Leyendo en casa de la señora Parks 23
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Siendo hija única, el mundo de mis padres giraba en gran medida en torno a mí. En el monumento particular que forma nuestra familia, mi madre es la solidez y el pilar que mantenía el orden y el equilibrio; mi padre, el que le daba algarabía y color.

Desde pequeña, la relación con mi padre fue muy estrecha. Siempre estaba dispuesto a ignorar la hora de acostarse o modificar ligeramente las normas respecto a las chuches o el chocolate por mí. Con él salía en bici, jugaba a la pelota o escuchaba música.

Con un gesto de la mano me atraía a su lado.

Me dejaba los cascos mullidos de su cadena de música, enormes, encima de la cabeza, y me dejaba escuchar sus mejores casetes: Aretha Franklin, Frank Sinatra, Ella Fitzgerald, The Police…

Y Queen, sobre todo, Queen. Gracias a mi padre empecé a amar la música y ese amor fue la razón principal por la que hice las pruebas para entrar al conservatorio.

«La letra llega al corazón; la música, al alma», me decía a menudo.

Las entradas se agotaron a los pocos meses, y aunque me seguía dando pena no poder ir, en esas edades los problemas son intensos y efímeros.

Mi hucha de cerdito, decorada con una hoja arrancada de un cuaderno que ponía «Para el concierto de Queen» (si las entradas eran tan caras, mejor valía ir ahorrando), se fue convirtiendo en un elemento más de mi habitación y dejé de prestarle atención.

Pasaron los meses. Acabó el colegio y entramos en las vacaciones de verano.

Un sábado por la mañana, escuché por la radio un pequeño resumen de cómo había ido el concierto la noche anterior.

Me dio un poco de pena, pero en cuanto se me pasó el mal trago, me acabé el desayuno y salí a la calle a jugar.

—¡Hola! —saludé al día siguiente al entrar en casa, a sabiendas que no había nadie. Los domingos, sobre todo en la temporada de verano, eran los días fuertes en el bar, así que el portazo de cierre fue mi única bienvenida.

Me dirigí a la cocina en busca de un vaso de agua fresca. Mientras bebía, mi atención se fijó en un sobre blanco que aguardaba encima de la mesa. La intriga me pudo y no tuve que cometer ningún delito, porque mi nombre estaba escrito en el reverso.

Lo abrí con manos ansiosas, rasgando el papel mil veces, incapaz de hacerlo a la primera.

No entendía lo que tenía en la mano hasta que pude leer «Queen en concierto, Domingo 3 de agosto 22.

30 noche, F.C. Rayo Vallecano». Pero… estábamos a 3 de agosto.

Tenían números y todo y el precio escrito en cada una de ellas.

Parecían reales. Me puse a dar brincos de alegría, con una entrada en cada mano.

Con cuidado de no soltarlas, bajé corriendo las escaleras, directa al bar.

—¡¿PERO ESTO QUÉ ES?! —Entré corriendo, ignorando a todos los clientes.

Mi padre levantó la vista de los vasos que estaba secando y me miró con la sonrisa más bonita del mundo.

—¿Tú no decías que querías ir a verlos?

—Sí, pero… —dudé, mi cabeza hecha un lío, mirando alternativamente las entradas y a mi padre tras la barra—. Estaban agotadas… Y luego… Estas son en Madrid… ¿Esta noche?

Me fijé bien en la fecha y hora.

—Espero que lo tengas todo preparado, que en media hora salimos —dijo mi padre, posando el vaso en la encimera y dándole un beso rápido a mi madre en los labios. ¿Qué? ¿En media hora?

Me acerqué corriendo a mi padre y le di un abrazo de esos que me levantaban del suelo. Dimos vueltas juntos.

—¡¡¡Que vamos a ver a QUEEN!!!!! —grité mientras girábamos como un tiovivo fuera de control.

Un par de los clientes de toda la vida aplaudieron con ganas, incluso se oyó algún que otro silbido. Cuando mi padre me posó en el suelo, corrí hacia mi madre, que con los brazos cruzados tenía una sonrisa igual de bella en los labios.

—Tened cuidado… —me dijo, su voz amortiguada en mi pelo—. Y pasadlo bien.

Me despidió con un beso en la frente y subí corriendo a casa, para preparar… nada.

Realmente íbamos a ir y volver en el día, bueno, en la madrugada, así que solo tenía que vestirme y coger algo de comer si me apetecía. Mi padre ya tenía el coche preparado: tanque lleno, el estuche de casetes listo y unos bocadillos envueltos en albal para la cena.

Media hora después de haber encontrado el sobre, me subía al Ford Fiesta con una sonrisa que no era capaz de borrar y unas mariposas inquietas divirtiéndose en mi estómago. Teníamos varias horas de camino, así que fuimos escuchando algunas canciones para calentar la voz.

—¿Desde cuándo tenías las entradas? —pregunté, al cabo de un par de horas.

—Uf, un par de meses… —reconoció, sin dejar de mirar la carretera—.

Uno de los clientes del bar tiene un conocido en Madrid que había tenido un imprevisto.

Yo había removido cielo y tierra para encontrarlas, así que —se giró hacia mí un instante, con un brillo cómplice en la mirada— encontrarlas había que encontrarlas.

Yo le sonreí de nuevo. El concierto empezó con retraso y yo sentía que las mariposas de mi estómago iban a llevarme volando.

En un momento dado mi padre me subió a hombros y cuando por fin apareció Freddie sobre el escenario, la multitud enloqueció.

Fue increíble. Yo no paraba de saltar y cantar.

De vez en cuando, cuando la adrenalina me dejaba un poco de espacio para volver al mundo real, me giraba y ahí estaba mi padre, dándolo todo, igual que yo.

En una de esas miradas que le eché, él debió notarla, porque se giró y posó los ojos en mí, con una expresión de puro placer.

—¿Te está gustando? —me preguntó, gritando por encima del estruendo.

—¡Es el mejor concierto al que he ido nunca!

—le respondí, gritando sin dejar de saltar.

Era la simple y pura verdad. Irónicamente, también era al único concierto al que había asistido, pero bueno…

Aunque hubiera sido un concierto horroroso, aunque los altavoces no funcionaran o solo emitieran ruido distorsionado, aunque todas las guitarras estuvieran desafinadas o no me supiera ninguna de las canciones, solo por ver esa expresión de felicidad en los ojos de mi padre habría merecido la pena. Por suerte, tuve ambas.

De vuelta a casa en el coche, noté cómo se me agarrotaban los pies.

Menos mal que yo estaba de vacaciones y no tenía colegio, no como mi padre, quien solo tendría un par de horas para descansar antes de bajar al bar a prepararlo todo para una nueva jornada.

Estaba extasiada, mi mente intentaba asumir lo que acababa de vivir.

Desde el asiento del copiloto le contaba detalles del concierto a mi padre como si él no hubiera estado allí.

Hablé sin parar, mi padre escuchando, ilusionado.

Para mí era mi primer concierto. Mi padre, guiado por su pasión por la música, había acudido a unos cuantos por toda España, solo o en buena compañía.

—Ha sido el mejor día de mi vida —dije un par de horas más tarde, hundiéndome en el asiento, atrapada por las garras del cansancio.

El sueño me fue ganando la batalla. Aún nos quedaban un par de horas de coche y ya eran casi las tres de la mañana.

El día había estado lleno de emociones: la sorpresa de encontrar las entradas encima de la mesa, la expectación en el viaje de ida, las horas de espera y las casi dos horas de concierto habían podido con mi pequeño cuerpo de ocho años.

Los ojos se me fueron cerrando contra mi voluntad, aunque seguía conversando con mi padre. En un momento de duermevela, cuando no sabes si hablas dormida o sueñas despierta, le pedí a mi padre que cambiara de casete. «Pon el de los Jackson 5, porfa ».

Supongo que mi padre se inclinaría hacia atrás para coger el estuche guardado en una rejilla detrás de mi asiento. Yo, con los ojos cerrados, solo pude sentir el volantazo y, al abrir los ojos, asustada, me recibió un fogonazo de luz.

Impacto. Airbag. Vueltas de campana. Cristales rotos. Los coches adelantándonos por la carretera.

Los días en el hospital se difuminan entre sí, confundiéndose en una mezcolanza de pitidos, luces y cables. Estuve muchos meses ingresada, caminando en una cuerda floja entre la vida y la muerte. Tengo vagos recuerdos de esos momentos, flashbacks … Y música que sonaba de fondo en mi habitación.

Cuando recuperé la consciencia, vi a mi madre cogiéndome la mano con desesperación y rompiendo a llorar. Yo tenía la voz ronca después de estar varias semanas intubada y no podía hablar mucho, pero solamente con la mirada mi madre me entendió.

—Papá está estable —me dijo, con una sonrisa empapada en lágrimas.

Una verdad a medias. Cuando mi estado mejoró lo suficiente para poder ir a verle, la realidad me golpeó como un segundo choque.

Mi padre estaba rodeado de cables, tubos que entraban y salían de él.

Una máquina a su lado subía y bajaba rítmicamente, al mismo ritmo que su pecho.

Tenía moratones bajo los ojos, como un maquillaje fuera de lugar.

Debido a la dureza del golpe y una gran hemorragia cerebral, había entrado en coma.

Sin embargo, la lesión era tan grave que solo quedaba esperar.

Esperar tanto que aún a día de hoy sigue en la habitación 312 del Hospital Universitario, veinte años después, en un estado vegetativo del que nunca han podido sacarle.

Yo voy a menudo para enseñarle los nuevos discos que han salido, para que los conozca, y las canciones que sé que le gustan, para que las disfrute.

Aunque no he podido volver a escuchar a Queen después de aquello…