11
Liam
No pensaba hablar de Sue con mis hermanos. Ni de coña. Era un tema demasiado delicado como para pedirle consejo al clan McRae. Así que terminé entrando en el despacho más extravagante de todo Manhattan: el del doctor Drake Murray.
O, como lo conocía media ciudad, el Doctor Placer.
Cada vez que escuchaba ese apodo seguía sonándome completamente ridículo.
Lo peor es que al cabrón le iba de maravilla.
Drake había convertido la sexología en un maldito imperio: libros superventas, conferencias llenas hasta la bandera, programas de televisión, y consultas privadas con tarifas obscenas para gente con demasiada pasta y demasiadas neurosis.
Y, pese a todo ese éxito absurdo, debajo del traje impecable y de la reputación de gurú del deseo, seguía siendo el mismo idiota brillante con el que había compartido fraternidad en la universidad.
Entré sin llamar y eché un vistazo alrededor con las manos en los bolsillos.
—Qué acogedor todo —comenté con sarcasmo, observando los muebles minimalistas, las lámparas de luz cálida y el sofá enorme que parecía diseñado para actividades poco ortodoxas—. ¿Lo has decorado tú o contrataste a una interiorista obsesionada con el feng shui sexual?
Drake levantó la vista desde detrás del escritorio con una sonrisa irónica, reclinándose hacia atrás en la silla y entrelazando las manos frente al pecho.
No me sorprendía que hubiera tenido a media universidad detrás de él.
Drake siempre había sido de esos tipos que llamaban la atención al entrar en una habitación. Alto, atractivo y carismático. El tipo de hombre que parecía escuchar de verdad cuando hablabas y que, probablemente por eso, resultaba aún más difícil de olvidar.
—Vaya, Liam McRae en mi consulta. Dime, ¿es una visita de placer o has venido porque necesitas ayuda con él?
Solté una risa seca, negando despacio con la cabeza.
—Qué ingenioso, Drake. ¿Cuánto tiempo llevas esperando para usar esa frase conmigo? ¿Años?
—Desde que abrí la consulta —admitió él con total calma—. Y créeme, ha merecido la pena esperar. ¿A qué se debe este inesperado honor?
Me senté frente a su escritorio y dejé caer la espalda contra la silla.
—Necesito preguntarte una cosa.
Drake apoyó la tablet a un lado y entrelazó las manos, encantado consigo mismo.
—Déjame adivinar. No es por ti, lo cual significa que sí es por ti, pero con una mujer de por medio.
Le sostuve la mirada un momento.
—He conocido a alguien.
Su sonrisa se ensanchó al instante, justo lo que temía.
—Mira qué maravilla. El apocalipsis por fin ha llegado.
—Si vas a seguir por ahí, me largo.
—No, no. Perdona. Estoy siendo un profesional ejemplar. Continúa.
No le creí una mierda, pero seguí hablando.
—Le gusto. Y ella también me gusta a mí.
—Eso ya es bastante más grave de lo que esperaba —murmuró.
Lo ignoré.
—El problema es que se pone en tensión cuando nos besamos. Le gusta besarme, le gusta que la toque, se siente bien conmigo... pero en cuanto las cosas empiezan a volverse más íntimas, se bloquea.
La ironía se le borró de la cara poco a poco.
—Vale —dijo, ya sin bromas—. Cuéntamelo bien.
Y se lo conté.
Le hablé del novio del instituto. De los comentarios.
De cómo la hizo sentirse torpe, observada, insuficiente.
De esa costumbre horrible de dudar de sí misma justo cuando debería sentirse segura.
También le conté lo de los besos, la rigidez repentina, la culpa después, la manera en que parecía enfadarse consigo misma por no reaccionar como creía que debía.
Drake me escuchó sin interrumpir, con los codos sobre la mesa y la atención completamente fija en mí. Cuando terminé, se quedó unos segundos en silencio antes de hablar.
—¿Ella quiere avanzar contigo?
—Sí.
—¿Y le frustra no poder vivirlo como le gustaría?
—Muchísimo.
Asintió despacio.
—Entonces no suena a falta de deseo. Suena a falta de seguridad. O, mejor dicho, a que su cuerpo todavía no se cree del todo que está a salvo, aunque racionalmente ella sí lo sepa. Lo importante aquí es que no conviertas esto en una misión.
Fruncí el ceño.
—¿En una misión?
—Sí. El típico impulso masculino de «voy a arreglarla».
Me pasé una mano por la nuca. No es que quisiera arreglarla. No había nada que arreglar. Era cierto cuando le decía que no estaba rota. Pero a efectos prácticos si se podía sentir un poco así.
—Entonces, ¿qué hago?
—Básicamente, bajar el ritmo. Que esté contigo. Que se ría. Que cene contigo, que vea una serie, que te bese si le apetece, que pare si lo necesita y que descubra, una y otra vez, que no pasa absolutamente nada cuando marca un límite.
Me quedé pensando unos segundos.
—O sea, que siga exactamente como hasta ahora.
—Si hasta ahora la has hecho sentirse segura, sí. Además, yo evitaría tomar la iniciativa en general. Deja que sea ella quien dé el primer paso cuando quiera avanzar.
—¿Porque así sentirá que tiene el control?
Drake negó suavemente con la cabeza.
—Porque así lo tendrá de verdad. Ahora mismo necesita comprobar que puede decidir sin presiones, acercarse cuando le apetezca y parar sin consecuencias.
Aquello tenía demasiado sentido.
Y también dolía un poco, porque significaba reconocer que quizá había estado presionando sin darme cuenta.
Volví a verla claramente en mi cabeza: la tensión en sus hombros, la disculpa inmediata, esa costumbre tan suya de culparse incluso cuando estaba claro que no había hecho nada malo.
Se me revolvió algo incómodo por dentro.
—No sabes las ganas que tengo de romperle la cara al imbécil que le metió eso dentro.
—Lo sé —dijo Drake con calma—. Pero tu rabia no va a curarla.
Tu consistencia quizá sí la ayude. —Me lanzó una sonrisa burlona—.
Y ahora, si hemos terminado, mi secretaria te dará el recibo por la consulta.
Y no te preocupes, también acepto pagos en whisky caro o entradas para partidos de los Knicks.
Me puse de pie con un resoplido.
—Que te den, Drake.
—Siempre un placer ayudarte, McRae —respondió tranquilamente mientras yo salía por la puerta, negando con la cabeza.