Leyendo en casa de la señora Parks 22
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—¿Cuál es tu secreto?

Tras confirmar con Azucena que sufría de alexia, Gabriela intentó convencerla de ir a ver a un médico o un logopeda, quizá podría ayudarla.

La anciana rechazó la ayuda, escudándose en la certeza de que con esos años su cerebro ya no era el que había sido y que no merecía la pena, que prefería su visita diaria para disfrutar de la lectura.

Así que, durante unos días, las sesiones de lectura transcurrieron como siempre.

Gabriela entraba, se sentaba en el sillón de siempre, cogía el libro que estaban leyendo en ese momento y dejaba que la anciana tomara la posición de siempre.

Leía en voz alta hasta que el reloj daba las siete y tomaba el autobús de siempre.

Sin embargo, el día que acabaron ese libro, viendo que las agujas del reloj formaban un ángulo plano, Azucena la invitó a un té.

La anciana actuó como siempre, preparando un té y un café, el primero para la invitada, el segundo para la anfitriona, dejando que Gabriela se sentara en la silla de siempre.

Dejó las tazas sobre la mesa y en esta ocasión, sin embargo, se sentó a su izquierda, no frente a ella, donde estaba acostumbrada.

Entonces le soltó la pregunta a bocajarro, sin dar tiempo a la joven a situarse ni a preparar una estrategia.

—¿El mío?

Para gusto de Azucena, la pregunta la pilló por sorpresa y, sin embargo, Gabriela sabía de sobra la respuesta.

Se hizo la tonta, rezando a un Dios en el que no creía para ver si el oleaje pasaba.

No se daba cuenta de que estaba ante una marinera experimentada, que conocía el mar y sus olas como las arrugas de la palma de su mano.

—He pasado demasiados años ocultando un secreto cómo para no saber cuándo alguien esconde uno. Y tú, querida mía —enfatizó con un dedo índice acusador, guiñando un ojo—, lo llevas escrito en la frente desde el primer día en que te vi.

Gabriela la miró perpleja, intentando mantener una expresión neutra y que sus ojos no dejaran entrever cómo la presa que mantenía todos sus sentimientos en su sitio se resquebrajaba.

Una batalla mil veces librada volvió a tomar lugar en su interior.

Ambas contrincantes subieron al ring. Solo que, por primera vez en toda su vida, las apuestas no estaban tan claras.

En un lado apareció una Gabriela renqueante, llena de heridas y moratones, con la cabeza aguantando a duras penas el peso del casco.

Esa Gabriela, la que deseaba liberarse de su carga, a pesar de estar llena de cardenales y contusiones, se había vuelto más fuerte.

Tenía un referente en cuyos ojos había visto el alivio al alcanzar aquello que tanto ansiaba.

Sin embargo, en el otro extremo del ring estaba una Gabriela ilesa.

Esta, la que tenía miedo de la opinión ajena, había ganado tantas veces la pelea que un exceso de confianza la impediría esforzarse, de tan confiada que estaba en el resultado final. Siempre era igual.

—No sé de qué me habla… —soltó, poniéndose a la defensiva. La Gabriela invicta avanzó con paso firme y asestó un derechazo, directo al estómago de su contrincante y tirándola al suelo.

Liberar aquello que lleva tiempo escondido da tanto miedo que a veces preferimos guardarlo para nosotros mismos, sin saber que la misma agua que nos nutre nos envenena poco a poco.

Y la mosca, atrapada en una planta carnívora, ante el miedo a darse cuenta de dónde está, prefiere quedarse inmóvil, contentándose con morir poco a poco.

En el mismo momento en que hablara, rompería el hechizo.

La casa de la señora Parks dejaría de ser su lugar seguro.

Dejaría de ser la razón por la que había seguido acudiendo todos estos meses.

Y, sin embargo, ansiaba decirle la verdad.

De todas las personas que había en el mundo (de todas las que conocía, al menos), Azucena era una de las pocas que podía entender sus preocupaciones.

Pero ¿y si no? ¿Y si ella tampoco la entendía?

La cabeza de la lectora trabajaba a mil por hora, mientras la de la oyente estaba en calma.

Conocía de sobra la batalla que se estaba librando ahora mismo en la mente de la joven —había sido anfitriona unas cuantas veces— y sabía que aún no debía interrumpir.

Gabriela pensó en todas las veces que había dudado en contarle su secreto a alguien.

A Belén, a su madre, incluso a Iván. En cómo había reculado todas y cada una de las veces.

En cómo había temido convertirse en una carga para los demás y cómo poco a poco esa gota negra en el océano había acabado convirtiéndose en un embalse lleno de ponzoña.

Gracias a que había construido la presa, todo seguía en su sitio, pero ¿por cuánto tiempo?

¿Sería toda la vida así? ¿O sería posible encontrar algo de paz?

Unas sutiles grietas aparecieron en la pared de la presa.

Cuando Azucena vio ese punto en la mirada de Gabriela —ese atisbo de duda, casi imperceptible para el ojo humano, pero no para el suyo—, sabía que era el momento adecuado.

Arrastró los brazos encima de la mesa y atrapó las manos de la joven, que sujetaban con fuerza la taza humeante.

La anciana entrelazó sus dedos, rompiendo la tensión en los otros y esperó el momento en el que la joven levantara la cabeza y la mirara a los ojos.

—Tú me pediste sinceridad y ahora te la estoy pidiendo yo a ti —susurró cuando unos ojos a punto de ceder se fijaron en los suyos—. A mí me costó casi setenta años comprenderlo, no quiero que tú tengas que llevar esa carga tanto tiempo.

Quien piense que las palabras no son un arma, no conoce la compañía, el amor ni el afecto.

Esas dos frases impactaron de lleno en la pared resquebrajada de la presa que Gabriela se había esmerado en construir estos últimos años, rompiéndola en mil pedazos.

La fuerza del agua rompió el silencio en medio de la pelea, captando la atención de la boxeadora imbatida, que se giró para ver de dónde provenía aquel ruido.

La Gabriela llena de moratones se levantó del suelo del ring, recogiendo toda la fuerza y rabia acumuladas durante años de derrotas, y asestó un derechazo directo a la mandíbula.

Un solo golpe, bien colocado y en el momento adecuado, valió para dejar fuera de juego a aquella que no había conocido la derrota.

Tras aquel resultado, ellas ya lo sabían: sería su última pelea.

Gabriela bajó la cabeza hacia ese par de manos entrelazadas que se mostraban ante ella y, como si estuviera leyendo su propia historia en las arrugas de los dedos de la anciana, empezó a hablar.

Como el agua saliendo por la grieta de su embalse particular, cuando las palabras empezaron a salir de su boca ya no pudo parar y se lo contó todo.

Todo.