Liam, millonario y seductor (Hermanos McRae. Herederos millonarios nº 4) 6
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Sue

Había traído sushi.

Y vino.

Claro que había traído vino.

Porque, aparentemente, Liam McRae era capaz de hacer hasta las situaciones sexualmente confusas más atractivas de lo necesario.

Nos sentamos en el sofá con la cena sobre la mesa baja y, poco a poco, el ambiente empezó a aflojarse.

Liam comía con tranquilidad mientras hablaba de cualquier cosa. De Dunbrae, de Connor discutiendo con absolutamente todo el mundo, de Brody quejándose de Regaliz por haber destrozado una de sus americanas.

Y yo intentaba seguir la conversación mientras mi cerebro repetía sin descanso: Liam McRae está sentado en tu sofá.

Qué horror.

—Estás muy callada —comentó de pronto, mirándome por encima de la copa de vino.

—No estoy callada.

Alzó una ceja.

—Llevas cinco minutos mirando ese trozo de salmón como si fuera a hacerte preguntas personales.

Maldita sea.

Solté aire y me hundí un poco más en el sofá.

—Solo estoy nerviosa.

Él dejó la copa sobre la mesa.

—Ya lo sé. —Y lo dijo sin burlarse. Sin tensión. Como si no le molestara en absoluto que yo estuviera siendo un desastre humano con vestido bonito—. No tienes que impresionarme, Sue. Es solo… sexo.

Joder. Estuve a punto de atragantarme con un trozo de maki.

Debía de parecer un animalillo asustado intentando no morir comiendo sushi mientras un hombre obscenamente atractivo le hablaba de sexo con absoluta normalidad.

Liam debió de notarlo, porque cambió el rumbo de la conversación.

—Vale. Vamos a empezar por algo más fácil.

Lo miré con cautela.

—¿Más fácil que qué?

—Que tú entrando en pánico cada vez que digo algo mínimamente sexy.

Gemí por lo bajo y el sonrió.

—¿Creciste en Manhattan?

Eso consiguió que mi cerebro dejara de intentar autodestruirse durante unos segundos.

—No. Soy de un pueblo pequeñísimo del norte de Vermont.

—¿Pequeñísimo cuánto?

—Pequeñísimo de todo el mundo conoce a todo el mundo y si te caías de la bici alguien llamaba a tu madre antes de que llegaras a casa.

Liam soltó una risa baja.

—¿Y tu familia sigue allí? —preguntó.

Asentí.

—Sí. Mis padres tienen una floristería pequeña y mi hermano mayor trabaja con ellos. —Sonreí casi sin darme cuenta—. Mi madre siempre dice que aprendí antes los nombres de las plantas que los de las personas.

—Eso es bastante adorable.

Puse los ojos en blanco automáticamente.

—Deja de llamar adorable a todo lo que hago.

—No puedo. Me lo estás poniendo difícil.

Noté de nuevo el calor subiéndome por el cuello mientras él seguía mirándome como si disfrutar de mi incomodidad fuera su pasatiempo favorito.

—¿Y cómo acabaste en el Jardín Botánico? —preguntó entonces.

—Siempre se me dieron mejor las plantas que las personas —admití mientras jugueteaba con los palillos entre los dedos—. Las plantas son más fáciles. No esperan cosas raras de ti, no te juzgan y normalmente las señales de que algo va mal son bastante claras.

Liam sonrió ligeramente.

—¿Las señales de las personas no son claras?

Solté una pequeña risa.

—Las personas son aterradoras.

—¿Yo soy aterrador?

Lo pensé un segundo.

—Ahora mismo… un poco sí.

Eso lo hizo reír de verdad.

Me acomodé mejor en el sofá mientras él seguía haciéndome preguntas pequeñas, fáciles, tranquilas. Mi carrera. Los talleres del Jardín Botánico. Las plantas del balcón. Mi obsesión por las velas con olor a lavanda.

Y, poco a poco, casi sin darme cuenta, dejé de sentir que estaba a punto de sufrir un colapso nervioso.

Cuando terminamos de cenar ya me sentía bastante más tranquila. Bueno, más tranquila para mis estándares.

Seguía teniendo a Liam McRae sentado en mi sofá, hablando conmigo como si fuera completamente normal que un hombre así estuviera en mi apartamento dispuesto a enseñarme cosas sexuales sin reírse de mi evidente falta de experiencia.

Pero al menos ya no sentía que estuviera al borde de un colapso inminente.

Liam dejó los palillos sobre la caja vacía de sushi y se acomodó mejor, girándose ligeramente hacia mí. Seguía ocupando demasiado espacio incluso sentado.

Demasiado atractivo. Demasiado masculino. Demasiado todo.

Y cuanto más cómodo parecía él, más consciente era yo de cada centímetro de mi propio cuerpo. De mis piernas recogidas bajo la manta. De mi respiración. Del calor extraño que me subía por el pecho cada vez que me sostenía la mirada un poco más de la cuenta.

Jugueteé unos segundos con la copa de vino antes de levantar la vista.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

Liam sonrió ligeramente.

—Depende. ¿Es una pregunta normal o una de esas que pueden destruir mi reputación?

No pude evitar reírme.

—Normal… creo.

—Entonces adelante.

Dudé unos segundos antes de hablar.

—¿Por qué me propusiste hacer esto?

Frunció ligeramente el ceño.

—¿Esto?

—Ya sabes a qué me refiero.

Él apoyó el brazo en el respaldo del sofá y me observó durante unos segundos antes de contestar.

—¿Quieres la versión educada o la sincera?

—La sincera.

Liam soltó una pequeña risa.

—Vale. Entonces voy a ser completamente honesto contigo.

No fue altruista, Sue. Fue bastante egoísta.

Cuando te vi en el pub, antes de recordar quién eras, estaba pensando en lo buena que estabas.

—Mi cerebro dejó de funcionar otra vez—.

Y luego empezaste a hablar conmigo, te pusiste roja cada treinta segundos y resultó que además eras divertida.

Así que la idea de tener sexo contigo no es un favor que te hago.

Me da mucho morbo enseñarte todo lo que sé.

Noté el calor subiéndome por el cuello a una velocidad completamente humillante.

—No puedes decirme esas cosas tan tranquilo.

Liam sonrió sin apartar los ojos de mí.

—¿Por qué no? Son verdad. La idea de ser tu profesor sexual me pone muchísimo.

Me sostuvo la mirada unos segundos más y después sonrió despacio, de esa forma suya que hacía que el aire pareciera volverse más denso alrededor.

—¿Quieres saber cuánto me pone exactamente?

La pregunta me atravesó el cuerpo entero.

Noté un escalofrío recorriéndome la espalda mientras mis dedos se aferraban un poco más fuerte a la copa.

Debería haber dicho que no.

Debería haber cambiado de tema.

Debería haber hecho muchísimas cosas razonables.

En lugar de eso, me oí responder en un susurro:

—Sí.

Liam dejó la copa sobre la mesa con toda calma.

Después se acercó.

Despacio.

Sin apartar los ojos de mí ni un segundo.

Mi respiración empezó a acelerarse en cuanto invadió mi espacio. Noté el calor de su cuerpo incluso antes de que llegara a tocarme y, de pronto, todo mi apartamento pareció demasiado pequeño.

Liam levantó una mano y me apartó un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Voy a besarte, Sue.

El corazón me dio un golpe brutal contra las costillas.

Porque la forma en que lo dijo no sonó arrogante.

Ni impulsiva.

Sonó casi… cuidadosa.

Como si realmente le importara cómo iba a reaccionar yo.

Liam esperó.

Simplemente se quedó ahí, mirándome de cerca, dándome espacio suficiente para apartarme si quería hacerlo.

Pero yo no quería apartarme. Ni un poco.

Tragué saliva mientras mi respiración se volvía completamente inestable.

Después negué muy despacio con la cabeza.

Como diciéndole que no iba a detenerlo.

Y entonces Liam me besó.