12
Sue
Llegué diez minutos antes al sitio donde Liam me había citado porque, al parecer, además de ansiedad social también tenía la manía de llegar siempre demasiado pronto.
Llevaba un rato fingiendo que miraba escaparates y no el móvil cada dos por tres. Lo cual, evidentemente, era mentira.
Sí lo estaba mirando. Y bastante.
Me acomodé mejor la bandolera sobre el hombro repasando mentalmente la ropa que llevaba.
Vaqueros azul oscuro, botines marrones y una blusa color crema que intentaba parecer bonita sin pasarse, por la que había tardado casi una hora en decidirme. Después de la experiencia traumática con la ropa interior sexy, mi criterio en esos temas ya no me parecía muy fiable.
La tarde era fresca. Manhattan seguía repleta de gente saliendo del trabajo, y las luces empezaban a encenderse en los escaparates cuando un coche negro se detuvo justo frente a mí.
Mi corazón dio una voltereta en mi pecho al instante.
Liam bajó la ventanilla.
—Hola, rubia.
Madre mía.
Daba igual cuántas veces lo viera. Seguía siendo obscenamente atractivo.
—Hola.
—Sube.
Abrí la puerta intentando moverme como una persona funcional y no como alguien que acababa de olvidar cómo se usaban las piernas. El coche olía a cuero, a limpio y, sobre todo, un poco a Liam, lo cual debería estar tipificado como delito.
—Estás muy guapa —dijo, poniéndose en marcha.
Y ahí estaba.
El rubor inmediato. Infalible. Humillante.
—Gracias.
Liam me dedicó una mirada breve, de esas que parecían verlo todo demasiado rápido.
—Y muy nerviosa.
—Eso también.
Sonrió un poco. No era su sonrisa provocadora. Ni la descarada. Era otra más pequeña, más cálida.
Me abroché el cinturón mientras salíamos del tráfico más denso.
—¿Adónde vamos?
—A dar una vuelta por Central Park.
Lo miré un segundo.
—¿En serio vamos a dar un paseo?
—Sí.
No pude evitar reírme.
—Esto empieza a parecer una cita de verdad.
Liam apartó la vista de la carretera apenas un instante.
—Porque lo es.
La respuesta me pilló tan desprevenida que me quedé mirándolo con la boca medio abierta.
—¿Qué?
—Es una cita, Sue.
Parpadeé un par de veces, intentando procesar eso.
—Pensaba que esto era… no sé. Otra cosa.
—¿Una tutoría sexual con evaluación continua?
La risa se me escapó antes de poder evitarlo.
—Algo espantoso así, sí.
Liam negó suavemente con la cabeza, todavía con esa calma suya que últimamente me desarmaba más de la cuenta.
—No quiero que cada vez que quedemos sientas que vienes a pasar una prueba. No voy a medir si hoy besas distinto, si estás menos nerviosa o si hemos avanzado otro nivel. Quiero que quedemos para estar juntos, divertirnos y conocernos sin convertir esto en un examen absurdo.
Me quedé callada.
No sabía por qué, pero esa tarde Liam parecía distinto. Más relajado.
—Además —añadió con una media sonrisa—, si voy a ejercer de profesor sexual, me conviene saber bien con quién estoy trabajando.
Se me encendieron hasta las orejas.
—Eso ha sonado terriblemente profesional.
—Soy un hombre muy entregado a la docencia.
Puse los ojos en blanco, pero la verdad es que, por primera vez desde que había salido de casa, me sentí verdaderamente relajada.
No menos consciente de Liam.
No menos atraída por él.
Pero sí menos tensa.
Y mientras atravesábamos Manhattan con las luces encendiéndose en cada esquina, sentí algo nuevo abriéndose paso en mi pecho, ligero y cálido a la vez:
Las ganas sencillas, fáciles y honestas, de pasar la tarde con él.
***
Aparcamos cerca de Central Park y, unos minutos después, caminábamos por uno de los senderos mientras la luz empezaba a teñirse de dorado entre los árboles.
El parque estaba precioso a esa hora. Hojas secas cubrían partes del camino, había gente paseando perros, corredores esquivando turistas y parejas sentadas en los bancos aprovechando los últimos rayos de sol.
Y yo, por una vez, no estaba pendiente de si decía lo correcto o me movía de la manera adecuada.
Simplemente estaba allí.
Con Liam.
—¿Venías mucho aquí de pequeño? —le pregunté cuando cruzábamos uno de los puentes de piedra.
Sonrió.
—Bastante. Mis padres nos traían a menudo cuando no sabían cómo entretenernos en el castillo.
—¿Y os portabais como niños civilizados?
Soltó una risa baja.
—En absoluto. Una vez Connor y Brody terminaron medio peleándose junto al lago porque uno escondió algo del otro y el asunto degeneró como suelen degenerar esas cosas cuando tienes menos de doce años y llevas el apellido McRae.
Lo miré de reojo.
—Eso suena sospechosamente a versión suavizada.
—Porque lo es. Digamos que ninguno de mis hermanos ha sido jamás un ejemplo de contención emocional.
—Eso sí me lo creo.
—Yo era el único sensato.
Lo miré con toda la incredulidad que fui capaz de reunir.
—Esa mentira ha sido especialmente descarada.
Su sonrisa se ensanchó.
—Vale. Quizá «sensato» no era la palabra adecuada.
Seguimos paseando hasta llegar a una zona más tranquila cerca del agua, y terminamos sentándonos en un banco con vistas al lago. Durante unos segundos permanecimos en silencio, observando cómo pasaba la gente.
Normalmente aquellos silencios me ponían nerviosa. Pero con Liam no ocurría. No sé por qué.
—Se nota que los quieres mucho —dije al fin, girando la cabeza para mirarlo.
—¿A mis hermanos?
Asentí.
—Hablas de ellos como si te desesperaran, pero también como si no supieras vivir sin toda esa locura.
Su sonrisa se suavizó.
—Supongo que has dado en el clavo.
Me acomodé mejor contra el respaldo del banco.
—Y también se nota que adoras vuestro castillo.
—¿Dunbrae?
—Sí.
Liam desvió la mirada hacia el lago antes de contestar.
—Durante años estuve convencido de que me marcharía para siempre. Cuando era adolescente, el castillo me parecía una mezcla insoportable entre museo, responsabilidad familiar y circo permanente. Quería vivir lejos, hacer mi vida y no escuchar a nadie hablar de legado ni tradición.
—¿Y ahora?
—Ahora no me imagino viviendo en otro sitio.
Sonreí ligeramente.
Lo entendía perfectamente.
Hay lugares que dejan de ser solo lugares. Acaban pareciéndose más a una extensión de la gente que quieres.
—¿Siempre quisiste trabajar en lo que haces? —le pregunté.
Liam soltó una carcajada seca.
—Ni remotamente.
—¿Qué querías ser?
Me miró con una expresión que ya me hizo sospechar.
—Mago.
Parpadeé.
—No.
—Sí.
—¿Mago de verdad?
—Mago de verdad. Profesional, además.
Me lo quedé mirando fijamente, intentando decidir si estaba burlándose de mí o no.
—Necesito contexto. Muchísimo contexto.
Liam se acomodó mejor en el banco, con una resignación fingida.
—Tenía una caja con trucos. Me aprendí un montón. Practicaba delante del espejo. Incluso hubo una época especialmente oscura en la que insistía en que mis hermanos me llamaran el Gran Liamini.
La carcajada se me escapó tan fuerte que un señor que pasaba con su perro se giró a mirarnos.
—Estás mintiendo.
—Ojalá.
—El Gran Liamini no puede ser real.
—Lo fue. Durante más tiempo del que estoy dispuesto a reconocer.
—Por favor, dime que existe una foto.
—Existe, sí.
Junté las manos como si fuera a rezar.
—Necesito esa foto más que oxígeno.
—Está protegida por razones de seguridad nacional.
—La encontraré. Te lo juro.
Él soltó una carcajada y negó con la cabeza, pero me pareció ver algo más suave en sus ojos.
Algo más cálido.
Más relajado.
Más real.
Y mientras miraba cómo sonreía, decidí que esa versión de Liam, un poco avergonzada y un poco divertida, empezaba a ser mi favorita.
Seguía riéndome cuando él se levantó del banco.
—Tengo hambre.
Alcé la vista.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Qué autoritario todo.
Liam me tendió la mano.
—Voy a llevarte a comer el mejor perrito caliente de Manhattan.
Lo miré, divertida.
—Pensaba que los hombres como tú llevaban a las mujeres a restaurantes imposibles con carta en francés y reservas cerradas desde hace meses.
Puso cara de ofendido.
—Sue Graham, ¿estás menospreciando el valor cultural del perrito caliente callejero?
—Estoy diciendo que no encaja con tu imagen de millonario sofisticado.
—Entonces mi imagen necesita una revisión urgente.
Le di la mano y me levanté todavía sonriendo.
—Eso sí te lo compro.
Empezó a caminar explicándome, con una seriedad completamente ridícula, por qué aquel puesto en concreto merecía respeto histórico.
Yo no sabía si aquello contaba como una cita, como una clase o como alguna mezcla extraña entre ambas cosas.
Pero me lo estaba pasando bien. Muy bien.
La tarde se nos fue casi sin darme cuenta.
Comimos los famosos perritos, que según Liam rozaban la excelencia y según yo estaban muy buenos, pero no justificaban el nivel de devoción con el que los defendía. Después seguimos paseando, hablando y riéndonos de tonterías.
Y cuando quise darme cuenta estaba frente a mi edificio y ya había anochecido. Las luces de la calle se reflejaban en la acera y algunos coches pasaban despacio a nuestro alrededor.
Me giré hacia él con una sonrisa en la boca.
—Me lo he pasado muy bien.
La sonrisa que me devolvió fue pequeña, pero completamente real.
—Yo también.
Hubo un silencio breve.
Y, de pronto, me di cuenta de que no quería despedirme todavía.
La invitación me salió antes de pensarla demasiado.
—¿Quieres subir?
Liam me observó unos segundos y luego negó con suavidad.
—Creo que será mejor que no.
Parpadeé.
—¿No?
—No.
No sonó frío. Ni distante. Ni raro.
Sonó a decisión tomada con calma.
Entonces lo entendí.
—Entonces, ¿hoy tampoco van a haber besos?
La sonrisa volvió despacio a su boca.
—Si quieres uno, tendrás que venir a por él tú sola.
Lo miré un segundo.
Y luego me eché a reír.
—Eres imposible.
—Eso me dicen.
Sonreí.
Y me gustó que lo hiciera así.
Porque no había presión.
Era mi elección.
Y elegí.
Di un paso hacia él. Luego otro.
Me puse de puntillas y acerqué la boca a la suya.
Liam no acortó la distancia ni tomó el control. No hizo nada salvo quedarse quieto y esperar.
Y cuando por fin lo besé, sentí algo pequeño pero importante moverse dentro de mí.
Como si acabara de recuperar un trocito de terreno que llevaba demasiado tiempo en manos ajenas.
Fue un beso breve, suave, de esos que piden permiso antes de quedarse. Sin expectativas. De labios encajando con calma, sin lengua, sin nada más allá de esa suavidad lenta y cuidadosa.
Liam respondió con la misma suavidad, sin imponer el ritmo, sin empujar, dejándome a mí decidir cuánto duraba aquel beso y cuándo quería apartarme.
Y cuando lo hice, seguía sonriendo.
Esta vez la intimidad no me había dado miedo.
Quizá la próxima vez conseguiría dar un beso con lengua sin querer salir corriendo. Sin tensarme. Sin pensar tanto. Solo disfrutando del momento.
Exactamente como ahora.