19
—Y a día de hoy, sigue sin poder leer… —dijo Gabriela, con un tono entre la afirmación y la pregunta. La señora Parks asintió en silencio—. Pero el otro día…
La anciana sacudió la cabeza y soltó una risa amarga que no emitió sonido alguno.
—Soy muy cabezona y nunca pierdo la esperanza.
De vez en cuando cojo un libro e intento concentrarme, para ver si, esa vez sí, puedo leer de nuevo…
—Se quedó con la vista perdida encima de la mesa—.
A veces paso las páginas con calma, como si disimulando que realmente sé lo que estoy leyendo pueda convencer a mi cerebro; otras, me fijo con fuerza en las letras, pero ninguno de los métodos es efectivo.
—Entonces, ¿no tiene ningún problema de visión?
—Ninguno… Mi vista, tanto de lejos como de cerca, es impecable. Nunca en mi vida he necesitado utilizar gafas, paso anualmente la revisión en el oculista.
Gabriela frunció el ceño.
—¿Y cómo le revisan la vista, es capaz de distinguir las letras?
—No del todo. Usan una versión de la tabla que utilizan los oftalmólogos, pero para gente analfabeta o los niños que aún no saben leer.
—Ah…
Gabriela empezó a comprender muchas cosas: los mandalas perfectamente coloreados, la aguja enhebrada sin esfuerzo, la aprensión a los días lluviosos… Sin embargo, había una cosa que todavía no le cuadraba.
—Pero, su letra… Usted escribe muy pequeño, escribió la nota y la carta. Es más, escribe. ¿Puede leer lo que escribe?
—Solamente durante unos instantes. Es como si fuera un truco de magia; mientras el bolígrafo está en contacto con el papel, el hechizo se mantiene en pie.
—La anciana se resguardó en la taza de café, con los dedos sujetando un bolígrafo invisible—.
Una vez termino una frase o dejo la nota para hacer otra cosa, la magia se pierde y se vuelven líneas aleatorias de nuevo, como las que rellenan los libros.
La anciana separó los dedos y el bolígrafo de aire se evaporó.
Gabriela miró hacia las estanterías que asomaban por la puerta de la cocina.
Todos los volúmenes que los poblaban, seres inertes para la señora Parks.
A menos que alguien viniera a despertarlos, para ella no eran más que hojas llenas de garabatos.
—¿No le resulta duro vivir rodeada de ellos sabiendo que no puede leer ninguno? —La pregunta salió de su boca sin darle tiempo a su cabeza para reflexionar, sus ojos retenidos por los reservorios de palabras.
Azucena siguió la dirección de su mirada.
Nunca se lo había contado a nadie. Se sentía liberada de un peso que creía que formaba parte de ella.
Tras tantos años imbuido en su piel, estaba convencida de que se había convertido en una parte más de su ser, como el corazón o los pulmones.
Se levantó y, tras pasar la puerta, paseó la mirada por las estanterías de la salita.
Miró más allá, como si a través de los muros pudiera ver todos los libros que habitaban aquella casa, los que completaban las estanterías de otros hogares, de los colegios, de las bibliotecas…
Con un suspiro de nostalgia, negó con la cabeza.
—No… —Aunque luego rectificó—. Bueno, tengo que admitir que al principio sí, los primeros años tras el accidente sí.
Luego no. Los libros tienen algo especial, algo mágico —dijo, con ojos brillantes de emoción perdidos en la inmensidad de historias—.
Siento que estoy acompañada de todas las vidas que he vivido a lo largo de mi existencia.
Me siento rodeada de fieles amigos, aunque ya no nos podamos comunicar a solas.
Los libros me han permitido vivir todas aquellas vidas que no he podido vivir físicamente, tanto los que pude leer yo en mi juventud como los que me habéis leído otras personas a lo largo de mi vida.
Azucena siguió con la mirada perdida en las estanterías, con la verdadera razón por la que se había aferrado a aquella casa rondándole la mente.
—También está el hecho de que esta casa me trae muchos recuerdos de Eleanor —confesó—. Ella se sentaba en el mismo butacón en el que te sientas tú normalmente.
Azucena se giró hacia Gabriela, que la había seguido silenciosamente desde la cocina.
—¡No, hombre, no! —rio Azucena, cuando vio el pánico reflejado en sus ojos.
Se acercó con pasos torpes para tranquilizarla, sujetándole el brazo—.
Seguro que Eleanor estaría encantada de que estuvieras ahí sentada.
Tú y todos los que habéis podido pasar por ahí para hacerme la vida un poco más fácil.
—Le cogió las dos manos—. Nadie reemplazará nunca a Eleanor, pero el tiempo que escucho a otra persona leer y estoy viviendo una vida diferente a la mía, es tiempo en este mundo que no me duele el corazón pensando en ella.
Gabriela se estremeció, extrapolando sus propias vivencias a lo que acababa de decir la anciana. Ella sentía con la música algo similar, aunque no necesitara a nadie para poder escucharla.
—¿Cuándo empezó a contratar a gente que leyera para usted?
—Fingí durante mucho tiempo —susurró Azucena, zambulléndose de nuevo en sus recuerdos—. Hasta que Candela me salvó.