Leyendo en casa de la señora Parks 16
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Con el paso de los meses, todo fluía como la seda: Norman seguía ajeno a mi secreto, en el club de lectura iba descubriendo historias interesantísimas y Candela ya leía sin problema libros sencillos.

—¿Y en qué consiste el compromiso? —pregunté yo, trajinando en la cocina.

—Pues la verdad que no lo sé —me dijo ella, de pie al lado de la ventana, con la mirada perdida hacia la calle—. Cosas del trabajo, me ha dicho Julián, y yo tampoco he querido preguntar mucho más.

Yo asentí. Di gracias en silencio por que el trabajo de Norman no le exigiera ese tipo de compromisos. Quizás incluso sería capaz de acudir solo, cosa que no me importaría en absoluto.

—Quedamos si quieres el viernes y te cuento lo que hayamos comentado —la tranquilicé yo, sentándome a la mesa con una taza para cada una.

—Me parece genial —me dijo ella, con una de sus maravillosas sonrisas, aceptando la taza que la ofrecía y sentándose frente a mí. Me miró a los ojos—. Gracias, Azucena. Eres una amiga de las de verdad.

No te voy a mentir, cuando me dijo que no iba, me dieron ganas de no ir yo tampoco.

Le había cogido tanto aprecio que ir sin ella no tenía el mismo valor.

Quizás no habláramos durante la sesión, pero solamente el poder mirarnos desde lados opuestos de la sala, recibir una sonrisa suya o poder meterle una pullita… Me alegraba la tarde.

Ese día estuve a punto de llegar tarde. Cuando empujé la puerta, las chicas estaban colocando las sillas en círculo.

Me uní al resto y me senté. Más dispersa que habitualmente, los ojos se me iban inconscientemente al sitio que solía ocupar Eleanor, hoy presidido por Raquel, una de las veteranas del grupo.

En varias ocasiones tuve que pedirle a Rocío, sentada a mi derecha, que me dijera por dónde íbamos, y echaba vistazos discretos al reloj, cuyas agujas parecían no querer avanzar.

Al final, mientras recogíamos las sillas, yo estaba deseando irme a casa.

Sin la compañía de Eleanor estaba un poco perdida, ya que acostumbrábamos a salir de las primeras después de cruzar cuatro palabras con el resto.

Una mano inocente se apoyó en mi hombro, frenándome.

—¿Qué tal? ¿Sabes cómo le ha ido a Eleanor con su prueba? —Fruncí el ceño—. Sí, tenía hoy la prueba para ese puesto de secretaria. Era hoy, ¿no?

Pero Eleanor tenía un compromiso con Julián y la empresa…

—Eleanor…, ¿nuestra Eleanor?

—¡Sí, claro! ¿Qué Eleanor va a ser? —se rio Mariluz, golpeándome de nuevo el hombro. Se giró hacia la barra—. Ángeles, era hoy la prueba de Eleanor, ¿no?

—Sí —confirmó Ángeles, mientras dejaba las tazas vacías sobre el mostrador—, creo que algo comentó de que era hoy, que por eso no podía venir.

Una idea empezó a enfocarse en mi cabeza.

Era muy raro, por no decir imposible, que Eleanor no supiera algo y no se atreviera a preguntárselo a su marido, sumado al hecho de que nadie más había faltado a pesar de que los maridos de algunas mujeres del club eran compañeros de Julián.

Recordé aquella conversación en mi casa y, aunque las fechas cuadraron en mi cabeza, quise confirmar mis sospechas.

—¿Y de qué es la prueba? —pregunté, haciéndome la tonta.

—Uy, hija, no sé. Creo que me dijo que buscaban una secretaria y hacían una serie de pruebas para elegir entre las candidatas. —Ángeles me hizo un gesto vago con la mano—. Yo soy mujer de letras, ese tema científico me suena a chino…

—¿Eleanor no te dijo nada? Vosotras que estáis siempre juntas… —Julia se había unido a la conversación para lanzar una pregunta que sintió como un jarro de agua fría.

No, no me había dicho nada. Bueno, sí, me había dicho una verdad a medias, y eso dolía incluso más que una mentira.

Entendí por qué Eleanor no me quiso especificar de qué tipo de compromiso se trataba.

Me sentí traicionada y triste: sabiendo que yo me había abierto en canal con ella, no tenía derecho a mentirme así.

Me dolía tanto que sí se lo hubiera dicho al resto y a mí no…

—Ay —fingí, con una mano en la frente—, es que estoy tonta. Cuando me habló de la «prueba» pensé que quería decir del papel de la habitación de Paul, que me dijo que Julián lo había encargado en Italia y le llegaba esta semana. No caí en lo otro.

—Ay, ya decía yo —soltó Mariluz con una risa— que era imposible que no te hubiera dicho nada.

Ya. Imposible. Sentí que el estómago se enredaba sobre sí mismo, formando un nudo.

Me despedí rápidamente del grupo y salí por la puerta, irritada.

Caminé hasta casa con paso acelerado, la mente dándole vueltas al tema, enfadándome más con cada paso que daba.

Quizás fue una reacción desmedida, pero desde que había comenzado el club de lectura, Eleanor se había convertido en el pilar fundamental de mi vida. Y ahora este acababa de bascular.

Me metí enfurruñada en casa. Candela notó mi descontento.

—¿Todo bien hoy, señora Parks?

—Sí, sí, Candela, todo bien, tan solo me duele un poco la cabeza… —Le tendí el abrigo—. Hacemos mañana la sesión de lectura, ¿vale?

Me metí rauda en la habitación, sin darle tiempo a responder. Tras el baño, pedí a las chicas del servicio que le dijeran a Norman cuando llegara a casa que estaba enferma. No tenía ganas de hablar con nadie y menos con él.

Yo no era ninguna llorica, así que, cuando vieron que me había acostado a media tarde, debieron de preocuparse realmente por mí.

Cuando Norman llegó a casa, le oí hablar en el recibidor, luego los pasos que venían hasta la habitación.

Yo había cerrado las contraventanas, la habitación estaba totalmente a oscuras.

Me hice la dormida: respiraciones largas y profundas, brazos relajados. Norman se inclinó hacia mí y posó su mano en mi frente. Notaba sus dedos finos sobre la piel. La mantuvo quieta unos segundos y luego la retiró. Salió de la habitación.

No me dirigió la palabra esa noche, ya fuera porque me creyera realmente dormida o porque no quería molestarme.

Le di las gracias en silencio. A la hora de dormir se puso el pijama y se acostó en su lado de la cama.

A los minutos de apagar la luz de la lamparita, ya estaba roncando.

En ese momento le envidié. Yo di vueltas y vueltas en la cama y en mi cabeza, haciéndome mil preguntas sin respuesta.

O, al menos, no era yo la que tenía las respuestas.

Me planteé levantarme e ir a leer un rato a la salita para coger el sueño, pero tampoco es que tuviera muchas ganas y tampoco quería romper mi «coartada».

Seguí en mi batalla particular con el sueño hasta que en algún momento de la noche me quedé dormida.

Al día siguiente, Eleanor llamó a casa. Recordé que habíamos quedado para que le contara lo que habíamos comentado, pero no tenía ningunas ganas de verla.

Seguí con mi pretexto de estar enferma y pedí al servicio que no me pasaran ninguna llamada.

La pobre llamó todos los días para preguntar por mi estado.

Cuando oía que llamaba, tenía ganas de contestar, pero el maldito orgullo que se había instalado sobre mis hombros me atenazaba las manos, impidiéndome responder.

El recuerdo de que todo el mundo estaba al corriente del motivo de su ausencia aplastaba mis ganas de oír su voz.

Al jueves siguiente decidí no asistir al club de lectura, con la disculpa de que todavía no me encontraba en plena forma.

De joven, la cabezonería y yo éramos buenas amigas, aunque, por suerte, nuestra relación se ha enfriado con los años.

Eleanor volvió a llamar esa tarde, para interesarse una vez más por mi estado y darme los ánimos de todas las del grupo.

Una de las chicas del servicio me pasó el recado.

Los días pasaron y el orgullo se fue diluyendo.

Tantos días sola en casa me recordaron a los tiempos en los que no conocía el club de lectura, y me sentí desgraciada.

Dándole vueltas a la situación, me di cuenta de que seguía enfadada con Eleanor, pero que la echaba de menos.

Me había acostumbrado a hacer tantas cosas a su lado que hacerlas yo sola me sabían a poco.

Me tomaba una taza de café mirando a la silla vacía frente a mí con la única conversación del sonido de mis pensamientos, y me parecía extraño; cuando estaba leyendo y levantaba la vista, la butaca vacía a mi lado parecía abarcarlo todo…

Esos días sin Eleanor me permitieron valorarla mucho más.

En una de las sesiones de lectura, Candela me preguntó si ya estaba mejor.

Había rechazado que cualquier médico viniera a verme.

—Yo creo que ya se me ha pasado, Candela, gracias por preguntar.

—No será algo contagioso, ¿no?

Sonreí por dentro.

—No, a menos que el orgullo extremo y la infantilidad puedan compartirse por ósmosis…

—¿Ósmosis? —Frunció el ceño—. Eso suena feo.

—Que he sido una idiota, Candela. —Cerré el libro—. Me he enfadado con la persona que más me quiere en el mundo por una tontería…

—Ah… —Candela miró al suelo, encogiéndose de hombros—. Bueno, si solo es eso, tiene fácil solución.

Dos semanas después de enterarme de que Eleanor me había ocultado cosas, volví al club de lectura.

Me cuidé mucho de llegar la última, justo cuando estaba a punto de empezar la sesión, para evitar tener que hablar con ella.

Aunque estaban ya a punto de sentarse, la mayoría me dirigieron la misma mirada o me hicieron gestos con la mano, preguntándome silenciosamente si ya estaba bien.

Yo respondí a todas con la misma sonrisa tranquilizadora.

Eleanor, a través de la sala, me lanzó una mirada preocupada, a la que yo hice ojos ciegos.

Escudándome en estar todavía en periodo de recuperación, pasé la sesión en un rol pasivo y me dediqué a escuchar las opiniones del resto.

O, al menos, a intentarlo. Mi cabeza tenía otros planes escritos en grandes folios blancos luciendo una marca de agua escrita con tinta roja en todas sus páginas que rezaba «ELEANOR» en grandes letras mayúsculas.