Leyendo en casa de la señora Parks 16 #2
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Al acabar, en el trasiego de las sillas moviéndose, Eleanor vino rauda hacia mí, esquivando a las mujeres que intentaban interesarse por mi estado y, sin darme tiempo a decir nada, me cogió del brazo y me arrastró a un cuartucho de la parte de atrás del bar que hacía las veces de almacén.

Me metió dentro y después pasó ella, cerrando la puerta tras de sí.

Me echó una mirada que hablaba por sí sola, luego se cruzó de brazos.

—Ni que fuéramos marido y mujer. —Al volver a encontrarme frente a ella, todo el rencor y el orgullo que pensaba olvidados volvieron en tromba. Me crucé de brazos yo también.

—Llevas un par de semanas enfadada conmigo. —Bajó los brazos y su expresión se debatió entre el enfado y la súplica.

—¿Por qué no me dijiste nada sobre tu entrevista de trabajo? —Mi tono de voz sonó algo más duro de lo que yo quería.

—Hasta que no supiera el resultado no quería decirte nada, por si acaso no me lo daban. Básicamente para evitar todo este malentendido.

—Malentendido ninguno —le solté—. Para mí está todo muy claro: lo hablaste con el resto y conmigo no. ¿Esa es la confianza que tienes en mí? ¿Eso es lo que le haces a las «amigas de verdad»? —pregunté, dolida.

Eleanor se miró los zapatos. Luego a los estantes, entornando la mirada, como si entre latas y botellas de cristal pudiera encontrar las palabras adecuadas.

—A Julián le daba igual y no sabía con quién más hablarlo —admitió finalmente—, así que en la última sesión lo comenté con alguna de las chicas.

—¿Y por qué no conmigo? —repetí, dolida. Eleanor me miró a los ojos.

—Porque no quería ser egoísta. —Yo fruncí el ceño.

—¿Egoísta por qué? ¿Por hablarme de esas cosas?

—Porque tú me dijiste que Norman se oponía y no quería restregarte por la cara el hecho de que yo pudiera presentarme y tú no.

—Dio un paso hacia mí, acortando la distancia que nos separaba, mirándome fijamente a los ojos—.

Y si no me cogían, como ha sido el caso, lo iba a mantener en secreto para no hacerte daño.

Aunque, por lo que veo, no ha servido de mucho —dijo con voz triste, bajando la mirada.

Yo me quedé muda. Toda la rabia que había sentido, todas las cosas que me había preparado para decirle, todas las preguntas y las armas que había afilado durante días, de repente, se habían quedado romas.

El orgullo era más fuerte que yo, así que le ataqué con lo único que podía fabricar en solo unos segundos: mentiras.

—Me lo podías haber contado igualmente, no me habría molestado.

—Ya… No lo sé… —Dudó—. Perdona, de verdad. Te prometo que no lo hice a malas. —Yo asentí en silencio y ella me cogió las manos entre las suyas—. ¿Me perdonas, por favor?

Me costó Dios y ayuda, pero con un asentimiento y una media sonrisa falsa que amenazaba con resbalarse de mis labios le di lo que quería.

Ella me rodeó con sus brazos, aunque fuera un abrazo tenso.

Ese día, volviendo a casa, la conexión entre ambas fue desapareciendo.

Caminamos en silencio. Al llegar a nuestra esquina le dije adiós y me fui.

A mi espalda pude oír el «hasta el jueves que viene» vacilante de Eleanor, mientras su perfume se aferraba al cuello de mi abrigo a medida que me alejaba.

Durante un par de días, las sombras de la rabia siguieron dando vueltas en mi cerebro, sin acabar de marcharse.

Por una parte, me dolía que no le hubieran dado la plaza a ella, una mujer brillante e implicada, encima para que fuera a caer a manos de una «hija-de» o «sobrina-de»; pero, por otra parte, me alegraba que no se la hubieran dado, y esa parte era la que más me asustaba.

Me daba asco la parte de mí que se alegraba de que mi amiga no consiguiera su objetivo, solo porque yo lo tuviera vetado.

Sin embargo, la luz que emanaba de Eleanor podía hacer desaparecer cualquier sombra. Con el paso de los días, la certeza de que había tomado esa decisión pensando en mi bienestar prevaleció por encima de lo demás. Dejando atrás el orgullo, cogí el teléfono y marqué su número.

—Hola, buenos días. ¿A dónde desea dirigir su llamada? —me preguntó la telefonista.

—Al domicilio del señor Julián González. —Las manos me temblaban ligeramente.

—Ahora mismo se lo paso. —La telefonista colocó la clavija en la posición correspondiente. Esperé con impaciencia.

—Buenos días, ¿dígame?

—Buenos días, soy Azucena Parks —le dije a la chica del servicio—, me gustaría hablar con la señora González, por favor. ¿Está en casa?

—Sí, ahora mismo se la paso. Un segundo, por favor.

Unos segundos después, la voz cantarina de Eleanor sonaba por el auricular.

—¡Hola, Azucena! ¿Qué tal? ¿Te apetece ir a dar un paseo?

Una sonrisa se formó en mis labios. A pesar de la pequeña tormenta que acabábamos de pasar, la voz de Eleanor sonaba con el mismo regocijo de siempre. Ella sabía exactamente lo que me hacía falta en cada momento.

Pasaron los días. Nuestra relación volvió por completo al mismo punto que antes.

Retomamos las citas para tomar café, para pasear, leer…

Lástima que nuestra vida no fuera un libro al que pudiera echar un vistazo para saber lo que pasaba a continuación.

Si no, no habría sido tan idiota malgastando tantos días enfadada.

Si no, habría aprovechado cada segundo de los últimos momentos que iba a pasar con ella, bebiendo de su risa y guardando su mirada para siempre en mi retina.

Ojalá la vida fuera un libro y pudiera quedarme a vivir para siempre entre las páginas en las que el nombre de Eleanor aún estaba escrito junto al mío.