9
Liam
Nunca había preparado mi apartamento para recibir a una mujer.
Normalmente las cosas simplemente... ocurrían. Una copa, química, tensión sexual, y ya está. Nunca me había preocupado especialmente por crear ningún tipo de ambiente, porque nunca había querido que ninguna chica se sintiera tan cómoda como para quedarse demasiado tiempo.
Pero con Sue era distinto.
Llevaba veinte putos minutos recolocando los cojines del sofá como un psicópata obsesivo-compulsivo, y ni siquiera estaba seguro de haberlos dejado bien.
Paseé la mirada por el salón por cuarta vez consecutiva, comprobando mentalmente la lista que me había hecho.
Luces bajas, para que no se sintiera expuesta.
Música suave de fondo, relajada, pero sin resultar cursi ni demasiado romántica.
Había escondido cualquier cosa mínimamente intimidante o demasiado «Liam McRae, millonario escocés emocionalmente inaccesible».
Suspiré pesadamente mientras dejaba una botella de vino sobre la encimera y me pasaba una mano por el pelo, alborotándomelo aún más de lo que ya estaba.
Me estaba esforzando demasiado, lo sabía.
Pero, joder, esto era importante. Se trataba de Sue.
Después de lo ocurrido en su apartamento, después de cómo la había visto encogerse sobre sí misma y cerrarse como una flor marchitándose, quería asegurarme de que esta vez ella se sintiera completamente segura.
Que tuviera el control absoluto. Quería demostrarle que podía confiar en mí.
Quería hacer las cosas bien.
No sabía muy bien por qué… pero Sue me importaba, y no como me había importado cualquier otra mujer antes. Me importaba de una manera nueva, inesperada y desconcertante.
Entonces llamaron a la puerta.
Mi corazón dio un pequeño golpe absurdo contra las costillas antes incluso de moverme.
Abrí.
Y ahí estaba Sue.
Con el pelo suelto, un abrigo beige enorme y esa expresión entre nerviosa y adorable que estaba empezando a volverme completamente idiota.
Pero esta vez además parecía… incómoda. Muy incómoda.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Qué pasa?
Entró rápidamente en el apartamento y cerré la puerta tras ella mientras se llevaba una mano discretamente al pecho.
—Creo que he comprado la talla de sujetador equivocada.
Tuve que contener la risa inmediatamente.
—¿Perdón?
Sue dejó caer el bolso sobre el sofá y me miró con cara de auténtico sufrimiento.
—Bella me contó una teoría absurda sobre la ropa interior sexy y cómo llevarla me iba a hacer sentir más segura, empoderada sexualmente y no sé cuántas tonterías más. Y ahora mismo, te juro que creo que una parte del sujetador se me está clavando en una costilla.
La carcajada se me escapó sola.
Sue me señaló indignada.
—No te rías. Estoy sufriendo, Liam.
—Lo siento, rubia, pero la imagen mental es increíble.
Ella resopló mientras se quitaba el abrigo.
Y entonces vi el vestido.
Negro esta vez.
Más ajustado.
Más corto.
Y definitivamente diseñado para acabar conmigo lentamente.
Mi cerebro se apagó durante un par de segundos, tiempo suficiente para que Sue notase claramente cómo la miraba. Se puso roja enseguida.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de hombre que está teniendo pensamientos indecentes.
Sonreí lentamente, apoyándome contra la puerta.
—Sue, llevo teniendo pensamientos indecentes contigo desde que abriste la puerta el otro día. Créeme, esto no es nuevo.
Ella se ruborizó al instante, desviando la mirada mientras un suave calor le subía por el cuello.
Dejó el bolso sobre el sofá mientras seguía peleándose discretamente con el sujetador infernal, y yo hice un enorme esfuerzo por no imaginar qué clase de conjunto absurdo había escogido para la ocasión.
Spoiler: mi imaginación ya llevaba un rato haciendo horas extras.
—Entonces… ¿cuál es el plan para hoy? —preguntó con suavidad, ajustándose de nuevo el vestido con una pequeña mueca de incomodidad.
Me encogí de hombros con naturalidad.
—No hay plan.
Ella parpadeó sorprendida.
—¿No?
—Prefiero ir viendo sobre la marcha. He preparado algo para cenar y pensé que podíamos seguir viendo la serie que dejamos a medias el otro día.
Noté cómo su rostro se relajaba automáticamente. Perfecto. Exactamente lo que había buscado desde el principio: que dejara de entrar aquí como si estuviese a punto de enfrentarse a un examen sexual terrorífico.
Sue se dejó caer en el sofá mientras yo me dirigía hacia la cocina americana para servir un par de copas de vino.
—Eso suena… sorprendentemente normal —dijo, acomodándose con cuidado entre los cojines.
Solté una risa baja mientras le tendía una copa.
—¿Te decepciona?
—Un poco. Esperaba encontrarme velas negras, esposas de terciopelo y un manual de seducción avanzada sobre la mesa.
—Tranquila, está guardado en el dormitorio. Edición especial deluxe.
Ella dejó escapar una risa breve y suave mientras aceptaba la copa de vino. Dio un sorbo pequeño y volvió a hacer una mueca extraña.
Mi vista bajó automáticamente hacia su escote.
—Ese sujetador sigue intentando asesinarte, ¿verdad?
Sue suspiró dramáticamente y asintió con desesperación.
—De verdad, no entiendo cómo se supone que esto iba a hacerme sentir sexy y empoderada. Ahora mismo solo me siento como una morcilla atrapada en alambre de espino.
Tuve que apretar los labios para aguantar la sonrisa. Aquella mujer iba a acabar conmigo de todas las maneras posibles.
—¿Y por qué no te lo quitas si te molesta tanto?
Ella me miró como si acabara de decir la estupidez más grande del mundo.
—Porque este vestido no queda bien sin sujetador, Liam.
La observé apenas un segundo más antes de girarme hacia el pasillo.
—Espera aquí.
Sue frunció ligeramente el ceño desde el sofá.
—¿Adónde vas?
—A salvarte de una muerte por lencería asesina.
Entré en mi dormitorio y abrí uno de los cajones, rebuscando hasta encontrar una camiseta negra cómoda y suave.
Una sonrisa irónica apareció en mis labios cuando pensé en la cara que pondría Connor si supiera que estaba a punto de prestarle ropa cómoda y gigante a una mujer en lugar de quitársela lo más rápido posible.
Volví al salón y le lancé la camiseta. Sue la atrapó por puro reflejo y luego me miró confundida, sosteniéndola entre sus manos.
—¿Qué se supone que haga con esto?
—Ponértela. Vas a estar más cómoda.
Su mirada descendió lentamente hacia la camiseta que sostenía, y algo en la forma en que se relajaron sus hombros y en cómo se suavizó la tensión de su rostro me produjo una satisfacción absurda, cálida, casi adictiva.
—Espera un segundo… —empezó a decir con una sonrisa suave asomando a sus labios—. Liam McRae, ¿me estás diciendo que prefieres que vaya cómoda antes que sexy?
Me apoyé contra la encimera y sonreí despacio, mirándola directamente a los ojos.
—Sue, créeme, no existe forma humana posible de que tú no me parezcas sexy en este preciso instante. Pero preferiría que dejaras de sufrir por culpa de un sujetador demoníaco.
Sus mejillas se encendieron ligeramente mientras se levantaba, agarrando la camiseta contra su pecho como si fuera un pequeño tesoro.
—Vale. Iré a cambiarme —dijo, en voz más baja, dirigiéndose al baño—. Pero que conste que este vestido era muy bonito.
—Muy bonito —confirmé, siguiéndola con la mirada mientras caminaba hacia el pasillo—. Tanto que ha estado a punto de matarme nada más abrir la puerta.
Ella sacudió la cabeza divertida antes de desaparecer por el pasillo, y me quedé ahí, sonriendo como un absoluto idiota.
Sí, definitivamente Sue iba a ser mi muerte. Pero joder, qué forma más dulce de morir.
Abrí una cerveza para distraerme y terminé de sacar la cena sobre la encimera justo cuando la puerta del baño volvió a abrirse.
Y joder.
La camiseta negra le quedaba gigantesca.
Le caía por un hombro, le cubría medio muslo y la hacía parecer todavía más pequeña, más suave y muchísimo más peligrosamente adorable.
Además, se había recogido el pelo en un moño despeinado del que escapaban algunos mechones rebeldes, y su rostro se veía relajado por primera vez desde que había llegado.
Aquella imagen me golpeó directamente en el pecho.
Y encima saber que no llevaba sujetador debajo no ayudaba precisamente a mantener la cabeza fría. Ni la cabeza ni absolutamente nada más.
Sue bajó la mirada hacia sí misma y luego volvió a levantarla hacia mí, con una pequeña sonrisa.
—Vale. Esto es muchísimo mejor.
Tuve que aclararme ligeramente la garganta antes de poder responder.
—Sí. Definitivamente.
Sus mejillas se tiñeron de rosa mientras caminaba descalza hasta el sofá. Y verla así en mi apartamento empezaba a parecerse de manera peligrosa a una escena doméstica que jamás había imaginado vivir. Algo que hasta ahora ni siquiera sabía que quería.