Leyendo en casa de la señora Parks 21
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—Candela, después de unos años, acabó yendo a la universidad.

Fui yo la que la animé a ello, apoyada por parte de la herencia que me quedó cuando Norman falleció a causa de un cáncer.

No quería que se quedara toda la vida trabajando en una casa.

Después, vinisteis el resto: Patricia, Jimena, Iván, tú…

De algunos de ellos ya no me acuerdo del nombre, han sido tantos años…

Pero dentro de mi cabeza siempre se quedarán guardadas vuestras voces y los libros que he podido leer gracias a vosotros.

«¿Le puedo dar un abrazo?». Azucena había asentido, con los ojos brillantes, y se habían despedido justo después.

Gabriela seguía dándole vueltas a la historia tan rocambolesca que había escuchado aquella tarde: la infancia de la señora Parks, su vida con Norman, el accidente con Eleanor…

De camino al autobús, se había puesto los cascos, que, por una vez en su vida, agradecía que estuvieran mudos: necesitaba silencio para pensar.

Tenía la cabeza que echaba humo. Le chocó el hecho de que en un cuerpo tan pequeño pudiera caber tanta vida y tantas malas experiencias.

Cómo todo podía esconderse detrás de una fachada de arrugas y canas. Pensó si ella en el futuro sería igual.

Entre preguntas y cuestiones, la mente se desvió hacia el tema más notorio y asombroso.

EL tema. Nunca había sido mucho de ciencias, pero le parecía increíble cómo el cerebro humano podía ser capaz de eso.

¿De verdad una persona podía desaprender cómo leer, de la noche a la mañana, conservando intactas las capacidades de hablar y de escribir?

Se imaginó que de un día para otro se le olvidara andar en bicicleta o que, al escuchar la música, no pudiera identificar una melodía y lo único que llegara a sus oídos fuera un pitido de sonido plano. Se estremeció.

Le había preguntado a Azucena por qué no había pedido la opinión de otros médicos.

Norman se opuso, excusándose en el hecho de que la vista no estaba afectada.

«¿Qué más da si no puedes leer?». Si ese tal Norman le hubiera soltado una pregunta como esa a la cara, le habría metido una buena bofetada.

La sangre le bulló por dentro. Luego se dio cuenta de que eso no cambiaría nada.

Norman estaba muerto, los años habían pasado y nadie se los podría devolver a Azucena.

Pero seguro que habría algo que se podría hacer ahora, en el presente.

Gabriela se paró de súbito en medio de la acera, obligando a un par de chicos que caminaban con paso rápido a sortearla con pericia.

Tenía que haber una respuesta; y seguro que también una cura.

Ahora mismo las desconocía, pero sabía dónde podría encontrarlas.

Cruzó la calle y echó a correr. Miró su reloj.

Quedaba menos de una hora para que cerraran.

Se instaló rápidamente en su ordenador y lo encendió, bolígrafo en mano.

Navegó con premura por la Red, haciendo anotaciones en una hoja rasgada que había encontrado vagando por su mochila.

Acompañada de un fiel escudero en forma de diccionario, estuvo consultando artículos científicos de los que desconocía la mayoría de las palabras.

Se sentía un poco como Azucena: aunque ella sí podía leer las palabras, parecían intrincados jeroglíficos ante sus ojos, el significado totalmente desconocido.

Tras un buen rato de búsqueda, dio con una pista que le llevó a un libro publicado a finales de los 80, con diferentes ediciones más actualizadas. Rebuscando en los pasillos de libros científicos, dio con él, y guiada por el índice, encontró la respuesta que estaba buscando.

Al día siguiente, Gabriela intentaba sin éxito disimular la gran sonrisa que decoraba su cara.

El ansia de contarle la noticia la había mantenido en vela toda la noche y se había pasado la mañana en el bar echando miradas constantes al reloj, ansiando el momento de acabar su turno y poder ir a visitar a Azucena.

Todavía no eran las cinco, pero no se había podido aguantar más.

Abrazaba el libro con fuerza, el que había sacado ayer de la biblioteca momentos antes de que cerrara.

Se le saltaba la risa cuando rememoraba el comentario que había hecho Belén.

«Después de tantos años, nunca pensé que tu primera opción para sacar un libro de la biblioteca fuera esta», había dicho la bibliotecaria con una ceja levantada, mientras pasaba el código de barras al libro, para tendérselo después por debajo de la cristalera tras ojear por segunda vez la portada.

«Es para ayudar a una amiga», había respondido ella.

Aunque era un tema que no controlaba en absoluto, palabras largas y gran parte de vocabulario indescifrable, se había quedado hasta altas horas de la noche pasando las páginas, intentando comprender.

Finamente, cuando los ojos levantaban bandera blanca, apagó la luz y se acostó con una sonrisa fijada en los labios.

Con la alegría rebosando de cada poro, visualizando el momento en que le diera la noticia, levantó la cabeza hacia la ventanilla, viendo pasar una conocida tienda de ropa…

Una tienda que normalmente estaba más allá de su parada.

«Mierda». Pidió permiso a la mujer sentada junto a ella para que la dejara pasar y de paso darle al botón rojo disimulado en uno de los postes.

Los metros que la separaban del portalón de la señora Parks los recorrió medio corriendo, sin hacer caso al ruido sordo que retumbaba en su rodilla derecha.

Llevaba el libro bien protegido entre los brazos, le daba pavor tener que devolverlo y que estuviera doblado o manchado.

Abrió la puerta y saludó con efusividad, plantándose rápidamente en el quicio de la puerta de la salita con la sonrisa, que se había hecho más grande con el paso de las horas, iluminando su rostro y el libro abrazado contra su pecho.

Cuando la señora Parks la miró, después de revisar la hora en su reloj de muñeca, Gabriela la interrumpió incluso antes de que pudiera hacer ninguna pregunta. Emitió una sola palabra. O un nombre.

—Alexia.

La anciana levantó aún más la ceja que mostraba su desconcierto.

—¿Quién? —preguntó, con la incertidumbre pintada en el rostro.

—Quién no, qué —aclaró Gabriela, ensanchando hasta el límite de lo imposible su sonrisa y acercándose hacia la anciana.

Posó el libro que había sacado de la biblioteca en la mesa, abriéndolo por la página que había marcado la noche anterior con una antigua entrada de cine—.

El síndrome que sufre usted se llama «alexia», «alexia sin agrafia» para ser más exactos —leyó directamente del manual que había sacado de la biblioteca, subrayando con su dedo índice el título del capítulo.

Gabriela leyó una vez más en voz alta para la señora Parks.

Esta vez no era ninguna historia fantástica, ningún recuerdo del pasado ni utopía del futuro: era un manual de logopedia.

Sin embargo, quizás era el texto más importante que había escuchado en toda su vida, porque por fin, su condición, su freno, tenía nombre; y no se puede temer a aquello que nos es conocido.

—«La alexia puede presentarse en dos formas diferentes, con o sin agrafia» —leyó Gabriela en voz alta, con su sonrisa modulando el tono de su voz y la anciana bien pegada a su hombro—.

«La alexia pura o sin agrafia, forma más simple de las dos, es un síndrome clínico caracterizado por un trastorno en la lectura con preservación de otras funciones del lenguaje que incluyen la escritura.

Las causas principales de este síndrome son las lesiones que afectan la corteza visual izquierda y el rodete del cuerpo calloso, así queda la corteza visual derecha “desconectada” del área de integración visual (área 39) del hemisferio parietal dominante, que ha sido denominada por otros autores como centro de la lectura y de la escritura».

Esa parte aún no la he entendido muy bien, quizás revise algún manual de anatomía, pero bueno.

—Saltó un par de párrafos y siguió leyendo—.

«Los pacientes afectados por este síndrome no son capaces de nombrar las palabras o letras que se le señalen.

Mantienen intacta la capacidad de escribir con fluidez, a pesar de que, una vez plasmado en el papel, sean incapaces de leer lo que han escrito».

Azucena miró el manual con los ojos como platos.

Gabriela se apartó suavemente y la anciana acunó el manual entre las manos, apoyándolo en el regazo.

Las lágrimas nublaron su vista, aunque ya no importaba.

Nunca unas palabras escritas habían sido tan claras.

Pasaba las hojas con mimo, deslizando los dedos por los diagramas que aclaraban las diferentes clasificaciones, por los listados de síntomas…

, por la explicación que había anhelado tantos años.

La prueba irrefutable de que no se había inventado nada.

Con manos temblorosas se acercó el libro a la cara y aspiró el aroma de sus páginas.

Obtuvo un efluvio de certeza, de aquella respuesta mil veces buscada y por fin encontrada.

Cuando lo separó, lágrimas valerosas se acumulaban en sus ojos, dispuestas a salir.

Lágrimas de alivio retenidas durante más de medio siglo.

—Nunca estuve loca, Eleanor, nunca lo estuve…

—susurraba para sí, entre hipidos, entre lágrimas saladas que, después de tantos momentos amargos, caían por fin, dejando tras de sí estelas dulces.

Giró la cabeza hacia Gabriela, que se había mimetizado con el fondo, dejando que Azucena tuviera el momento para el que había estado esperando tantos años, a pesar de que la desesperanza le hubiera hecho olvidarse de buscar respuestas.

La joven respondió como un espejo, con una sonrisa de alivio bañada en lágrimas. Esta vez fue Azucena la que se levantó de su sillón y le dio un abrazo a la joven, un abrazo fuerte, sincero. Amoroso y mullido.