4
Liam
—Os lo juro, Regaliz sabe abrir cualquier armario con comida. Cualquiera —insistió mi cuñada Bella.
—Eso no demuestra que sea inteligente —replicó Connor—. Explica por qué está gordo.
—No está gordo. Tiene presencia.
Todos nos reímos mientras Bella defendía a su gato con la misma pasión con la que otras personas defendían a sus hijos.
—Definitivamente el refugio perdió al próximo Einstein felino —comentó Genny.
Estábamos en The Highland Stag, una taberna escocesa a cinco minutos del castillo. Madera oscura, chimenea encendida y olor constante a whisky, cerveza negra y turba quemada.
Desde que mis hermanos se habían enamorado, las reuniones familiares se habían vuelto bastante más entretenidas.
Ewan estaba con Genny, con quien se había casado apenas unos meses antes.
Connor con Liza, que trabajaba en Dunbrae y era una de las pocas personas capaces de soportarlo durante más de ocho horas seguidas.
Y Brody con Bella, cuya llegada a nuestras vidas había incluido una cantidad francamente preocupante de mafiosos, amenazas y situaciones potencialmente mortales.
Milagrosamente, todos habíamos sobrevivido.
—Yo solo digo que ningún gato normal sabe abrir tres armarios distintos y una puerta corredera.
—Bella se queda corta —dijo Brody—. Estoy convencido de que, si tuviera pulgares, ya habría pedido una hipoteca.
Volvimos a reír y, justo cuando el camarero nos servía otra ronda de cervezas, Connor dejó la pinta sobre la mesa y pasó un brazo alrededor de Liza.
—Tenemos algo que anunciar.
Vi cómo Brody se tensaba al instante.
—Ah, no, no. De eso nada. Nosotros tenemos algo que anunciar.
Y, antes de que nadie pudiera reaccionar, agarró la mano de Bella.
Connor lo señaló.
—Ni se te ocurra.
—¿De qué hablas, imbécil?
—De que, si es lo que creo que es, no vas a robarnos el momento.
—¿Robaros el momento? —repitió Brody, indignado—. ¿Quién ha dicho que el momento era vuestro?
—Ay, Dios mío... —murmuró Genny, llevándose una mano a la frente.
—Un momento. —intervino Ewan con la paciencia de un hombre que llevaba toda la vida mediando entre nosotros—. ¿Me estáis diciendo que os habéis prometido los dos el mismo día?
Brody y Connor se miraron.
Bella y Liza también.
Y entonces lo entendí.
—Oh, joder.
Como si hubieran ensayado la escena durante semanas, ambas levantaron la mano izquierda al mismo tiempo y enseñaron los anillos.
—¡Nos vamos a casar! —exclamaron las dos a la vez.
Se abrazaron al instante, dando saltitos como dos adolescentes incapaces de contener la emoción.
Genny se unió al abrazo colectivo sin la menor dignidad.
—¡Me niego a llorar! ¡Me niego a llorar!
Ya estaba llorando.
***
Cuando salimos de The Highland Stag ya era tarde y Manhattan estaba cubierta de ese frío húmedo típico de finales de otoño.
Regresamos al castillo juntos, calle arriba, entre risas, empujones y conversaciones cruzadas.
Connor y Brody seguían discutiendo sobre quién le había robado el momento a quién.
Genny iba agarrada del brazo de Ewan mientras hablaba emocionadísima sobre vestidos y flores con Liza.
Y Bella, terminó quedándose un poco rezagada conmigo.
La vi sonreír mientras se ajustaba mejor el abrigo.
—No puedo creer que Liza y yo nos hayamos prometido prácticamente al mismo tiempo.
Solté una risa.
—Ha sido un poco inquietante, la verdad.
Bella se echó a reír.
—Lo sé.
—Pero también bastante divertido. Me alegro por vosotros.
Su sonrisa se suavizó.
—Gracias, Liam.
Y entonces me miró.
Ah.
Conocía esa mirada.
—¿Qué? —pregunté con desconfianza.
—Tenemos que hablar de Sue —dijo con toda tranquilidad—. Voy a ponerme en modo mejor amiga protectora durante un momento.
—Eso suena amenazante.
—Porque lo es un poco.
La miré de reojo mientras seguíamos caminando despacio. Ella guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Conocí a Sue en un taller que impartía en el Jardín Botánico.
Yo estaba pasando una mala época y ella fue una de las personas que me ayudó a atravesarla.
Supongo que por eso le tengo tanto cariño.
Es una de las mejores personas que conozco, Liam.
Generosa, leal y de las que siempre ponen a los demás por delante.
La quiero muchísimo. Y me contó lo que os habéis propuesto.
Y aunque una parte de mí siente que debería escandalizarse un poco… la verdad es que la animé.
La miré.
—¿La animaste?
Bella sonrió.
—Porque estoy convencida de que, en cuanto gane un poco de confianza, Sue va a ser imparable. Pero también te conozco a ti, Liam.
Solté una risa.
—Qué miedo me da esa frase cada vez que sale de la boca de una mujer.
—Y sé perfectamente el historial que tienes con las mujeres. No digo que seas mala persona, porque no lo eres. Pero Sue no está hecha para ciertos juegos.
Puse cara de ofendido.
—Vaya. Qué bonito. Gracias por la confianza.
Bella ni siquiera parpadeó.
—Así que, como le hagas daño… —añadió, señalándome con un dedo— o le pegues alguna ETS rara de playboy millonario promiscuo, te mato yo misma.
Se me escapó una carcajada.
—¿Alguna ETS rara de playboy millonario?
Bella puso los ojos en blanco.
—No te rías. Cometí el error de abrir un artículo médico a las dos de la mañana y acabé en una espiral muy oscura.
—Estoy limpio, gracias por preocuparte tanto por mis genitales.
—Liam.
Sonreí un poco, pero la verdad era que entendía perfectamente lo que estaba diciéndome. Y también entendía por qué.
—Tranquila. No quiero hacerle daño.
Bella me sostuvo la mirada unos segundos más, como si estuviera intentando decidir si creerme o no.
—Voy a darte el beneficio de la duda.
—Vaya. Qué honor.
—No te emociones. Sigue siendo una prueba.
Cuando llegamos a Dunbrae, el castillo brillaba contra la noche como si perteneciera a otro siglo.
Entramos todavía entre risas. Genny seguía hablando de flores, Bella y Liza comparaban anillos por quinta vez y Connor y Brody continuaban discutiendo sobre quién le había robado el momento a quién.
Poco a poco, las puertas fueron cerrándose.
Connor y Liza.
Brody y Bella.
Ewan y Genny.
Todos felices. Todos enamorados hasta las trancas.
Y fue entonces cuando pensé en Sue.
Joder.
Últimamente pensaba demasiado en ella.
Entré en mi apartamento y me serví un whisky.
¿Y si aquello no era tan inocente como había creído al principio?
Sue no parecía una mujer hecha para algo casual.
Y yo tampoco estaba acostumbrado a darle tantas vueltas a una mujer a la que apenas conocía.
Cogí el móvil.
Habían pasado cinco días desde nuestro encuentro y aún no me había escrito.
Entonces, como un capricho del destino, la pantalla se iluminó.
Un mensaje nuevo.
SUE
Creo que estoy lista para empezar esas clases.
Me quedé mirando la pantalla unos segundos y acabé soltando una risa.
Madre mía.
No tenía que sobrepensarlo todo. Solo iba a ayudarla.
Ella aprendería a desenvolverse mejor en las citas, yo haría una buena obra y todos saldríamos ganando.
Era un plan perfectamente razonable.
Y yo era un imbécil por creérmelo.