8
Sue
Había acompañado a Bella a buscar vestidos de novia junto con su cuñada Liza, que también estaba a punto de dar el «sí, quiero», y Genny, que se había unido al plan en busca de diversión.
La tienda nos había preparado una sala privada con dos probadores amplios y un sofá comodísimo, donde Genny y yo nos habíamos acomodado con lujo, delante de una mesa baja repleta de macarons, mini cupcakes y chocolatinas artesanales que eran puro pecado.
Aunque socializar con gente nueva nunca se me había dado especialmente bien, ellas lo ponían todo más fácil. O quizá el azúcar ayudaba, no lo sé.
—Creo que me quedo con este vestido corte sirena —anunció Bella saliendo del probador, mirándose emocionada en el espejo mientras se ajustaba el escote—.
Definitivamente, paso de volver a parecer una magdalena rellena.
Ya tuve bastante con el desastre de la casi-boda con Viktor.
—Su expresión se ensombreció por un instante, pero enseguida recuperó esa sonrisa suya, luminosa y contagiosa—.
Además, creo que con Brody mi cuento es más como el de La Sirenita, ¿no?
Después de tanto tiempo sin poder hablar, llegó él y me devolvió la voz que me habían arrebatado mi propia familia y ese capullo mafioso con el que pretendían casarme. Menuda historia de terror.
Todas asentimos a la vez.
—Ya que estamos comparando nuestras historias de amor con cuentos —Liza se acomodó el cabello, jugueteando divertida con el borde del precioso vestido entallado que llevaba puesto—, la mía es totalmente Cenicienta: la chica que limpiaba un castillo escocés en pleno Manhattan y terminó con el príncipe más sexy de las Highlands.
Una carcajada se propagó por la sala.
—Pues yo me veo claramente en la historia de La princesa y el sapo —dijo Genny, acomodándose en el sofá con una sonrisa traviesa—. Me ha tocado besar al sapo gruñón hasta que al fin se convirtió en príncipe encantador. Y creedme, chicas, no fue fácil. Nada fácil.
Volvimos a reírnos, animadas y relajadas. Aproveché para coger un macaron, deslizando discretamente la lengua por la crema, saboreando esa delicia dulce justo cuando sentí todas las miradas posadas sobre mí.
—¿Y tú? —Genny me miró levantando una ceja curiosa—. ¿También tienes príncipe azul?
Negué al instante, quizá demasiado rápido, porque Bella me lanzó una mirada maliciosa, adelantándose antes de que pudiera defenderme.
—Claro que lo tiene —sentenció, sin borrar esa sonrisa traviesa de su rostro—. Su cuento es como La Bella Durmiente. El príncipe llega para despertarla después de años de letargo... sexual, concretamente. Digamos que su versión es algo más subida de tono.
Mis mejillas ardieron mientras todas explotaban en carcajadas.
—Eso sí suena interesante —comentó Liza, entusiasmada—. ¿Y quién es el príncipe encantador exactamente?
—Bella… —la advertí, lanzándole una mirada asesina, pero ya era tarde.
Mi amiga se encogió de hombros con absoluta inocencia.
—Nada menos que nuestro querido cuñado soltero y rompebragas profesional: Liam McRae.
Liza y Genny gritaron al unísono, justo cuando la dependienta entró en la sala, mirándonos entre sorprendida y divertida.
—¿Necesitáis ayuda con algo más?
Todas intercambiamos una rápida mirada antes de responder al mismo tiempo:
—Un segundo, por favor.
—Vale, ahora mismo necesito saber absolutamente todo —dijo Genny, girándose hacia mí—. ¿Estás saliendo con Liam McRae?
—¿Qué? ¡Joder, claro que no! Nadie sale con Liam McRae —me defendí rápidamente, notando cómo mis mejillas empezaban a calentarse.
Genny arqueó una ceja con expresión escéptica.
—Me rectifico: ¿te lo estás tirando?
—Bueno… —Maldije mentalmente a Bella y la fulminé con una mirada asesina por haberme puesto en este aprieto—. No exactamente. Solo estamos… experimentando. Bueno, a decir verdad, la que experimenta soy yo. Él tiene más que suficiente experiencia acumulada, considerando su largo historial.
—Cielo, será mejor que empieces desde el principio —dijo Liza, acomodándose con entusiasmo junto a Bella en el sofá, como si estuvieran a punto de ver su serie favorita—, porque esto huele a chisme del bueno, y yo adoro los chismes.
Las dos se sirvieron champán y cogieron macarons, mirándome expectantes, mientras Genny, que ya estaba cómodamente instalada a mi lado, se giraba hacia mí con total atención.
Así que lo conté todo. Absolutamente todo. Y cuando terminé, las tres me miraban con los ojos abiertos como platos. Incluso Bella, a pesar de que ya había escuchado toda la historia por audios la noche anterior.
—A ver, espera un segundo —dijo Genny, dejando dramáticamente el macaron a medio morder sobre la mesa—. ¿Me estás diciendo que Liam se dio cuenta de que estabas incómoda, frenó sin hacerte sentir culpable y luego se quedó contigo viendo series y charlando como si nada, sin montar ningún drama?
Asentí, mordiéndome el labio inferior mientras Liza añadía con incredulidad teatral:
—¿O sea que Liam McRae, el mujeriego oficial de Manhattan, también tiene responsabilidad afectiva?
—Eso parece —admití, encogiéndome ligeramente de hombros, con las mejillas aún ardiendo.
—Quizá deberíamos haber reservado la sala para tres vestidos —comentó Genny, con una risita traviesa—. Porque, sinceramente, tiene toda la pinta de que en lugar de dos bodas vamos a acabar teniendo tres.
Las chicas rieron a carcajadas y yo sentí que el calor de mis mejillas subía aún más.
—Nada de eso —protesté, intentando sonar convincente—. Ya os lo he contado. Liam solo me está ayudando a superar mi trauma con los besos, el sexo y todo eso. No hay nada más.
—Cariño, cuando un tío como Liam McRae se ofrece voluntariamente para ayudarte con besos y sexo, créeme que siempre hay algo más —dijo Bella, mirándome—. ¿Por qué molestarse en dedicar tanto esfuerzo contigo, pudiendo conseguir sexo fácil en cualquier otro sitio?
—Exactamente —apuntó Liza, asintiendo como si la teoría tuviera todo el sentido del mundo—. Ese hombre puede tener a cualquier mujer que quiera con solo chasquear los dedos. Si se toma tantas molestias contigo, preciosa, créeme que ahí hay algo más que simple filantropía sexual.
Me hundí en el sofá.
—A lo mejor simplemente está aburrido de lo fácil —comenté con un suspiro, encogiéndome de hombros—. Ya sabéis, el típico capricho masculino cuando se cansan de las conquistas demasiado sencillas.
Bella negó con la cabeza y me señaló con un macaron antes de darle un mordisquito.
—Créeme, Liam no es de los que se complican la vida por puro aburrimiento. No me cuadra nada con él. Es demasiado directo, demasiado práctico.
—Exacto —intervino Liza—. Además, los McRae tienen fama de ir a por lo que quieren. Si Liam se esfuerza tanto contigo, cielo, es porque definitivamente quiere algo más. Algo mucho más serio que un simple rollo para entretenerse.
Un silencio cargado de expectativa flotó en el aire, hasta que Genny lo rompió con una sonrisa pícara:
—¿Y cuándo vais a volver a veros?
—Esta noche.
En cuanto lo dije, sentí un cosquilleo ridículo en el estómago.
Maldita sea.
Las tres aplaudieron emocionadas, como si acabaran de descubrir que les tocaba la lotería.
Decidí cortar aquello de raíz antes de que su fantasía colectiva se les fuera definitivamente de las manos.
—Lo mío con Liam es un medio para un fin. Nada más —insistí firmemente—. Además, recordad que aquí las protagonistas sois vosotras dos, que os vais a casar. Yo, de momento, solo estoy tratando de que mi vida sexual resucite antes de que acabe enterrada para siempre.
Con mis palabras conseguí que la conversación tomara otro rumbo, y en cuestión de segundos, ya no se hablaba ni de mí ni de Liam, ni de si el hermano mujeriego de los McRae se había transformado en alguien con responsabilidad afectiva.
Ahora, todo eran tartas de boda, invitaciones elegantes con letras doradas, y arcos cubiertos de flores blancas para jardines perfectamente decorados.
Poco a poco, mi mente fue desconectando, incapaz de mantenerme atenta a todos esos detalles que, sinceramente, me importaban más bien poco.
Solo una pregunta seguía repitiéndose en mi cabeza una y otra vez, haciéndome sentir una mezcla rara de ilusión y vértigo: ¿tan extraño era que Liam estuviera haciendo todo eso por mí?
Ignoré las malditas mariposas revoloteando en mi estómago y respiré profundamente, tratando de convencerme a mí misma.
Liam y yo teníamos un acuerdo. Ayudarme con el sexo. Nada más. No debía permitirme crear expectativas absurdas, ni esperar algo que claramente no era posible.
Simplemente tenía que centrarme en el hecho de que un hombre increíblemente atractivo estaba dispuesto a ayudarme a superar mi trauma. Punto.
Y eso debería ser más que suficiente.