Leyendo en casa de la señora Parks 23 #3
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—Gracias por escucharme —dijo Gabriela cuando se recompuso, limpiándose los restos de la cara.

—Gracias a ti por escucharme el otro día.

Después de que Azucena fuera a buscar una caja de pañuelos para que Gabriela pudiera limpiarse la nariz decentemente, ambas mujeres volvieron a sentarse cara a cara.

—¿Seguro que quieres hablar? —Gabriela asintió mientras cogía un pañuelo.

—El otro día fui yo la que hice las preguntas. —Se sonó con fuerza—. Hoy le toca a usted.

Azucena fue directa al grano.

—¿Por qué viniste? ¿Por qué respondiste al anuncio?

—Gabriela frunció el ceño. De todas las preguntas que le podía hacer, no se esperaba precisamente esa—.

De todas las personas que han pasado por ese sillón en todos estos años, eres la primera que no tenía ningún tipo de interés por la lectura.

—Azucena le guiñó un ojo después del «tenía».

Gabriela sonrió tímidamente. Tenía muy clara la respuesta.

—Por una vez en la vida no era «esta fue la chica que tuvo un accidente con su padre y casi no lo cuenta» —confesó—.

En el instituto, en la biblioteca, en el bar…

todo el mundo sabe quién soy. Esta es una ciudad pequeña y en el barrio todos nos conocemos…

Todos ponen esa cara de pena cuando me ven, como si recordaran a mi padre al verme, y, aunque suene un poco egoísta, me duele —reconoció Gabriela, jugando con el pañuelo—.

Cuando vi el anuncio, y, al llegar, ver primero la cara de María y luego la suya…

recibí una mirada que hacía años que no sentía.

Una mirada… neutra. Sin pena, sin compasión.

Incluso con alegría. Una alegría pura. Unas miradas que no conocían mi pasado.

—Y… ¿qué más? —La anciana le miraba con unos ojos que exigían franqueza. Gabriela dudó.

—Y… —Se humedeció los labios. Empezó a hacer trocitos con el pañuelo, dilatando la respuesta.

Azucena esperó pacientemente— que yo también me sentía muy sola…

—admitió, la mirada clavada en las manos, que aún se retorcían, nerviosas.

Azucena le dedicó una sonrisa ladeada—. Y luego…

le cogí el gusto a la lectura. Tengo que darle las gracias por eso.

—Levantó la mirada—. Como usted dice, la lectura te abstrae, te evade…

Durante las horas que pasaba en su casa no pensaba en mi padre, ni en el bar, ni en el futuro…

Estaba centrada en la historia, inmersa en ella.

—La música también.

—La música también —concedió Gabriela, apartando el pañuelo—, pero tengo tantos recuerdos con ella y con mi padre que me cuesta abstraerme.

En cambio, los libros… —Gabriela levantó los ojos de la mesa—.

Le agradezco de corazón haberme hecho descubrir la lectura.

Mi profesora de lengua de EGB le pondría una estatua en la Plaza Mayor —bromeó la chica, soltando una risa tímida bañada en lágrimas, destensando el ambiente.

—Anda, tonta —le reprendió suavemente Azucena, con una palmada en el hombro—. ¿Y tu madre?

—Mi madre —suspiró con fuerza—. No lo sé… Siento que tras el accidente no es la misma y me siento culpable… Ver cómo va todos los días a la capilla, al hospital…

—Ella se refugia en la religión, tú lo haces en la música, yo lo hice en la literatura. Cada uno tenemos diferentes formas de sobrellevar el duelo, y la vida en general. Piensa lo duro que tuvo que ser para tu madre perder al primer amor de su vida y estar a punto de perder al segundo.

Gabriela asintió en silencio. Era algo que se le había pasado por la cabeza, pero que le costaba aceptar.

—¿Entraste en el conservatorio? —Gabriela negó con la cabeza.

—Me dieron la plaza, pero luego tuve el accidente…

Si estoy demasiado tiempo sentada, me empieza a doler todo: tengo placas y tornillos por todos lados.

Lo intenté, pero no era capaz de seguir el mismo ritmo del resto y me frustré mucho.

—Gabriela miró sus manos. Para el resto, había que fijar bien la mirada para ver las cicatrices que recorrían sus dedos.

Para ella, eran carteles luminosos que destellaban con insistencia.

No emitían dolor físico, pero sí un dolor mucho más profundo.

Un dolor que se le anclaba en el alma y le impedía respirar cuando se hacía presente.

—Quizás podrías aprender a tocar en un ambiente menos estresante, a tu ritmo.

—Quizás…

El reloj de la entrada empezó con su serenata y Gabriela levantó la vista.

Recorrió con ella las hileras de libros, las historias que Azucena guardaba con pasión y cariño.

Pensó en Belén, en lo contenta que se pondría cuando sacara el próximo libro de la biblioteca.

Pensó en su madre, en todo lo que había sufrido tras el accidente y en todas las cosas de su pasado que no conocía.

Pensó en su padre y en cuánto le hubiera gustado conocer a la señora Parks.

Se levantaron y la anciana se inclinó para rodearla con sus delgados brazos. Gabriela hizo lo propio. Ninguna de las dos quería soltar primero, así que se quedaron un buen rato abrazadas, disfrutando del compás del corazón ajeno.