Liam, millonario y seductor (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 4) 5
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Sue

No sabía qué ponerme.

Llevaba exactamente treinta y siete minutos entrando y saliendo del dormitorio con conjuntos distintos mientras mi apartamento empezaba a parecer el escenario de un atentado textil.

Vestido negro: demasiado intenso.

Vaqueros y jersey: demasiado informal.

Falda: demasiado evidente.

Pijama de franela y renunciar al amor para siempre: tentador.

Gemí por lo bajo y me dejé caer de espaldas sobre la cama, mirando el techo.

¿Qué demonios se suponía que debía ponerse una mujer para recibir a su supuesto profesor sexual en casa?

Justo entonces el móvil vibró sobre la colcha.

BELLA

¿Ya ha llegado?

SUE

NO Y CREO QUE VOY A MORIR. Uy. Perdón las mayúsculas.

BELLA

Ponte algo bonito y deja de hiperventilar.

Muy fácil decirlo cuando una no estaba esperando a Liam McRae en su salón.

Porque no era solo que fuera atractivo.

Era absurdamente atractivo. Peligrosamente atractivo. Y, además, tenía esa seguridad relajada que conseguía que cualquier cosa que saliera de su boca sonara sexy, aunque estuviera hablando del tiempo o de whisky escocés.

Me incorporé de golpe al mirar la hora otra vez.

Mierda.

Vale. Decisión final.

Abrí el armario y saqué un vestido corto color crema, de punto suave, que se ajustaba lo suficiente para favorecerme sin dar la impresión de que estaba intentando seducir a nadie de forma agresiva.

O eso esperaba. Me dejé el pelo suelto, ligeramente ondulado, y me puse un poco de perfume mientras intentaba ignorar lo mucho que me temblaban las manos.

Después recorrí el apartamento con una alarma repentina latiéndome en la cabeza.

¿Siempre había tantas plantas?

Sí. Claramente sí.

Mi salón parecía una mezcla entre piso acogedor y selva tropical. Había velas sobre la mesa baja, libros apilados junto al sofá, mantas suaves y plantas prácticamente en cada esquina disponible. La luz cálida de las lámparas hacía que todo se viera íntimo.

Demasiado íntimo.

Oh, Dios mío.

¿Y si Liam pensaba que aquello estaba preparado a propósito?

¿Y si creía que esperaba sexo directamente?

¿Y si esperaba sexo directamente?

Mi cerebro empezó a incendiarse otra vez justo cuando sonó el timbre.

Me quedé congelada en mitad del salón.

El corazón me golpeó las costillas con una fuerza salvaje.

Había llegado.

Vale. Respira.

Era Liam. Solo Liam. No un asesino. No un examen final. No una intervención policial. Aunque, sinceramente, me ponía más nerviosa que las tres cosas juntas.

Caminé hacia la puerta intentando no parecer una persona completamente desequilibrada y abrí.

Aquello no ayudó en absoluto a mi estabilidad emocional.

Liam estaba apoyado con total tranquilidad en el marco, con una bolsa de comida en una mano y esa sonrisa peligrosa en la boca.

Vaqueros oscuros. Jersey negro ajustado. Pelo ligeramente despeinado. Y un olor limpio y masculino que me golpeó en cuanto entró con él el aire frío de la calle.

Madre mía.

—Hola, rubia.

Mi cerebro dejó de funcionar aproximadamente en ese instante.

Porque Liam McRae no tenía ningún derecho a aparecer así en la puerta de mi casa como si hubiera salido directamente de una fantasía femenina escrita por una autora con problemas de autocontrol. Y, para colmo, sonreía.

Eso era lo peor.

Esa sonrisa relajada y segura por la que daba ganas de tomar decisiones cuestionables.

—Hola —conseguí responder al fin.

Demasiado agudo. Perfecto.

Liam levantó ligeramente la bolsa.

—He traído comida. Me pareció cruel empezar tus clases prácticas sin alimentarte antes.

Se me escapó una risa nerviosa mientras me apartaba para dejarlo entrar.

—Eso ha sonado muchísimo peor de lo que probablemente pretendías.

—No. Ha sonado exactamente como pretendía.

Madre mía.

Cerré la puerta detrás de él intentando ignorar cómo el apartamento parecía haberse vuelto mucho más pequeño desde que Liam había puesto un pie dentro.

Él miró alrededor con curiosidad.

—Vale… eh… este es mi salón.

Dios.

Acababa de presentarle el salón de mi casa como si estuviera enseñando un piso piloto.

A Liam no parecía preocuparle demasiado mi pérdida progresiva de dignidad. Dejó la bolsa sobre la encimera de la cocina americana y siguió observándolo todo.

—Me gusta.

Yo también miré automáticamente el apartamento como si lo viera por primera vez.

Las plantas.

Las mantas.

Las velas.

Los libros.

Las plantas otra vez.

Había demasiadas plantas.

—Sí, bueno… quizá tengo un pequeño problema botánico.

Liam soltó una risa baja mientras se acercaba a una monstera enorme junto a la ventana.

—¿Pequeño?

—Vale. Quizá mediano.

—Rubia, creo que he visto menos vegetación en algunos documentales del Amazonas.

Gemí por lo bajo y me crucé de brazos.

—No hace falta que me juzgues tan rápido.

—No te juzgo. Me parece adorable.

Siguió observando el apartamento mientras yo lo seguía a dos pasos de distancia, completamente incapaz de comportarme como una persona normal.

—Esta es la cocina —dije, señalándola innecesariamente—. Y ahí está el balcón. Bueno, técnicamente es muy pequeño, pero tengo plantas aromáticas y… Dios mío, te estoy enseñando mi piso como si fueras un inspector inmobiliario.

Liam empezó a reírse.

Y joder. Hasta eso le quedaba bien.

—Relájate un poco, Sue.

—Lo intento.

—No lo parece.

Le lancé una mirada mientras él seguía sonriendo con toda tranquilidad. Y eso lo empeoraba todavía más, porque cuanto más relajado estaba él, más evidente se volvía mi nerviosismo.

Aun así, lo llevé hacia el balcón y abrí la puerta de cristal. El aire fresco de Manhattan entró enseguida en el salón.

—Aquí tengo lavanda, hierbabuena, tomillo y… bueno… más cosas.

Perfecto.

Qué descripción tan profesional.

Liam se apoyó ligeramente en el marco mientras observaba las plantas y yo seguía hablando por puro nerviosismo.

—La de ahí casi se muere en verano porque me obsesioné demasiado con el drenaje, y esta otra tiene hongos desde hace semanas, pero Margaret dice que probablemente sobreviva, aunque sinceramente no estoy segura y…

Me callé de golpe.

Porque Liam acababa de volver la cabeza hacia mí lentamente.

Con esa sonrisa otra vez.

Y esos ojos claros completamente fijos en mi cara.

Ah.

Mierda.

Estaba hablando demasiado.

Noté el calor subiéndoseme a las mejillas.

—Lo siento. Cuando me pongo nerviosa hablo muchísimo y…

Liam dio un paso hacia mí.

Solo uno.

Pero bastó para que mi cerebro volviera a entrar en combustión.

—Me gusta escucharte.

De pronto, me entraron ganas de seguir hablando solo para que siguiera mirándome así.

Necesitaba tranquilizarme urgentemente.

Liam se apartó un poco del balcón y señaló la bolsa que había dejado en la cocina.

—¿Por qué no comemos primero lo que he traído antes de empezar?

El pánico me atravesó al instante.

¿Antes de empezar?

Me abracé un poco a mí misma.

—Quizá sería mejor hacerlo ya.

Liam frunció ligeramente el ceño.

—¿Hacer qué exactamente?

Tragué saliva.

—Pues… esto. Lo que sea que vayamos a hacer. Sería como arrancarse una tirita, ¿no? Rápido y ya está.

Liam me observó unos segundos sin decir nada y luego negó suavemente con la cabeza.

—No, rubia. No quiero hacerlo así. No quiero que estés aquí sufriendo como si fueras a una ejecución pública. Y tampoco quiero que pienses en esto como una tirita que hay que arrancar rápido. Sue, no se trata de hacer algo y ya está. Se supone que esto tiene que gustarte.

Bajé la vista de inmediato, avergonzada.

—Vale.

Liam sonrió un poco.

—Además, estoy empezando a sospechar que, si te beso ahora mismo, te va a dar un infarto.

Se me escapó una sonrisa.

—No descartaría esa posibilidad.

—Perfecto. Entonces primero cenamos. Luego ya veremos si sobrevives al resto de la noche.