20
Como se hace en todos los ambientes de poder, la familia de Julián y de Eleanor se preocuparon de proteger con mimo los detalles de su muerte. Nadie quería un escándalo que manchara el nombre de la familia, incluido Norman, quien temía verse salpicado.
Anunciaron que Eleanor había fallecido de un problema en el corazón.
Una afección tan rara como fulminante. No había presentado síntomas y de la noche a la mañana había aparecido muerta en su lecho.
En mi caso, ni siquiera pregunté qué excusa habían dado para explicar mi estancia en el hospital y mi convalecencia.
No me importaba. A las chicas del servicio tampoco se les ocurría preguntar, aunque yo sabía que los susurros son los mensajeros más rápidos y eficientes de este mundo.
La posguerra no tuvo ningún tipo de miramiento y, entre defunciones, retiradas y desapariciones, Candela quedó como única superviviente del servicio.
Una tarde, Norman estaba en su despacho, trabajando; Frederick, durmiendo, y yo en la salita, con un libro entre las manos apoyado en mi barriga incipiente: uno de esos nefastos intentos de recobrar la capacidad de lectura.
Candela se acercó con paso sigiloso por detrás.
—Buenas tardes, señora Parks, ya he acabado todo. ¿Le importaría si cojo un libro?
Yo asentí silenciosamente con un gesto, sin despegarme de las páginas.
Solo estábamos nosotros tres y la indiferencia me había invadido hasta tal punto que si Norman salía y cometía una locura por ver a una sirvienta descansando en una de las zonas comunes, hasta se lo hubiera agradecido.
Candela se sentó en una de las sillas libres.
Yo seguí con mi particular tortura, hasta que unos minutos después decidió romper el silencio, volviendo a traer algo de luz a mi vida.
—¿Quiere que lea para usted? —me preguntó en voz baja.
Yo levanté los ojos, sorprendida. Candela tenía la mirada fija en mi libro. Fruncí el ceño, posando una pregunta muda. «¿Por qué vas a leer para mí?».
—Me he fijado que desde que tuvo el accidente coge a menudo los libros al revés. O que de vez en cuando se queda clavada en una página durante varios minutos antes de pasar a la siguiente —dijo bajando los ojos, retorciéndose las manos entre sí.
Mi pulso se aceleró. En un primer momento sentí vergüenza, que fue rápidamente sustituida por la furia.
Sin embargo, poco a poco las palabras que habían resaltado mis temores se diluyeron en el silencio y solo quedamos Candela, yo y cientos de libros.
Ella tenía la vista fija en mi vientre, el punto justo para mantener la cabeza gacha y, a la vez, poder percibir mi expresión facial.
Aunque me dolía mucho, Candela tenía razón.
Por mucho que lo intentara, con poco acierto, además, por lo que me acababa de confesar, los años volaban y seguía siendo incapaz de leer.
Cada día que pasaba mi sufrimiento pesaba más y no sabía cuánto tiempo podría seguir intentándolo antes de volverme loca.
Reticente, cerré el libro que tenía entre las manos.
Candela levantó la cabeza al percibir el movimiento.
Me incliné en el butacón, sin llegar a levantarme, y lo posé en la mesilla que estaba entre las dos.
Nuestros ojos se encontraron durante un par de segundos.
Acto seguido, me recosté un poco en el sillón y cerré los míos.
Candela entendió perfectamente y, sin emitir un solo ruido, recogió el libro de la mesita y empezó a leer.
Se notaba que no tenía la soltura de alguien que llevara toda la vida leyendo, pero sabiendo que hacía solo unos años que había aprendido, no lo hacía nada mal.
Mi voz se retiró a una esquina de mi mente, dejando espacio a la suya, que inundó mi cabeza como si la autora hubiera decidido salir de las páginas y narrar su propia novela en voz superpuesta.
Candela fue mi primera lectora. Con el paso de las sesiones, mi cerebro acogió esta voz que solo había oído en el exterior y la abrazó como mi monólogo interno.
Con ella aprendí a dejarme llevar, a vivir la lectura de un modo que nunca había experimentado y al que, desgraciada o afortunadamente, me tendría que acostumbrar.
Gracias a Candela pude seguir disfrutando de las historias, de la ficción, del ensayo.
Cuando ella no estaba, yo cogía un libro e intentaba descifrar las palabras que estaban ante mí, sin éxito.
Cuando nos quedábamos solas, Candela venía. Ella leía, yo escuchaba.
Con ella empecé también la costumbre de coger un libro entre las manos, acompasando el cambio de página cuando oía el suave crujir que me indicaba el suyo, simulando que yo también leía, para ver si así, algún día, mi cerebro recordaba cómo hacer aquello que durante tantos años me había hecho sentir viva.