del todo, sentí cómo deslizaba despacio la lengua por mi labio inferior. Un roce ligero, cálido y provocador que me tensó el cuerpo entero.
Joder.
Aquello sí era completamente nuevo.
Abrí un poco la boca casi por reflejo, sorprendido y excitado al mismo tiempo, y ella aprovechó inmediatamente esa pequeña apertura para profundizar el beso, despacio pero con seguridad, buscando mi lengua con la suya como si por fin hubiese decidido dejar atrás cualquier rastro de prudencia.
Y yo respondí enseguida, dejando que me guiara, disfrutando de ese cambio inesperado.
Su lengua se entrelazó con la mía, despacio, juguetona, y sentí cómo un calor profundo me recorría el cuerpo entero, enviando una descarga directa hacia cada terminación nerviosa.
Le devolví el beso con suavidad, sin apresurarme, dejando que marcara el ritmo.
No podía creerlo. Aquello era una victoria. Una pequeña victoria gloriosa.
Cuando nos separamos, apenas unos centímetros, los dos respirábamos más rápido.
Sue seguía con la mano sobre mi pecho. Podía notar el calor de sus dedos incluso a través de la camisa.
La miré y vi el rubor en sus mejillas, sí, pero no de vergüenza ni miedo.
Solo una especie de asombro dulce. Como si ella misma acabara de darse cuenta de algo importante.
Le acaricié la cara con el pulgar.
—Hola, rubia —murmuré, con la voz un poco más grave de lo normal.
Sue soltó una pequeña risa, todavía sin apartarse.
—Hola.
No pude evitar sonreír.
—Así que esto era lo que estabas escondiendo.
Ella negó muy despacio.
—No lo estaba escondiendo.
—¿Ah, no?
Bajó la vista un segundo y luego volvió a mirarme.
—Solo… contigo me siento bien.
Aquello me dio más fuerte que el beso.
Más fuerte que su lengua rozando la mía.
Más fuerte que todo.
Esta vez fui yo quien la besó. Lento, profundo, con el sabor de esa pequeña victoria todavía impregnado en mis labios.