Liam, millonario y seductor (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 4) 3
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Sue

—¿Cinco formas de parecer más segura en la cama? —preguntó una voz detrás de mí—. Cariño, si sigues leyendo esas cosas, vas a acabar haciendo el pino puente desnuda encima de un hombre.

Di un respingo tan fuerte que casi lancé el móvil directamente al estanque de nenúfares.

—¡Dios mío, Margaret!

Me giré de golpe, llevándome una mano al pecho, mientras ella soltaba una carcajada tranquila y seguía regando unas plantas como si no acabara de provocarme un infarto.

Estábamos en la zona tropical del Jardín Botánico de Brooklyn, rodeadas de vegetación exuberante, tierra húmeda y turistas que avanzaban despacio haciendo fotos a absolutamente todo. El aire cálido del invernadero se pegaba a la piel y olía a hojas mojadas, flores y fertilizante.

Margaret Whitmore era compañera mía en el trabajo. Y tenía sesenta y dos años, una melena corta completamente plateada, gafas redondas y la capacidad sobrenatural de aparecer siempre en el peor momento posible.

O en el más humillante.

—Algún día vas a matarme del susto —murmuré, guardándome el móvil a toda velocidad en el bolsillo del delantal verde del Jardín Botánico.

Ella arqueó una ceja mientras me observaba por encima de las gafas.

—Lo intentaré evitar. Aunque reconozco que tu cara ha sido maravillosa.

Resoplé, intentando recuperar algo de dignidad mientras seguía revisando unas macetas junto al sendero principal.

El sol de la mañana atravesaba las enormes cristaleras del invernadero y todo parecía demasiado tranquilo para la clase de pensamientos que me perseguían desde hacía unos días.

Porque sí.

Seguía pensando en Liam McRae.

Muchísimo.

Demasiado.

Y seguía sin entender cómo demonios había acabado aceptando su proposición de convertirse en mi profesor sexual.

Margaret dejó la regadera a un lado y me observó con curiosidad.

—Llevas unos días con cara de mujer sexualmente confundida y necesito saber por qué.

La miré horrorizada.

—¿Tengo cara de eso?

—Muchísima.

Gemí por lo bajo.

Perfecto. Fantástico. Exactamente lo que necesitaba oír un martes a las nueve de la mañana.

Margaret y yo teníamos una relación un poco extraña.

Muy extraña.

Sí, técnicamente resultaba raro que una de mis mejores amigas fuera una mujer de más de sesenta años. Pero Margaret me entendía. De verdad. Y eso era bastante poco común en mi vida.

Ella y Bella eran prácticamente las únicas personas con las que nunca sentía que fingía ser otra persona. Con ellas podía ser simplemente yo.

Aunque ese yo incluyera buscar consejos sexuales en Google como una adolescente desesperada.

—Querida, ¿vas a contarme qué pasa o vas a dejar que lo adivine yo sola?

Suspiré.

—¿Recuerdas la cita que tenía con el tío ese de la app? Pues fue un desastre absoluto. No se parecía a las fotos, hablaba como si estuviera dando una conferencia sobre sí mismo y creo que llamó «intensas» a todas sus exnovias.

Margaret hizo una mueca de horror.

—Uf. Red flag andante.

—Exactamente. Y entonces apareció uno de los hermanos del novio de Bella en el pub, me ayudó a quitármelo de encima y…

no sé. Empezamos a hablar, a reírnos, y acabé contándole demasiadas cosas.

Le expliqué que me había descargado la app porque quería practicar un poco antes de conocer al hombre adecuado.

Ya sabes… dejar de ponerme nerviosa, sentirme menos torpe y todo eso.

Y entonces él me dijo que quizá debería ayudarme alguien con experiencia. Alguien… como él.

Margaret se quedó completamente quieta.

—Sue Graham, ¿ese hombre se ha ofrecido voluntario para ser tu profesor sexual?

Me tapé media cara con una mano.

—Y lo peor es que acepté.

Margaret soltó una carcajada tan fuerte que una pareja de turistas volvió la cabeza hacia nosotras.

—Perdón —dijo, todavía riéndose—, pero esto es maravilloso.

—No es maravilloso. Es potencialmente humillante. —Gemí por lo bajo mientras arrancaba otra hoja seca de una planta cercana—. No sé qué estoy haciendo.

—Pues empezar a vivir un poco, espero. —Negó lentamente con la cabeza—. Y deja ya de leer artículos absurdos en internet. Te están friendo el cerebro.

—Solo intentaba buscar consejos normales.

—¿Consejos normales? Cariño, internet está lleno de hombres explicando sexo como si estuvieran montando un mueble de Ikea.

No pude evitar reírme.

Entonces Margaret rebuscó debajo de una mesa auxiliar llena de herramientas y sacó algo escondido dentro de una funda marrón arrugada.

Fruncí el ceño.

—¿Qué es eso?

—Algo bastante más útil que tus artículos ridículos.

Me lo tendió.

La funda se abrió un poco al cogerla y vi durante un segundo la portada: un hombre medio desnudo, mojado, con abdominales absurdos y una mujer agarrándole la camisa abierta como si estuviera a punto de desmayarse de deseo.

Parpadeé varias veces.

—Margaret… ¿es una novela erótica?

—Claro que es una novela erótica.

La portada volvió a quedar oculta dentro de la funda marrón, como si estuviera traficando material ilegal en pleno Jardín Botánico.

—No puedo creerme que escondas porno literario entre fertilizante y tijeras de podar.

—Los turistas son muy cotillas. Además, Harold y yo llevamos años usando estas novelas para mantener viva la chispa.

La miré horrorizada.

—¿Necesitaba saber eso?

—Por supuesto. La gente mayor también folla, Sue. Superadlo de una vez las nuevas generaciones.

Me eché a reír mientras ella volvía a colocarme el libro entre las manos.

—Léelo. Y deja de buscar consejos escritos por gente aburrida. Créeme, aquí aprenderás muchísimo más.

Negué con la cabeza, todavía riéndome un poco mientras contemplaba la funda marrón.

—No puedo creerme que esta conversación esté ocurriendo de verdad.

Margaret sonrió.

—Sue, cariño, llevas demasiados años escondiéndote. Eres joven, eres preciosa y eres muchísimo más interesante de lo que tú misma te permites creer. Ya va siendo hora de que vivas un poco, en lugar de esconderte entre plantas como llevas haciendo toda la vida.

Sentí un pequeño nudo en el pecho.

Margaret suspiró con suavidad antes de volver a coger la regadera.

—No te estoy diciendo que te vuelvas loca ni que tomes decisiones estúpidas. Solo que quizá deberías dejar de tenerle tanto miedo a las cosas buenas cuando aparecen.

Bajé la vista hacia el libro.

Luego volví a mirarla a ella.

¿Y si era cierto? ¿Y si llevaba demasiado tiempo escondiéndome demasiado?

***

Cuando llegué a casa ya estaba anocheciendo.

Mi apartamento era pequeño, acogedor y estaba lleno de plantas hasta un punto que probablemente rozaba lo preocupante.

Había macetas junto a las ventanas, en las estanterías, encima de los muebles y hasta colgando cerca de la cocina.

Pero mi rincón favorito seguía siendo el balcón minúsculo que daba a la calle.

Salí allí descalza después de ducharme, con el pelo todavía húmedo y una sudadera enorme. A lo lejos, Manhattan empezaba a encenderse y la noche caía despacio.

Mis plantas ocupaban casi todo el espacio.

Lavanda. Hierbabuena. Tomillo. Unas cuantas flores pequeñas. Y varias macetas que Bella insistía en llamar mi jungla personal.

Se me escapó una sonrisa al pensar en ella.

La tarde anterior también había intentado animarme cuando le conté lo de Liam.

Bueno.

Animarme era una forma bastante elegante de decirlo.

Bella prácticamente había rebotado en la silla mientras me hacía preguntas indecentes.

Apoyé los brazos en la barandilla y solté el aire lentamente.

Al cabo de unos minutos regresé al salón.

Entonces vi el libro escondido dentro de la funda marrón sobre la mesita de madera. Y, junto a él, el papelito que había estado intentando ignorar desde hacía días.

El número de Liam.

Me lo había dado antes de irnos del pub, escribiéndolo en una servilleta.

—Mándame un mensaje cuando quieras empezar las clases, rubia.

Solo recordarlo me recorrió un calor brusco por todo el cuerpo: por el cuello, por el pecho, por el estómago.

Gemí por lo bajo y me tapé la cara con las manos un segundo.

Madre mía.

¿Qué demonios estaba haciendo?

Porque aquello era una locura.

Una locura de las buenas, sí.

Pero una locura al fin y al cabo.

Y aun así no podía dejar de pensar en él. En su sonrisa. En su forma de mirarme. En lo ridículamente fácil que había sido hablar con él. En esa sensación cálida y rara que me había dejado en el pecho al despedirse, como si me hubiera movido algo por dentro que llevaba demasiado tiempo quieto.

Margaret tenía razón.

Llevaba años escondiéndome. Siempre asustada. Siempre pensándolo todo demasiado. Siempre frenándome antes incluso de intentar nada. Siempre buscando la forma de pasar desapercibida.

Y estaba cansada.

Muy cansada.

Y no quería seguir teniendo miedo.

No quería seguir siendo esa versión de mí misma que se echaba atrás antes de empezar a vivir de verdad.

Quizá necesitaba justamente eso.

Un poco de caos.

Un poco de deseo.

Un poco de Liam McRae.

Me quedé mirando la servilleta unos segundos más.

Luego cogí el móvil.

En cuanto abrí una conversación nueva y pegué su número, el corazón empezó a golpearme con fuerza contra las costillas.

Vale.

Respira.

Era solo un mensaje.

Un mensaje normal.

Un mensaje que, por supuesto, no iba a cambiarme la vida ni a desatar absolutamente nada.

Mis dedos se quedaron suspendidos sobre la pantalla.

Y después escribí.