18 #3
Ni siquiera pude ir al velatorio o al entierro.
Se celebró mientras seguía ingresada. En casa, descubrí que el pilar de mi vida había desaparecido.
No estaba roto, ni siquiera en pedazos. Se había volatilizado.
Mi existencia, sin nada sobre lo que apoyarse en el mundo, flotaba en un vacío en el que el tiempo era relativo.
Las horas dejaron de tener sentido y los meses se camuflaron unos con otros.
El sol y la luna se intercambiaban turnos sin ningún orden.
Aunque en el exterior una estación daba paso a la siguiente, en mi mundo el tiempo se había detenido el día que supe que Eleanor ya no estaba en él.
La culpa y la pena me carcomían y me pasé días enteros sin salir de la habitación, sin comer ni beber apenas, haciendo mis necesidades en la bacinilla, que las chicas cambiaban con diligencia.
Perdí tantos kilos que ni siquiera me reconocía en el espejo.
El primer día que reuní el coraje suficiente para arrastrarme fuera de la cama y sentarme en el salón principal, la luz del sol me hizo daño y tuve que guiñar los ojos para soportar el brillo.
Poco a poco mis ojos se fueron acostumbrando y cogí un libro de la estantería, para sentarme acto seguido en uno de los butacones.
Quería buscar refugio en vidas inventadas, mundos que no existieran, problemas que me fueran ajenos; no tener que enfrentarme a la brutalidad del mundo real.
Al mirar la primera página, temí haber cogido un volumen en un idioma extranjero, ya que las palabras se mezclaban ante mis ojos como hilos desordenados dentro de una caja de costura.
Cogí otro volumen y me pasó lo mismo. Se me empezó a acelerar el pulso.
Fui sacando diferentes libros, de todos los tipos y tamaños, para arrojarlos acto seguido con rabia al suelo.
Algo le había pasado a mi cabeza, algo que había convertido las palabras en…
líneas. Líneas sin sentido ni dirección, como mi vida en ese momento.
Me agarré la cabeza con las manos y grité, arrodillándome en el suelo, rodeada por un cementerio de volúmenes despechados.
Nadie supo decirme qué tenía. Cuando se lo comenté al médico que venía a pasar las revisiones a domicilio, me comentó sin darle mucha importancia que serían secuelas de la hemorragia cerebral, o del shock tras el accidente.
«El cerebro tiene ahora mismo muchas cosas que gestionar.
Un compañero me comentó que falleció una amiga suya.
La acompaño en el sentimiento. Ya vendrá solo, no se preocupe», me dijo con un gesto despreocupado de la mano, antes de coger su maletín y abandonar la habitación.
Pasaron los meses y solo vino la guerra.
Meses muy duros, una espiral de sombra y soledad en la que el sentido de la vida no tenía cabida.
Me planteé muchas cosas… Norman, apoyado por los médicos, decidió que el mejor remedio para mi tristeza y pasar página sería tener un hijo.
No entendían que la vida no es un libro y no se puede «pasar página» como quien cambia de capítulo en una novela.
Cuando tuve a Frederick, lo que se suponía que me iba a hacer feliz, que me iba a traer luz a todos estos meses de oscuridad, me hizo hundirme más en el pozo.
Solo podía recordar las palabras de Eleanor y esa promesa que nunca podría cumplir.
Por mi culpa, me lo tenía merecido. Durante muchos años mis demonios me convencieron de que merecía sufrir por lo que le había hecho a ella y a su familia.
En varias ocasiones vi a Paul con su niñera, en pantalones cortos y calcetines altos, con la misma mirada de su madre.
Me aliviaba saber que, si ese niño algún día se fijaba en mí, nunca me reconocería.
Nunca me perdonaría haber dejado a un hijo sin su madre.
El nacimiento de Frederick me obligó a vivir.
No le dediqué toda la energía que necesitaba porque mi duelo me lo impedía y el estallido de la guerra tampoco ayudó.
Mi corazón en pedazos no podía dar amor cuando había dejado de creer en él.
Egoístamente, los dos o tres primeros años de Frederick me salvaron.
Quizás fue un salvamento algo bruto, como inundar una cocina de agua solo porque una sartén está en llamas.
El incendio se apaga, pero el agua arrastra el resto de muebles en el proceso.
Cuando mis pensamientos se volvían demasiado oscuros, una voz cruel en mi cabeza me reprendía.
«Ya has dejado a un niño sin su madre, ¿vas a volver a hacer lo mismo? Egoísta».
Acabé acudiendo al cura de la iglesia para desahogarme.
Yo, que había renegado de la religión una vez acabado el colegio, acudía a ella como última opción, amparándome en el secreto de confesión.
La desesperación te lleva a cuestionarte tus propios valores.
«Esa incapacidad para leer es un castigo de Dios, señora, por seguir las sendas del pecado.
Debe aceptar Su decisión con entereza y hacerse responsable de sus actos.
Quizás, si lo hace con suficiente fe, un día el Señor le perdonará».
Cuando volví a pasar por delante del Café Europa, tras la guerra, el local estaba cerrado, tablones de madera bloqueaban los grandes ventanales.
El pozo se volvió más profundo. Estuve a punto de creer que todo había sido una ilusión, que no habían existido ni Mariluz, ni Ángeles…
Ni Eleanor. Que eran producto de mi imaginación. Que me estaba volviendo loca.
Me encerré en mí misma. Ni siquiera podía refugiarme en la lectura.
Cuando cogía un libro entre las manos, concentrándome para que los caracteres tomaran forma ante mí, estos se enmarañaban en figuras extrañas, desconocidas, totalmente indescifrables.
En el momento en el que más necesitaba escapar del mundo real, hasta mis fieles aliados me habían abandonado.
Durante años estuve sola. Totalmente sola.