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Liam
Tenía una reunión cerca y había entrado en el pub para tomar algo antes de volver a casa.
Una cerveza rápida.
Pero la rubia de la mesa del fondo llevaba rato llamándome la atención.
Como alguien que lleva años dedicándose al marketing y las relaciones públicas, detectar tensión social a diez metros de distancia formaba prácticamente parte de mi trabajo. Y aquella mesa desprendía incomodidad por todos lados.
Di otro trago a mi cerveza mientras observaba la escena desde la barra.
El tipo con el que estaba era de esa clase de idiotas convencidos de ser muchísimo más interesantes de lo que realmente son.
Se les nota enseguida: en la postura, en el volumen de la voz, en la manera de mover las manos como si estuvieran dando una conferencia trascendental cuando probablemente solo están soltando gilipolleces sobre cualquier cosa.
Y la rubia…
Joder, la rubia.
La rubia estaba buenísima.
No había forma elegante de decirlo.
Tenía el pelo largo y dorado cayéndole sobre los hombros en ondas suaves, la piel clara y unos ojos enormes que incluso desde lejos transmitían una mezcla rarísima de dulzura y ansiedad.
Vestido negro sencillo. Botas altas. Nada exagerado. Nada llamativo.
Y aun así me había fijado en ella prácticamente desde que entró en el pub.
Porque destacaba.
No como esas mujeres que entran buscando atención. Al contrario. Parecía el tipo de mujer que intentaría pasar desapercibida sin darse cuenta de que eso, en su caso, era completamente imposible.
La vi sujetar la cerveza con ambas manos mientras el imbécil de su cita seguía hablando sin parar. Ella asentía de vez en cuando y sonreía por pura educación, pero tenía la expresión que pone la gente cuando está imaginando formas legales de escapar por la ventana del baño.
Solté una risa por lo bajo.
Pobre chica.
Entonces levantó la vista.
Y nuestros ojos se cruzaron.
Solo fue un segundo, pero bastó para que sintiera ese pequeño clic mental de: «Espera… yo a esta chica la conozco».
Fruncí ligeramente el ceño mientras intentaba ubicarla. Porque me sonaba muchísimo. Tenía la sensación de haberla visto antes en algún sitio.
Ella apartó la vista enseguida, y yo seguí dándole vueltas.
¿De qué coño la conocía?
La duda me duró exactamente treinta segundos.
Porque, de pronto, la rubia le soltó algo rápido a su acompañante, se levantó de la mesa y empezó a caminar directamente hacia mí.
De cerca era todavía más guapa.
—Hola —dijo con una sonrisa nerviosa—. Sé que esto va a sonar rarísimo, pero… ¿te importaría ayudarme un segundo?
Entonces la reconocí.
—Espera. Tú eres amiga de Bella.
Asintió.
—Sí. Me llamo Sue. Nos hemos visto varias veces en Dunbrae, aunque no nos han presentado formalmente.
De eso me sonaba.
Bella la había llevado varias veces al castillo desde que ella y Brody estaban juntos.
Porque sí, yo vivía en un castillo escocés gigantesco plantado en mitad de Manhattan junto al resto de mis hermanos.
El sitio funcionaba como destilería de whisky de lujo que mis hermanos y yo gestionábamos juntos.
Mi hermano Ewan era el director general.
Connor se encargaba de Operaciones. Brody de las finanzas. Y yo de marketing y expansión.
El caso es que Bella pasaba prácticamente más tiempo en Dunbrae que en su apartamento desde que mi hermano se había enamorado hasta las trancas de ella.
Sue soltó aire al notar que por fin la había reconocido. Miró discretamente hacia la mesa del fondo y volvió a acercarse un poco más, bajando la voz.
—Necesito pedirte un favor enorme.
Alcé una ceja, divertido.
—¿Qué tipo de favor?
Hizo una pequeña mueca de vergüenza.
—Mi cita es horrible. En serio, horrible de verdad. Lleva media hora hablando de criptomonedas, de lo listo que es y de que todas sus exnovias estaban obsesionadas con él. Creo que, si sigo sentada ahí cinco minutos más, voy a acabar lanzándome contra el suelo para fingir un traumatismo craneal.
Tuve que aguantarme la risa.
—Entiendo.
—Le he dicho que acababa de encontrarme con un amigo al que hacía muchísimo que no veía y… bueno… ¿te importaría fingir un poco? —Parecía apurada—. Nada raro. Solo… actúa como si me conocieras muchísimo. Lo suficiente para que no piense que me estoy inventando la excusa para escapar.
Miré por encima de su hombro hacia el tipo de la mesa.
El imbécil nos observaba claramente mosqueado.
Me levanté del taburete sin dejar de mirarla.
—Tranquila, rubia. Déjamelo a mí.
Y antes de que pudiera responder, pasé un brazo alrededor de su cintura y la acerqué para darle un abrazo exageradamente cercano.
—¡Sue! —dije en voz alta, como si acabara de reencontrarme con una amiga perdida en la guerra—. Joder, cuánto tiempo. No me lo puedo creer.
Noté cómo se tensaba un segundo por la sorpresa.
Luego, muy despacio, empezó a seguirme el juego.
—Liam… sí. Madre mía. Qué fuerte.
Sonreí para mis adentros.
Monísima incluso improvisando.
El tipo de la mesa seguía mirándonos con expresión cada vez más molesta, así que decidí rematar la jugada.
—¿Qué dices? ¿Estás con alguien? —pregunté, mirando hacia la mesa antes de negar con dramatismo—. Bueno, no te preocupes.
Sin soltarle la cintura, la guie directamente hacia el otro tipo que seguía mirándonos.
—Lo siento, tío —dije con una sonrisa encantadora—, pero hace muchísimo que no me encuentro con mi querida amiga Sue. Seguro que no te importa que te la robe un rato.
El hombre parpadeó.
—Bueno… yo…
Ni siquiera lo dejé terminar.
—Eres un campeón. Gracias, de verdad.
Y, antes de que pudiera reaccionar, giré a Sue hacia mí y me la llevé directamente hacia otra mesa al otro lado del pub.
Noté cómo empezaba a reírse mientras caminábamos.
—No puedo creerme que haya sido tan fácil —murmuró.
—Créeme, en cinco minutos se habrá contado a sí mismo una versión completamente distinta de lo que acaba de pasar.
La senté frente a mí y miré discretamente hacia atrás.
Después de unos segundos, el imbécil salió del pub con cara de estar ofendidísimo con el universo entero.
Sue se quedó mirándolo desaparecer detrás del cristal.
Luego soltó el aire como si acabaran de quitarle un bloque de hormigón del pecho.
—Dios mío. Gracias. En serio. Creo que me has salvado la vida.
Sonreí, apoyándome en el respaldo de la silla.
—No exageres. Como mucho te he salvado de otra charla sobre bitcoin y masculinidad alfa.
Se le escapó una carcajada, esta vez de verdad.
Y joder.
Tenía una risa preciosa.
Sue se recolocó el pelo detrás de la oreja mientras seguía riéndose todavía un poco nerviosa.
—Bueno… creo que ya puedo irme antes de que te arrepientas de haberme ayudado.
Hizo ademán de levantarse, pero la señalé de inmediato.
—Eh. De eso nada.
Parpadeó.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Lo mínimo, después de rescatarte de tu cita desastrosa, es invitarme a una copa.
Sus labios se curvaron despacio.
—¿Ah, sí?
—Por supuesto. Soy un héroe. Merezco compensación económica.
Me miró unos segundos antes de volver a sentarse.
—Está bien. Supongo que te debo una copa por los servicios de rescate.
Sonreí, satisfecho.
—Exacto. Me alegra que seas una mujer justa.
Puso los ojos en blanco, aunque seguía aliviada ahora que el otro imbécil había desaparecido del pub.
Un camarero pasó cerca y pedimos: ella una copa de vino, yo whisky.
Yo era un mujeriego. Siempre lo había sido.
Me encantaban las mujeres. Coquetear. Acostarme con ellas. Pasarlo bien.
Pero no conocerlas.
No quedarme hablando durante horas. No interesarme por las historias que contaban.
Con Sue fue distinto desde el principio.
Me fascinó escucharla hablar del Jardín botánico donde trabajaba, de turistas insoportables y de un niño que había intentado llevarse un pato «porque parecía triste».
Y, cuando me di cuenta, llevaba más de una hora allí sin ganas de marcharme.
Lo preocupante era que ni siquiera estaba mirando el reloj.
—Sigo sin entender cómo has acabado en una app de citas —comenté después de un rato—. Con ese cuerpo dudo muchísimo que tengas problemas para encontrar hombres interesados.
Casi se atragantó con el vino.
Tosió un poco mientras me miraba con los ojos abiertos de par en par, y tuve que contener la risa.
—Relájate, rubia. No era una frase de ligue.
Soltó una risa nerviosa y bajó la vista hacia la copa.
Se había puesto roja.
Muy roja.
—No tengo problemas para encontrar hombres. Tengo problemas para… otras cosas.
La miré con curiosidad.
—¿Qué otras cosas?
Dudó de inmediato. La parte prudente de su cerebro le estaba gritando que cambiara de tema, pero el vino parecía haberle aflojado un poco los filtros.
—No se me da bien todo esto —admitió al final con una pequeña mueca avergonzada—. Las citas. Coquetear. Todo el pack, vaya.
Solté una risa baja mientras la observaba por encima del vaso.
—Lo dudo bastante, rubia. Porque ahora mismo lo estás haciendo muy bien.
Abrió un poco los ojos. Y volvió a ponerse roja.
Joder.
Era adorable.
—Esto no cuenta —protestó enseguida, apartándose un mechón de pelo detrás de la oreja—. Esto no es una cita. Además… las citas no son lo peor.
Alcé las cejas.
—¿Entonces qué es lo peor?
Volvió a dudar, como si estuviera decidiendo cuánto quería contarme.
Al final soltó aire.
—El sexo.
La miré en silencio, completamente incrédulo.
—Vale. Ignora eso —murmuró enseguida, tapándose media cara con una mano—. Voy a tirarme por la ventana. Ha sido un placer conocerte.
Se me escapó una risa.
—Eh. Ahora necesito contexto. No puedes soltar algo así y esperar que no haga preguntas.
Me miró muerta de vergüenza.
—Solo digo que… no se me da bien el sexo. Nunca se me ha dado bien. Todo el mundo parece saber cómo funciona ese tema menos yo. La idea con el tipo de la app era… practicar.
Parpadeé.
—¿Practicar?
Sue soltó una risa nerviosa, como si acabara de escucharse a sí misma y quisiera desaparecer debajo de la mesa.
—Dios, suena muchísimo peor dicho en voz alta.
—No, no. Ahora estoy intrigadísimo. Continúa, por favor.
Puso los ojos en blanco.
—Solo… quiero mejorar un poco antes de conocer al hombre adecuado, ¿vale?
Porque siempre siento que las cosas empiezan bien y luego se vuelven raras después de acostarme con alguien.
Me pongo nerviosa. Sobrepienso todo. No sé actuar sexy.
Y, cuanto más me gusta alguien, peor funciona mi cerebro.
Así que pensé que quizá necesitaba… experiencia o algo así.
Di un trago al whisky para asimilar sus palabras.
No podía creerlo.
El sexo siempre me había parecido la parte fácil. Algo que simplemente ocurría.
¿Y ella tenía problemas con eso?
Y, si era así, ¿de verdad pensaba que follando con desconocidos iba a solucionarlo?
—¿Me estás diciendo que te descargaste una app de citas para hacer prácticas de campo?
—Si lo dices así suena tristísimo.
—No parece tristísimo. Parece peligrosamente tierno.
Se le escapó un pequeño gemido.
—Por favor, deja de decir cosas humillantes.
Me reí, inclinándome un poco hacia delante.
—Pero dudo de que el problema seas tú. En todo caso, el problema es que has estado con los tíos equivocados.
Sue me sostuvo la mirada.
Y ahí volvió a pasar algo raro.
El ambiente cambió de golpe.
Ella dejó de juguetear con la copa. Yo dejé de sonreír tanto. Durante un segundo, los dos parecíamos demasiado conscientes de la mesa, de la cercanía y de la forma en que nos estábamos mirando.
Fue Sue quien apartó primero la vista.
—Bueno… de momento la estadística no está precisamente de tu parte.
—Quizá simplemente has tenido muy mala suerte eligiendo hombres.
—Eso ya lo tengo clarísimo después de esta noche.
Solté una carcajada.
—Touché.
Compartimos una sonrisa.
Y entonces se me ocurrió una idea.
Una locura.
Una auténtica locura.
Pero hacía mucho tiempo que no tenía tantas ganas de cometer una.
—Si quieres practicar de verdad y aprender en serio... quizá debería ayudarte alguien con más experiencia. —Sonreí—. Alguien como yo.
El silencio que cayó entre nosotros fue glorioso.
Sue se quedó completamente inmóvil. Me miraba con la copa suspendida a medio camino de la boca y los ojos abiertos de par en par mientras procesaba lo que acababa de decirle.
Y después se atragantó con el vino otra vez.
Qué mona.
—¿Me estás proponiendo clases particulares de sexo?
—Ajá.
—¿Y por qué ibas a hacer algo así? Eres Liam McRae. Probablemente podrías salir de este pub ahora mismo con quien quisieras. ¿Por qué te ofrecerías a acostarte conmigo para ayudarme?
Sonreí despacio.
—¿Has considerado la posibilidad de que ayudarte no sea exactamente un sacrificio para mí?
Ella se mordió el labio durante unos segundos.
—¿Y cómo funcionaría?
—Simple. Te ayudaría a ganar la confianza que te falta. Después podrías seguir con tu vida sin convertir el sexo en una crisis existencial.
Suspiró.
—No sé si estoy completamente loca por siquiera planteármelo.
—Probablemente un poco —admití—. Pero las mejores ideas suelen empezar así.
Sue se quedó en silencio unos segundos, como si estuviera discutiendo consigo misma.
Al final soltó aire.
—De acuerdo. —Sonrió con nerviosismo—. Acepto.