13
Liam
No tenía ninguna razón lógica para estar allí.
Ninguna.
Y, aun así, estaba aparcando el coche frente al Jardín Botánico de Brooklyn un martes cualquiera a media tarde.
Porque aparentemente había llegado a un punto preocupante de mi vida en el que veía una señal hacia el trabajo de Sue y pensaba: «Podría pasar a saludar».
Apagué el motor y me quedé unos segundos mirando la entrada principal.
La verdad era que me apetecía verla.
Así de simple.
Desde la cita en Central Park nos habíamos visto varias veces. Habíamos cenado juntos, paseado, visto series y hablado de todo tipo de estupideces. Y, poco a poco, casi sin darme cuenta, Sue empezaba a relajarse conmigo.
Todavía seguía siendo prudente.
Todavía pensaba demasiado.
Pero ya no parecía estar permanentemente preparada para salir corriendo.
Y eso era un avance enorme.
También habíamos vuelto a besarnos.
Varias veces.
Siempre dejando que fuera ella quien decidiera cuánto quería acercarse. Cuánto quería avanzar.
Y, aunque todavía no se había atrevido a profundizar demasiado los besos, cada vez se sentía más cómoda.
Más presente.
Más ella.
Y joder.
Verla ganar confianza me gustaba muchísimo.
Entré en el recinto y empecé a caminar por uno de los senderos principales. No tenía ni idea de dónde encontrarla. Aquello era básicamente una jungla organizada por gente con doctorados.
Así que terminé acercándome a una mujer mayor que estaba recolocando macetas junto a uno de los invernaderos. Cabello corto y plateado. Gafas redondas. Expresión sospechosamente observadora.
—Perdone —le dije.
La mujer levantó lentamente la vista de las macetas.
Y una sonrisa amplia se extendió inmediatamente por su rostro.
—¿Sí? —preguntó ella con una tranquilidad inquietante, estudiándome por encima de las gafas como si acabara de reconocerme.
—Estoy buscando a Sue Graham —respondí con cautela.
Su sonrisa se volvió todavía más amplia.
Exageradamente amplia.
—Claro que sí —dijo despacio, disfrutando cada maldita sílaba—. Por supuesto que la busca.
Vale. Aquello definitivamente estaba poniéndose raro.
—¿Sabe dónde está?
—Naturalmente.
Pero no añadió nada más. Solo siguió mirándome con una satisfacción imposible de disimular.
—¿Me lo piensa decir?
Ella se acomodó ligeramente las gafas, como si estuviera preparándose para divertirse mucho conmigo.
—Usted debe de ser el famoso escocés sexy.
Solté una carcajada inesperada.
—Vaya. Veo que mi reputación me precede.
—Oh, y bastante.
La observé divertido, inclinando ligeramente la cabeza hacia un lado.
—¿Solo escocés sexy? Esperaba algo un poco más elaborado, sinceramente.
Ella dejó escapar una risita encantada.
—No se preocupe, también he oído lo del profesor sexual.
Aquella vez tuve que apretar los labios para no estallar en carcajadas.
Joder, Sue. Era normal que se lo contara a Bella.
Incluso que lo supiera Genny o Liza, conocía a mis cuñadas y su capacidad de persuasión cuando se olían cotilleos.
Pero que aquella información hubiera llegado hasta una compañera sexagenaria que cuidaba plantas me parecía un poco excesivo.
—Vaya —murmuré al final, con un suspiro teatral—. Se ve que Sue no se guarda absolutamente nada.
Ella levantó las cejas con un gesto divertido.
—¿Le incomoda?
—Más bien me intriga. ¿Qué otras cosas ha contado sobre mí?
Ella se inclinó ligeramente hacia mí con complicidad fingida.
—No mucho más. Pero para su tranquilidad, todo lo que he oído hasta ahora ha sido bastante bueno.
—Menos mal —sonreí con ironía—. Entonces, ¿va a decirme por fin dónde puedo encontrarla o necesito superar alguna prueba antes?
La mujer fingió pensarlo seriamente un instante, observándome con total descaro.
—Depende. Dígame primero: ¿sus intenciones son honorables?
—Absolutamente no.
Su carcajada sincera resonó entre las plantas cercanas, cálida y alegre.
—Perfecto. Al menos es usted sincero. —Me señaló con un gesto divertido un sendero que se desviaba hacia la izquierda—. Taller infantil de jardinería. Siga recto y gire cuando vea a varios niños completamente cubiertos de tierra.
Asentí con una sonrisa, preparado para seguir su indicación.
—Gracias. Ha sido usted muy amable.
—Espere un momento, señor McRae —me llamó ella justo cuando estaba a punto de alejarme.
Me giré despacio, arqueando una ceja curioso.
—¿Sí?
—Trátela bien. O tendrá que vérselas conmigo —advirtió, muy seria pero con un brillo divertido en los ojos—. Soy una mujer mayor con mucho tiempo libre y acceso ilimitado a fertilizantes peligrosos.
La miré durante unos segundos antes de que una sonrisa sorprendida se abriera paso en mis labios.
—Le doy mi palabra de honor.
Ella me devolvió una sonrisa satisfecha.
—Entonces estamos bien.
Seguí caminando hacia donde me había indicado aquella mujer, todavía negando ligeramente con la cabeza.
Primero Bella me amenazaba. Ahora aquella señora. Si todo el círculo de Sue era así de protector con ella, estaba claro que había hecho algo muy bueno en su vida.
Seguí el sendero que me había indicado hasta llegar a una zona abierta junto a uno de los invernaderos.
Y entonces la vi.
Sue estaba delante de un grupo de niños de primaria, rodeada de pequeñas macetas, tierra y herramientas de jardinería de colores.
Llevaba el pelo recogido en una coleta alta que dejaba su cuello completamente expuesto, con algunas mechas rebeldes escapándose y enmarcándole suavemente el rostro.
Tenía las mejillas ligeramente arreboladas y las mangas remangadas hasta los codos.
Y joder.
Estaba preciosa.
Pero no como cuando se arreglaba para una cita.
Esto era diferente. Más auténtico.
Me quedé quieto junto a la puerta, observándola sin que se diera cuenta.
—¿Y sabéis qué pasa si regáis demasiado una planta? —preguntó con un tono de voz que era una mezcla perfecta de paciencia y dulzura.
Un niño levantó inmediatamente la mano.
—¿Explota?
Sue soltó una carcajada espontánea, que hizo reír a varios niños más.
—No exactamente.
—¿Seguro?
—Bastante segura.
La observé con curiosidad. Los críos seguían mirándola atentos y fascinados. No me sorprendió. Porque Sue tenía una forma especial de hablar que hacía que cualquier tema pareciera interesante.
Incluso las plantas.
—Lo que ocurre es que las raíces necesitan respirar igual que nosotros. Si tienen demasiada agua, se ahogan —continuó ella, explicándoselo despacio.
Una niña rubia abrió muchísimo los ojos.
—¿Las plantas tienen pulmones?
—No.
—Entonces me has mentido.
Sue volvió a reírse, negando despacio con la cabeza.
—No te he mentido. Eso ha sido una simplificación científica.
—Mi padre también dice eso cuando se equivoca.
La carcajada colectiva fue inmediata, pero la risa de Sue fue la más bonita de todas.
En aquel momento Sue estaba completamente en su elemento y se notaba.
No había nervios.
No había dudas.
No había inseguridad.
Solo ella haciendo algo que claramente amaba.
Uno de los niños vio movimiento junto a la puerta y me señaló inmediatamente.
—Hay un señor.
Toda la clase giró la cabeza hacia mí. Sue fue la última en darse cuenta.
Cuando levantó la vista y me vio allí, se quedó completamente quieta. Después sonrió.
Y, por alguna razón ridícula, sentí algo raro en el pecho.
Algo cálido.
—Vale, chicos —dijo volviendo a girarse hacia los niños—. Quiero que exploréis la zona de plantas aromáticas y encontréis tres especies diferentes. Luego tendréis que decirme para qué sirve cada una.
Varias manos se levantaron inmediatamente.
—¿Podemos trabajar por parejas?
—Claro.
—¿Y si encontramos cuatro?
—Entonces presumiréis durante el resto de la semana.
Aquello pareció satisfacerlos. Sue intercambió unas palabras rápidas con las profesoras acompañantes y después caminó hacia mí.
Tenía las mejillas ligeramente sonrosadas y restos de tierra en una manga. Y, aún así, estaba preciosa.
—¿Qué haces aquí?
Me encogí ligeramente de hombros.
—Pasaba por la zona.
Ella entrecerró los ojos inmediatamente.
—Mentiroso.
Solté una risa.
—Vale. Pasaba relativamente cerca de la zona.
—Mucho mejor. —Sonrió un poco—. Tengo diez minutos mientras hacen la actividad. ¿Te apetece un café?
—Siempre.
Su sonrisa se hizo un poco más grande.
—Ven conmigo.
La seguí por uno de los senderos laterales hasta llegar a una pequeña caseta de madera medio oculta entre árboles y setos altos.
Al parecer, la utilizaban los empleados durante talleres y actividades educativas.
Dentro había una cafetera, una nevera pequeña, una mesa redonda y varias estanterías llenas de semillas, guías botánicas y cajas etiquetadas con nombres imposibles de pronunciar.
Sue encendió la cafetera y luego se giró para mirarme con una pequeña sonrisa divertida.
—¿Cómo sabías dónde encontrarme?
—Una compañera tuya me ha dado indicaciones.
—Debe haber sido Margaret.
Asentí. Definitivamente aquella mujer tenía cara de llamarse Margaret.
—Hemos tenido una conversación muy interesante sobre mi reputación. Al parecer soy oficialmente el «escocés sexy».
Ella se puso inmediatamente roja.
—Dios. Qué vergüenza.
—Y profesor sexual —añadí con toda la tranquilidad del mundo—. No olvides esa parte.
Sue negó lentamente con la cabeza, tapándose la cara con ambas manos.
—Te juro que no voy a volver a contarle nada nunca más.
Me acerqué despacio, retirándole con suavidad una de las manos de la cara.
—No. Me gusta saber que hablas de mí.
Ella alzó la vista despacio. Sus ojos me estudiaron unos segundos en silencio, antes de que una sonrisa pequeña y traviesa apareciera lentamente en su boca.
—¿Te parece raro que tenga como amiga a una señora de sesenta años?
—¿Raro? No. ¿Sorprendente? Bastante.
Sue sonrió un poco mientras acababa de llenar las tazas. Me tendió una con calma, como si estuviera pensando en cómo explicarme aquello.