Leyendo en casa de la señora Parks 18 #2
76%

18 #2

Días después, cuando recobré la consciencia en el hospital, los médicos me contaron que fue uno de los bomberos el que nos encontró, gracias al vestido naranja de mi amiga que destacaba en medio de la hierba, cuando acudieron para revisar un árbol que había sido golpeado por un rayo.

Yo ignoré toda la información sobre mi estado —había pasado varios días inconsciente, tenía varias fracturas repartidas por todo el cuerpo, y aún no me encontraba del todo fuera de peligro— para preguntar cómo estaba Eleanor.

Me respondieron con evasivas. «Está en la Unidad de Cuidados Intensivos, no se permiten visitas».

«Le avisaremos si hay algún cambio en su estado, no se preocupe». «Pronto podrá verla».

Norman vino a verme, furioso porque había tenido que coger un tren urgente al recibir una llamada avisándole de que había tenido un accidente. Me increpó, preguntándome por qué estaba por ahí haciendo tonterías. No atendí a sus imprecaciones y seguí preguntando por Eleanor.

Durante esos días iniciales de rehabilitación, pensaba en recuperarme solo por verla.

Comía lo que me decían las enfermeras, hacía los ejercicios que me mandaba el médico, solo por ponerme mejor y poder ir a visitarla.

Me la imaginaba en una sala oscura, con miles de cables y tubos saliendo por y a través de ella, y tomaba fuerzas de donde no las tenía para poder ver una vez más esos ojos celestes analizándome el alma.

Me sentía tremendamente culpable. Si yo hubiera ido delante, no la habría hecho caer.

En los días más oscuros, la esperanza de verla una vez más, poder escuchar su risa, era lo único que me daba fuerzas para despertarme por las mañanas.

Cuando me estabilicé y pudieron sentarme en una silla de ruedas, un médico entrado en años, con gafas de pasta y expresión seria, me anunció la muerte de Eleanor.

Si no supiera que es imposible, que el corazón es un músculo y no un hueso, te habría dicho que en ese mismo instante se me rompió en mil pedazos, porque los sentí todos y cada uno de ellos clavándose dentro de mi pecho.

Te prometo que oí cómo se rompía. Un martillo gigantesco que habían dejado caer con rabia sobre una delicada vasija de porcelana blanca, produciendo una onda expansiva de esquirlas punzantes y mortíferas que dañaban todo aquello que encontraban a su paso.

Mis pulmones dejaron de respirar por unos segundos.

La sangre se detuvo en mis venas. «No es posible», gemí.

Durante varios días se libró una batalla encarnizada en mi interior.

El cerebro era el más coherente de los dos, pero el corazón no tenía oídos, o no quería tenerlos, y no escuchaba su ausencia.

No entendía que Eleanor ya no estaba. Me asedió durante interminables días y noches postrada en aquella cama de hospital, con oleadas de amor que, al no tener destinataria, me ahogaban lentamente.

Mi cabeza sabía que no había nada que hacer, que era inútil.

Sabía que ya no podría ser y sobrevivió a los envites del corazón estoicamente, esperando una rendición.

Por suerte, mi corazón comprendió a tiempo, antes de matarme de amor.

Tras los días de bloqueo, empezaron a salir las lágrimas, sin límite ni freno, durante días enteros.

Los médicos me aconsejaban que tuviera cuidado, que las fracturas de mis costillas aún eran inestables.

¿Qué querían que hiciera? ¿Que me arrancara las entrañas para dejar de sentir?

Lo hubiera hecho encantada. Haberme roto todos los huesos del cuerpo no me habría dolido una milésima parte de lo que me dolió saber que había perdido a lo que más he querido en este mundo.

De alguna forma que aún no consigo comprender, a través de toda esa pena y desasosiego, mi cuerpo fue capaz de recuperarse.

Meses después salía del hospital por mi propio pie.

Minutos antes de volver a casa, una enfermera se acercó a hurtadillas a mi habitación para confesarme que Eleanor no había llegado ni siquiera al hospital, que los propios bomberos que pidieron una ambulancia para mí, al ver que yo aún respiraba, confirmaron allí mismo que ella había fallecido.

Las heridas que había sufrido en la caída, con un golpe en la cabeza muy similar al mío, habían sido letales.

Me dijo todo esto con las lágrimas asomando por sus ojos.

A pesar de la dureza de sus palabras, agradecí saber la verdad.