Liam, millonario y seductor (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 4) 10
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Liam

Cenamos en el salón con la serie puesta de fondo, comentando tonterías entre capítulo y capítulo. Poco a poco, la tensión inicial fue desapareciendo por completo, y Sue se acomodó bajo una manta, con las piernas dobladas y una copa de vino en las manos, contándome historias del Jardín Botánico.

Y cuanto más hablaba, más me daba cuenta de que el problema no era solo que me atrajera físicamente, que obviamente lo hacía.

Era que me gustaba demasiado estar así con ella.

La serie seguía sonando de fondo cuando terminé apagando la luz principal del salón, dejando únicamente la iluminación cálida de la cocina y la suave luz de la chimenea.

Sue alzó la vista hacia mí con una sonrisa traviesa asomando en sus labios.

—Ahora sí que parece que vas a sacrificarme en algún ritual sexy escocés.

Solté una carcajada ronca mientras volvía a sentarme a su lado.

—No sé quién te habrá contado esos rumores, pero no suelo hacer sacrificios los jueves. Prefiero los fines de semana.

—Menos mal —murmuró divertida, dando un sorbo lento a su copa de vino—. Todavía estoy demasiado joven para morir.

Me reí en voz baja mientras la observaba por el rabillo del ojo.

Porque sí, era adorable, era divertida, era increíblemente atractiva…

Y ahora, además, estaba sentada en mi sofá con mi camiseta puesta y sin sujetador, algo que se había convertido oficialmente en una tortura insoportable para mi autocontrol.

Poco a poco, casi sin darme cuenta, la distancia entre nosotros fue desapareciendo.

Primero nuestras piernas rozándose bajo la manta.

Luego su cabeza, cada vez más cerca de mi hombro.

Después, mi brazo acomodado tras ella en el respaldo del sofá.

Todo lento. Natural. Sin presión.

La serie seguía avanzando, pero hacía ya un rato que ninguno de los dos le prestaba demasiada atención.

El aroma suave a vainilla mezclado con flores delicadas que desprendía Sue me estaba volviendo loco lentamente.

Y cuando ella soltó una risita baja por una escena absurda y apoyó distraídamente la cabeza contra mi hombro, una sensación cálida y extraña se extendió por mi pecho.

Aquello sí que empezaba a ser peligroso de verdad.

Aparté inmediatamente el pensamiento.

No podía permitirme ir por ahí.

Yo no me enamoraba. Nunca. Punto.

Así que decidí concentrarme en otra cosa.

En ella.

En el calor suave de su cuerpo bajo la manta. En cómo respiraba distinto cada vez que me acercaba un poco más. En ese maldito aroma a vainilla que empezaba a convertirse en adicción.

Giré despacio la cabeza hacia ella. Sin prisa, dándole espacio para apartarse si lo quería.

Pero Sue no se apartó. Todo lo contrario. Permaneció quieta, con la respiración ligeramente contenida, mientras yo me inclinaba despacio hacia su cuello.

Y joder. Olía increíble.

Cerré los ojos apenas un segundo, respirando profundamente antes de besarla ahí, despacio. Su piel se estremeció inmediatamente bajo mis labios, y el pequeño sonido que se le escapó me golpeó directamente en el pecho.

Dios.

Volví a besarla un poco más arriba, justo bajo la mandíbula.

—¿Te gusta esto? —pregunté en voz baja.

Ella asintió enseguida, soltando un poco de aire.

—Sí.

Seguí lentamente hacia arriba, dejando un reguero de besos por su cuello hasta llegar al borde de su mandíbula. La televisión seguía sonando de fondo, mezclándose con su respiración acelerada y esos pequeños ruiditos nerviosos que hacía cada vez que mis labios tocaban su piel.

Y aquello me estaba poniendo muchísimo más de lo que debería.

Porque todo en Sue era auténtico. Nada fingido. Nada ensayado.

Cuando llegué a la comisura de sus labios me detuve un segundo, mirándola de cerca. Después, lentamente, la besé.

Y al principio fue perfecto.

Sue suspiró suavemente contra mi boca, mientras sus dedos se aferraban con delicadeza a mi camiseta. La besé despacio, sintiendo cómo, poco a poco, empezaba a responderme más.

Ahí estaba.

Eso era justo lo que quería. Que disfrutara. Que dejara de pensar tanto.

Acaricié lentamente su labio inferior con la lengua, profundizando apenas un poco el beso.

Y entonces volvió a suceder.

La tensión.

Pequeña. Instantánea.

Su cuerpo entero se puso rígido otra vez entre mis brazos.

Me detuve de inmediato, separándome apenas unos centímetros para mirarla con calma. Ella apartó la vista enseguida, claramente avergonzada.

—Lo siento —susurró al momento.

Joder. Otra vez no.

—Eh —le acaricié suavemente la mejilla con el pulgar—. No tienes que disculparte.

Sue bajó la mirada con frustración.

—No sé qué me pasa. Me gustas, Liam. Me gusta besarte. Pero en cuanto todo empieza a volverse más… íntimo, simplemente me bloqueo. Es como si mi cuerpo entrara en alerta antes de que yo pueda controlarlo.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿A qué te refieres con entrar en alerta?

Ella dudó unos segundos, intentando explicarse.

—Me desconecto. Como si de repente dejara de estar aquí del todo. Empiezo a preocuparme por hacerlo bien, por reaccionar como debería. Y cuanto más lo pienso, peor se pone todo.

Le acaricié lentamente el brazo mientras la escuchaba.

—Es tu cuerpo protegiéndote, Sue.

Ella levantó la vista hacia mí y joder. La tristeza contenida en esos ojos me rompía por dentro.

—Nunca voy a poder ser normal, ¿verdad? Me voy a quedar así para siempre. Incapaz de tener una relación real porque mi cerebro decide entrar en pánico cada vez que alguien me toca.

Negué inmediatamente con la cabeza, acercándome aún más a ella.

—Eh. No vuelvas a decirte algo así.

Ella soltó una risa triste.

—Pero es verdad.

—No, no lo es.

Busqué sus ojos con firmeza, acariciándole despacio la mejilla con el pulgar.

—Tu cuerpo aprendió a ponerse en guardia porque alguien cruzó límites contigo cuando eras demasiado joven para entender lo que pasaba. Eso no significa que estés rota. Significa que has estado sobreviviendo como podías.

Tragó saliva lentamente.

—¿Y si nunca cambia?

La miré profundamente antes de responder.

—Cambiará. Solo iremos más despacio. No tienes que convertirte mágicamente en otra persona de la noche a la mañana. Y tampoco fingir ser alguien distinta solo para que alguien quiera estar contigo.

Algo en sus ojos se ablandó al escucharme, y noté que se le humedecían ligeramente.

—Lo conseguiremos, Sue —añadí con suavidad—. Solo necesito que entiendas una cosa: no tienes que demostrarme nada esta noche, ni ninguna otra. Aquí no hay ninguna prisa.

Ella me sostuvo la mirada unos segundos más, dejando salir lentamente todo el aire contenido en sus pulmones.

Y poco a poco, la tensión que llevaba acumulada desde que llegó empezó a desaparecer de su cuerpo.

La atraje suavemente hacia mí, sin presión, sin convertirlo en nada más. Simplemente acercándola con cuidado. Esta vez, Sue se dejó llevar con naturalidad, acurrucándose contra mi pecho.

La televisión seguía sonando de fondo, desenfocada y apoyó la cabeza contra mi hombro, soltando un suspiro suave y relajado.

Y justo ahí, con la televisión sonando de fondo y Sue abrazada a mi pecho, entendí algo importante:

Ya no se trataba solo de acostarme con ella.

Costase lo que costase, iba a ayudarla a superar esto.

Aunque en el camino acabara jugándome el corazón.