Liam, millonario y seductor (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 4) 1
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Liam, millonario y seductor (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 4)

Liam, millonario y seductor (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 4)

Por Leila Yoon

© inepub.com

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Sue

Entré en el pub fingiendo una tranquilidad que no sentía ni de lejos.

Los latidos de mi corazón se dispararon en cuanto la puerta se cerró en mi espalda y el calor del local me envolvió junto al murmullo de las conversaciones y la música de fondo

Avancé entre las mesas agarrando el bolso con más fuerza de la necesaria.

«Es solo una cita, Sue».

Una cita normal entre dos adultos.

Nada traumático, en teoría.

Nada importante.

Nada que justificara las tres horas que había pasado delante del armario cambiándome de ropa y cuestionando todas mis decisiones vitales.

Porque sí: había aceptado quedar con un hombre que había conocido en una app.

Para la mayoría de la gente aquello no significaría gran cosa, pero para mí rozaba la experiencia extracorporal.

Nunca se me habían dado bien las citas. Ni el coqueteo. Ni el sexo, ya puestos.

La realidad era bastante triste: tenía treinta años y seguía sintiéndome torpe cada vez que un hombre atractivo me prestaba atención más de cinco minutos seguidos.

Mientras otras mujeres parecían moverse por ese terreno con una naturalidad insultante, yo siempre tenía la sensación de haberme perdido alguna clase importante sobre cómo comportarse de forma sexy y segura sin parecer una psicópata.

Y estaba cansada.

Cansada de ponerme nerviosa.

Cansada de sentirme inexperta.

Cansada de analizar cada conversación durante días, como si en lugar de una cita estuviera preparando un juicio.

Por eso me había obligado a salir más, a atreverme, a dejar de mirar la vida desde la barrera.

Aunque, ahora mismo, empezaba a pensar que quedarme en casa viendo documentales y comiendo hummus directamente del envase tampoco era un plan tan terrible.

Me senté en una mesa alta junto a la pared y abrí otra vez el chat de la app.

Nico.

Treinta y dos años.

Consultor financiero.

Le gustaban el senderismo, el vino italiano y las «mujeres naturales».

Eso último seguía inspirándome una desconfianza bastante razonable.

No sabía explicar por qué, pero los hombres que especificaban ese tipo de cosas en su perfil solían ser los mismos que decían que preferían a las mujeres sin maquillaje mientras eran incapaces de darse cuenta de que aquella supuesta cara lavada llevaba diez productos encima.

Aun así, en las fotos parecía atractivo. El tipo de hombre que habría hecho que me pusiera nerviosa incluso en el supermercado. Y precisamente eso me había animado a aceptar la cita.

Me recoloqué el vestido negro por puro nerviosismo y busqué discretamente mi reflejo en el cristal de la ventana cercana.

Había intentado arreglarme sin parecer demasiado arreglada: algo femenino, sencillo y favorecedor.

Llevaba el pelo rubio suelto, ligeramente ondulado, maquillaje suave y botas altas marrones. Natural. O lo que fuera que los hombres entendieran por natural.

El móvil vibró entre mis dedos y mi estómago dio un vuelco inmediato.

NICO

Ya he llegado.

Vale. Respira.

Levanté la cabeza y recorrí el pub con la mirada. Tardé unos segundos en verlo y, cuando por fin lo hice, sentí cómo toda mi expresión se congelaba.

¿En serio?

No podía ser él.

Aquel hombre no se parecía en absolutamente nada a las fotos. Ni el pelo. Ni la sonrisa. Ni el cuerpo. Ni siquiera aparentaba la misma edad. Era como si hubiera usado imágenes de hacía diez años y hubiese confiado en que nadie se daría cuenta.

Durante unos segundos intenté convencerme de que quizá estaba exagerando.

Vale, no se parecía demasiado.

Bueno, no se parecía prácticamente nada. Pero tampoco quería ser injusta. Las fotos engañan, la iluminación hace milagros y, al fin y al cabo, todos elegimos nuestras mejores imágenes para un perfil.

Respiré hondo y me obligué a relajarme.

No pasaba nada. Podía darle una oportunidad. Solo era una cita, ¿no? Quién sabía. Tal vez detrás de aquellas fotos optimistas se escondiera un hombre encantador.

El hombre levantó la mano al verme y se acercó con una sonrisa ensayada.

—Sue, ¿no?

—Sí. Hola.

Se inclinó para darme dos besos y casi me intoxicó con la cantidad absurda de colonia que llevaba encima.

Madre mía.

Aquello no era perfume; era un ataque químico.

—Guau —dijo al sentarse frente a mí, recorriéndome de arriba abajo sin el menor pudor—. En tus fotos parecías mona, pero en persona estás bastante mejor.

Sonreí con incomodidad.

Vale. No era precisamente la mejor forma de empezar una conversación, pero quizá sus habilidades sociales no eran su punto fuerte.

—Gracias.

Apoyé el bolso sobre mi regazo mientras él seguía mirándome con una intensidad excesiva.

—Aunque pensaba que serías más alta.

Genial. Otro punto a favor de la velada.

—Bueno… supongo que mis fotos no tienen referencia de tamaño —bromeé, intentando aflojar un poco el ambiente.

Él soltó una carcajada demasiado ruidosa para algo que no tenía tanta gracia.

—Ya. Las mujeres siempre hacéis eso. Elegís las fotos con cuidado para engañar un poco.

Parpadeé.

Curioso comentario viniendo de alguien que se parecía tan poco a sus fotos que podría haber pasado por su primo.

Por suerte, en ese momento se acercó un camarero a tomar nota.

Pedí una cerveza suave. Nico pidió un whisky doble.

—Las cervezas suaves son prácticamente agua —comentó en cuanto el camarero se alejó—. Yo necesito alcohol de verdad después de la semana que he tenido.

—¿Mucho trabajo?

Error. Grave error.

Aquella pregunta abrió de par en par las puertas del infierno.

Tardé menos de diez minutos en descubrir que Nico tenía el talento sobrenatural de convertir cualquier conversación en una tortura.

Habló sin parar de criptomonedas, gimnasio, suplementos proteicos y coches carísimos que claramente compensaban algún vacío emocional importante. Y no habría sido tan terrible si, además, no hubiera resultado ser un completo imbécil.

—Te juro que es imposible encontrar una mujer inteligente hoy en día. La mayoría solo saben subir fotos a Instagram y gastar dinero.

Me quedé quieta con la cerveza a medio camino de la boca.

Madre del amor hermoso.

—Bueno… supongo que dependerá de la persona.

—No, no. Créeme. Trabajo rodeado de mujeres y son todas iguales. Drama constante.

La cita mejoraba por segundos.

Y lo peor era que parecía convencidísimo de estar siendo encantador.

Cuando le conté que trabajaba en el Jardín Botánico de Brooklyn, sonrió de una forma rarísima.

—Ah, qué mono. Tiene pinta de trabajo relajadito.

Relajadito.

Claro. Porque cuidar especies delicadas, organizar talleres, coordinar actividades y aguantar turistas perdidos equivalía básicamente a abrazar margaritas todo el día.

Después me corrigió varias veces sobre temas que conocía bastante mejor que él. Y cuando intenté explicárselo, me habló como si yo no entendiera lo que estaba diciendo.

Luego habló de su exnovia durante casi quince minutos seguidos.

Y, por si no fuera suficiente, terminó explicándome que las mujeres «se vuelven locas» cuando él tarda en responder mensajes porque «son todas muy intensas».

Yo ya no sabía si quería marcharme o lanzarme directamente contra una pared.

—La verdad —dijo entonces, recostándose en la silla mientras volvía a mirarme de esa forma que empezaba a incomodarme bastante— es que creo que podríamos divertirnos mucho tú y yo. Se nota que eres tímida, pero eso tiene arreglo.

Un escalofrío desagradable me recorrió la espalda. No uno sexy.

Uno de alarma real.

Y fue justo entonces cuando reconocí a alguien en la barra.

Alto. Moreno. Guapísimo.

Liam McRae. El hermano mujeriego del novio de Bella, mi mejor amiga.

Estaba apoyado en la barra con un vaso en la mano.

Llevaba unos vaqueros oscuros y una camisa negra remangada que resaltaba unos hombros anchos y un cuerpo claramente acostumbrado al ejercicio.

El cabello oscuro, ligeramente despeinado, y la barba de varios días le daban ese aspecto descuidado que, injustamente, en algunos hombres solo conseguía hacerlos más atractivos.

Y Liam era uno de ellos.

Juro que estuve a punto de emocionarme.

Porque, después de cuarenta minutos atrapada en aquella cita infernal, ver una cara conocida fue casi tan reconfortante como encontrar una salida de emergencia en un edificio en llamas.

Por primera vez en toda la noche, tuve la sensación de que quizá no iba a necesitar fingir mi propia muerte para escapar de allí.