18
Aunque las aguas volvieron a su cauce, las mías seguían turbias, no habiéndose recuperado totalmente del terremoto que las habían sacudido durante varios días.
Una parte de mí quería olvidarlo todo y volver a meterme de lleno en la relación con Eleanor, enterrando los reproches y remordimientos, mientras la otra aún se lamía las heridas, demasiado recientes para cerrarse tan fácilmente.
Eleanor era una mujer experta en leer almas ajenas y siento que, por eso, uno de los días que volvíamos del club de lectura me propuso un plan.
—Hace tiempo me comentaste que Norman tenía un viaje de negocios por estas fechas, ¿no? —me preguntó—. Esta semana, creo que me dijiste.
—¡Sí! Es esta semana —respondí, con una sonrisa difícil de ocultar.
Norman se ausentaría durante varias noches. Me emocionaba la idea de tener la casa para mí sola, poder estar tranquilamente leyendo en la salita hasta altas horas de la madrugada, no tener que fingir ni esconderme por las noches.
—¿Qué te parece si hacemos una visita a nuestro rincón secreto? —me propuso Eleanor con un codazo cómplice, levantando una ceja provocadora—. Una merienda, un par de libros… Para que las aguas se apacigüen de una vez por todas.
Entreví un deje de nostalgia en su voz, probablemente por haber perdido ese punto de complicidad que nos estaba costando recuperar.
Me hizo una ilusión increíble que lo llamara «nuestro rincón secreto», cuando siempre había sido el suyo; y que se acordara de mi comentario sobre la ausencia de Norman.
En la batalla mental entre mi yo rencorosa y mi yo indulgente, la segunda fue más fuerte y tomó el control de mis labios.
—Hecho —accedí—. Norman se va mañana. ¿Quedamos el sábado?
Aquella noche, mientras Norman se esforzaba al máximo en la cama, yo tenía la cabeza en la salida con Eleanor.
El día previo estaba nerviosa como una niña a punto de salir de excursión.
Habíamos ido al claro cientos de veces, pero esta vez tenía algo que lo hacía más especial.
Después de que Norman se fuera, preparé un bizcocho de limón: si Eleanor se quedaba varada en una isla desierta, con abastecimiento ilimitado de bizcocho de limón y lectura, habría aceptado su destino sin remordimientos.
Estábamos habituadas a bajar en primavera y en verano.
En otoño, no tanto. Eleanor estuvo a punto de llevar un vestido verde que le encantaba, pero que descartó frente a otro naranja pálido de entretiempo.
Preparó un postre de pistacho porque sabía que era mi preferido.
Era su manera de hacer las paces, aunque ese día decidí que para mí ya estaba todo olvidado.
Me daba vergüenza la reacción desmedida que había tenido, una pataleta de niña mimada por una situación que no la merecía, y estaba más que dispuesta a que todo fuera como antes.
Instalamos el mantel y nos sentamos en el suelo, degustando los dulces que habíamos preparado y felicitándonos mutuamente, con cuidado de no manchar de azúcar los libros.
De vez en cuando yo levantaba la vista, disimuladamente, y veía a Eleanor enfrascada en la historia, los ojos pegados a las páginas.
Me debatí varias veces, pensando en pedirle perdón expresamente.
De camino al claro le había dado varias vueltas y me di cuenta de que no me había llegado a excusar en ningún momento.
No fui lo bastante valiente como para decírselo, a pesar de sentirme tremendamente afortunada de tener a una persona así en mi vida.
Mi estómago dio un vuelco al pensar lo cerca que había estado de perderla.
Las grietas que habían resquebrajado mi pilar todavía eran visibles, pero por fin estaban reparadas. Nada ni nadie podría romperlo de nuevo.
El enfrascamiento respectivo en cada una de nuestras novelas nos impidió darnos cuenta de la bajada de temperatura y el cambio de presión. El cielo se nubló sobre nuestras cabezas y solo fue cuando unas finas gotas de agua cayeron sobre las páginas que decidimos levantar el campamento.
—Vaya… —se lamentó Eleanor, levantándose—. Mira que no pensé que se pudiera poner a llover… Vamos a recogerlo todo rápido.
No teníamos mucho que recoger; solo tuvimos que guardar los libros bajo la combinación para evitar que se mojaran.
Nos dirigimos con la cabeza gacha hacia el sendero de salida del claro.
Súbitamente, las finas gotas de lluvia que habían interrumpido nuestra sesión de reconciliación fueron sustituidas por grandes goterones, que caían cada vez con más fuerza y en mayor cantidad.
El viento empezó a soplar con fuerza. Un trueno retumbó en la lejanía.
—¡Nos vamos a mojar enteras! —grité yo, mientras dejamos de caminar y nos pusimos a correr. No era fácil, porque el sendero ascendente estaba lleno de piedras, perfectas para utilizarlas como puntos de apoyo, pero que se convertían en trampas resbaladizas en cuanto estaban un poco mojadas.
Eleanor, a mi espalda, se reía extasiada. La tormenta trajo a mi mente una conversación que habíamos tenido en su casa, varios meses atrás, antes de que todo se torciera.
—No entiendo a la gente que corre cuando llueve —me dijo en aquella ocasión—. Si te has olvidado el paraguas, mojar te vas a mojar igual.
—Ya, bueno —repliqué yo—, pero si vas corriendo tardas menos en llegar a tu casa o a un lugar donde puedas cobijarte.
—Pero si vas corriendo —contraatacó ella, posando la taza de té en la mesa para que su dedo índice extendido pudiera apoyar su teoría—, sobre la cabeza te cae la misma lluvia que si vas andando, más toda la lluvia que te llega de frente.
Cuanto más rápido corras, más distancia recorrerás por segundo, lo que implica más gotas de agua por minuto, y, por tanto, te mojarás más.
Además —me cortó cuando iba a rebatir su argumento—, el agua de lluvia en la piel te hace sentir vivo.
Como si fueras un árbol o una planta… Cuando estemos bajo tierra, ya no podremos sentirla.
Qué pena perder la oportunidad ahora… ¿No crees?
A Eleanor se le daba de lujo eso, hablar técnicamente de un asunto e, instantes después, volverse profunda y darle un punto de vista místico.
Juraría que yo le había respondido algo así como que los muertos no podían sentir nada, pero entre el estruendo de la tormenta y decidir cómo nos podíamos mojar lo menos posible, mi cabeza estaba pendiente de otros asuntos más urgentes.
Sentía que era mi culpa que estuviéramos allí mojándonos.
Si yo no me hubiera enfadado, ella no se habría sentido obligada a proponer un plan especial para hacer las paces.
Entre el estruendo de la tormenta, le propuse a gritos recortar por el bosque para acortar camino.
El sendero que llevaba hasta nuestro lugar secreto era precioso, pero daba un buen rodeo a un bosque de árboles robustos, perfecto para dar un paseo tranquilo, poco práctico para volver a casa rápidamente.
Si cruzábamos el bosque en línea recta, podríamos ganar unos cuantos minutos, además de que los árboles nos protegerían del agua.
Un rayo iluminó el cielo. El trueno sonó segundos después.
Las nubes cubrían la luz del sol dando la sensación de que era prácticamente de noche.
Me puse delante para intentar guiarnos. Rápidamente mi plan perdía fuerza.
La idea de caminar en línea recta era buena, pero no había pensado en la ausencia de un camino marcado.
El suelo era irregular, repleto de raíces y ramas por doquier, encima, mojadas y resbaladizas.
Las gotas que traspasaban el follaje se nos metían en los ojos y nos hacían correr casi a ciegas.
Las faldas del vestido, completamente empapadas, se me pegaban a las piernas, una segunda piel que me dificultaba aún más el avance.
De vez en cuando giraba la cabeza, para confirmar que Eleanor me seguía.
Cuando salimos del bosque, un rayo golpeó uno de los árboles que acabábamos de dejar atrás, emitiendo un fogonazo.
Chillé. Completamente aterradas, aceleramos.
Eleanor me adelantó por la derecha y se colocó delante.
Solo nos quedaba bajar un último sendero empinado que descendía varios metros, muy similar al camino de entrada al claro, y a partir de ahí todo sería plano.
Mis pulmones en llamas se aferraron a la certeza de que ya quedaba poco.
Eleanor bajó con la confianza de haber recorrido ese camino millones de veces, quizás incluso en tardes lluviosas como aquella.
Yo, que no estaba tan acostumbrada, intenté seguirle el ritmo y, cuando quise apoyarme en una de esas malditas piedras, perdí pie.
El impulso de la carrera me lanzó hacia adelante e impacté contra Eleanor.
A partir de ahí, nadie sabe exactamente lo que ocurrió.
Yo me golpeé la cabeza en algún momento de la caída y perdí el conocimiento.
Supongo que haría caer a Eleanor y nos precipitamos juntas por la pendiente, sin que nada pudiera frenar nuestra caída.
De tantas veces que le he dado vueltas a ese día en mi cabeza, en mi cama antes de dormir o en el borde de aquel sendero, al que acudí cientos de veces después del accidente, creo recordar.
Creo recordar cómo el impacto de mi cuerpo contra el suyo le pilló de improviso y la empujó hacia el vacío, su cuerpo amortiguando mi caída, no la suya.