Leyendo en casa de la señora Parks 23 #2
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23 #2

En los días malos, miro la foto enmarcada en mi mesita de noche, en la que aparecemos los dos sonrientes en unas vacaciones en la playa, y pienso en aquella noche, cómo le pedí que cambiara de casete.

Si no se lo hubiera pedido, él estaría aquí, a mi lado.

Si hubiera tenido los ojos abiertos, habría podido avisarle, o cogerlo yo.

Si no hubiera insistido tanto en ir a aquel concierto, aún podría celebrar el cumpleaños de mi padre comprándole un regalo y no llevándole flores a la habitación estéril de un hospital.

En los días horribles, en los que los dolores de las operaciones me despiertan por la noche o mi cerebro decide revivir una y otra vez los momentos antes de que todo cambiara, pienso que por qué no fui yo.

Por qué no me quedé yo encamada, por qué él.

En esos días no soy capaz de ir al hospital, porque el solo hecho de verle ahí, tumbado, tan plácida y a la vez tan dolorosamente, me rompe por dentro.

Pienso que ese cuerpo no tiene la sonrisa que tenía mi padre, no da esos abrazos de oso inolvidables, no tiene el brillo en los ojos que ilumina todo lo que toca.

Esos días pienso que mi padre murió en aquel accidente y lo que yace en el hospital es una simple carcasa de carne y huesos.

Mi madre se convirtió en una sombra de sí misma.

Aunque yo estaba en plena rehabilitación, en los primeros meses le costaba mirarme sin llorar, y adelgazó un montón.

Sentía que, si el aire soplaba lo suficientemente fuerte, se la llevaría volando.

Empezó a hacer malabares para mantener el bar y venir a vernos al hospital.

Cuando por fin me dieron el alta, subíamos juntas para verle.

Cuando fui lo suficientemente mayor, empecé a ir sola.

Acurrucada en la capilla del hospital, mi madre aún hoy se queda hasta altas horas de la madrugada rezando por él.

Hace años que no duerme, que no está bien.

En esos momentos en los que la casa está vacía y sé que ella está arrodillada en un banco de madera, la culpa me ahoga por dentro.

Gran parte de las noches, cuando me duermo, aún no ha vuelto a casa.

Empecé a pasar mis ratos libres en la biblioteca, haciendo deberes cuando era pequeña y escuchando música ahora.

Cuando estoy sola en casa y veo su cara entre las sombras o la ausencia de sus pasos entumece el silencio, me duele.

Me duele cuando me divierto y le echo de menos.

Me duele cuando me cruzo con la gente y me dedican esa mirada de pena y compasión.

Cuando se cruzaba algún profesor, tras mi vuelta al colegio y me preguntaban por él.

La gente del barrio. Los clientes del bar.

A veces, cuando los demonios de mi cabeza ganan la batalla, siento que esas miradas me juzgan y piensan igual que yo: que él seguiría aquí si no fuera por mí.

Cuando terminó su confesión, Gabriela estaba llorando.

Un llanto contenido, temeroso. Se podía apreciar el nudo en su garganta entre sus palabras, que a duras penas salían de su boca.

Azucena se inclinó más hacia delante, acariciando las manos que se retorcían nerviosas entre las suyas y estrujándolas con cariño, cuidando bien que sus propias lágrimas, en la línea de salida, no hicieran su aparición aún.

Contuvo con todas su fuerzas el nudo que tenía también en su garganta.

—Lo más difícil es sacarlo a la luz. —La joven asintió, llorando con más fuerza entre respiraciones tensas, intentando recuperar el control.

—No cometas el mismo error que yo y no pierdas la mitad de tu vida en el pozo —le previno la mujer, apretando sus manos con más fuerza—.

Cada día que pasamos en este mundo es un regalo y lo pasado, pasado está.

Ya no puedes hacer nada para cambiarlo, por duro y triste que sea, tú misma me lo dijiste.

Gabriela levantó la vista, encontrándose con los ojos de la anciana, quien vio su propio dolor reflejado en otra cara, como si hubiera viajado atrás en el tiempo y se estuviera viendo reflejada en el espejo, rota en pedazos tras la muerte de Eleanor.

—Nadie sabe a qué demonios te enfrentas cada día y yo te admiro por ello.

Pero yo me he pasado muchos años compartiendo habitación con la culpa y los remordimientos, y por mucho que los he escuchado, nunca me han devuelto a Eleanor.

Así que, por mucho que te martirices, nada que tú puedas hacer va a devolverte a tu padre.

Esas palabras derrumbaron las últimas barreras que quedaban en pie.

Gabriela empezó a sollozar intensamente, y entre respiraciones rápidas y entrecortadas, se abandonó en los brazos de Azucena, quien la acogió entregándose al llanto también.

Se fundieron en un abrazo lleno de lágrimas, de vivencias; de años vividos y años perdidos.

De sentimientos que no habían visto la luz hasta esa amistad, hasta ese encuentro de dos almas destinadas a enseñarse mutuamente cómo afrontar los golpes de la vida.

Gabriela se agarró con desesperación a la blusa de Azucena, llorando como nunca lo había hecho, sin temores ni ataduras.

Dos décadas de lágrimas contenidas. Llorando libre, en unos brazos que la entendían, sin miedo a que otra persona la viera, sin miedo a ser juzgada.

Dejó correr los sentimientos que la habían ahogado durante tantos años en una sola tirada.

Lloró por su padre, por el accidente que habían tenido.

Lloró por su madre, quien nunca había sido la misma tras el accidente.

Lloró por la incertidumbre de no saber qué hacer con su vida, a dónde dirigirse, qué camino seguir, si merecía la pena seguir caminando.

Azucena sentía la presión de los brazos de Gabriela, sus sollozos.

Su llanto era más calmado, silencioso. El llanto de una persona que ya lo ha llorado todo en la vida.

Que se ha acostado la mayoría de los días entre lágrimas, recordando a esa persona que nunca podría volver a ver.

Rezando por que lo que fue nunca hubiera llegado a ser.

Rezando por estar viviendo un mal sueño y despertarse junto a Norman, veinteañeros los dos, para así poder levantarse e ir a ver a Eleanor.

Lloró por Dios, el destino, el Universo, el azar o lo que fuera que hiciera funcionar el mundo.

Se quedaron unos minutos fundidas en aquel llanto compartido, dejando fluir sus emociones.

Cuando las dos mujeres separaron sus cuerpos, Azucena cogió de los hombros a Gabriela, que respiraba con la boca entreabierta, aún entre hipidos, las pestañas bien nítidas por las lágrimas. Dejó que se relajara.