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Plantada delante del portalón de El Olivar, Gabriela volvió a aquel primer día.
Recordó la intriga que le había producido la casa, a María abriéndole la puerta, la sensación de ver el salón principal por primera vez.
Aquel primer día desconocía todo lo que iba a vivir gracias a sus habitantes, los de papel y tinta y la de carne y hueso.
Sacó la carta de la mochila y volvió a leer su contenido:
Hola Gabriela:
Siento muchísimo no haber sido del todo sincera. Hay secretos que se mantienen tantos años entre el polvo que da miedo sacarlos a la luz, por si vuelven a hacernos el mismo daño que la primera vez.
Tengo muchas cosas que contarte. Si estás dispuesta a escucharme, te espero en casa el día que quieras. Ya sabes la dirección y dónde está la llave.
Si en dos semanas no has venido, puedo entender que no quieras saber nada más de mí. En ese caso, te desearía lo mejor.
Espero que estés bien.
Un saludo,
A. Parks
Plegó el papel. Cogió aire y empujó la verja. Avanzó con cautela los pasos que la separaban de la puerta principal. Cuando fue a introducir la llave en la cerradura, esta temblaba con fuerza en su mano, negándose a entrar.
Se separó ligeramente, bajando el brazo. Inspiró de nuevo con fuerza, y llenó sus pulmones hasta que ya no pudo más. Retuvo el aire unos segundos y, cuando sintió que su cerebro empezó a pedirle aire a gritos, lo soltó lentamente, mientras metía la llave y empujaba la puerta sin pensar.
Ya dentro, se dirigió hacia la salita. Con tres toques casi imperceptibles a la puerta entornada traspasó el umbral, encontrándose a una señora Parks de espaldas, sentada en su butacón, con la mirada perdida en el ventanal.
Al oír sus pasos susurrantes sobre la moqueta, la señora Parks se dio la vuelta y una media sonrisa asomó a sus labios, con los ojos vagando entre la tristeza y el alivio.
—Has venido…
Parecía más una súplica que una afirmación.
—En la carta decía que tenía muchas cosas que contarme. —La mujer clavó la vista en el suelo para luego volver a mirar al ventanal. Pasados unos segundos, se levantó con dificultad.
—¿Te apetece un café?
Ya sentadas en la mesa de la cocina, una frente a la otra, Gabriela sentía que cualquiera que pasara por la calle podría oír su corazón retumbándole desbocado en el pecho.
Cuando levantó la vista de su taza, le dio la sensación de que la señora Parks parecía mucho más mayor que la última vez que la había visto.
Se fijó en las arrugas que surcaban su rostro y aquellos dedos huesudos sin alianza a la vista.
La mujer removía con parsimonia su café, probablemente tibio.
Durante unos minutos solo fueron dos mujeres compartiendo espacio con un gran silencio que las ahogaba poco a poco.
La señora Parks tomó la taza entre sus manos, como si quisiera absorber el poco calor que quedaba en ella, y dio un gran sorbo.
Después de que su nuez subiera y bajara un par de veces para dejar pasar todo el líquido, suspiró con fuerza.
Posó la taza en la mesa y, mirando a Gabriela a los ojos, comenzó con su historia.
—Voy a empezar desde el principio.