Leyendo en casa de la señora Parks 15
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A la mañana siguiente, mientras abría el bar con el sol saliendo por el horizonte, Gabriela se arrepentía de todo lo que había pensado la tarde anterior y lo que le había dicho a la señora Parks.

Se le subían los colores al pensar en el portazo que había dado al salir y en cómo la había tratado, a una anciana de noventa y pico años.

Durante varios días, las últimas palabras que le había dirigido a la señora Parks daban vueltas en su cabeza, como una ambulancia con la sirena estropeada. «¡No pienso volver nunca más!». Una sirena que no le dejaba pensar con claridad y que la asaltaba en cualquier momento, incluso trabajando.

—Pero, niña, ¿te pasa algo? —Gabriela miró sin comprender a Paco, un cliente de los de toda la vida, hasta que la sirena se apagó momentáneamente y le permitió utilizar su cerebro. Paco hacía años que iba religiosamente todas las mañanas al bar a tomarse un café solo, sin azúcar ni tapa.

—Perdona, Paco, era para otra persona —mintió mientras retiraba el zumo de naranja que acababa de posar delante de él.

—Ay, ay, ay… —El hombre apoyó el codo en la barra, acercándose como si fuera a contarle algún secreto—. Tú llevas unos días bastante despistadilla… —Una sonrisa pícara tras un dedo que la apuntaba, acusador—. Tú estás enamorada…

Ojalá, Paco. Ojalá. Gabriela no estaba enamorada, pero desde la pelea (si es que se podía llamar pelea cuando solo una de las partes era la que golpeaba) sufría una mezcla de traición, añoranza y tristeza en su corazón.

Traición porque la pregunta seguía dando vueltas en su cabeza: ¿por qué no había sido sincera con ella?

Ella, que se había presentado voluntaria para ayudarla.

Vale, le había estado pagando, pero ¿tanto costaba ser sincera?

¿María sabía la verdad? ¿Le estaría ocultando más cosas?

Cuando le venían ese tipo de preguntas, se decía que la señora Parks realmente no le debía nada…

Pero, de igual modo, Gabriela sentía que sí.

Le dolía mucho esa falta de confianza y de sinceridad hacia ella, era lo único que la impedía volver y disculparse.

La añoranza de tiempos mejores también la asaltaba por las tardes: los buenos momentos, escasos en su vida en los últimos años, reaparecidos en compañía de la anciana la acribillaban como balas de cañón: las charlas con el café delante escuchando música juntas, el mercadillo, las llamadas de Iván, superar su fobia a la lluvia…

En unos pocos meses, había fraguado una tierna amistad con la anciana.

Era peculiar tener una amistad con alguien que le triplicaba la edad.

«La señora Parks ha vivido tres veces mi vida», pensó Gabriela una de esas noches en las que sus ojos se negaban a cerrarse.

Ya bastante intensa le había parecido su vida con veintiocho años como para pensar en vivir tres veces más cosas.

Pensó que había muchos detalles de la vida de la señora Parks que desconocía, igual que la anciana respecto a ella.

Ambas eran una caja de secretos, solo que hasta el momento ninguna de las dos se había dado cuenta.

¿Cómo estaría la señora Parks ahora? ¿Estaría disgustada también?

¿Le habría encontrado una sustituta? Por lo poco que le había contado de sus hijos, uno ya había fallecido y los otros dos vivían demasiado lejos para visitarla.

Con esa edad, desgraciadamente, la mayoría de amigos o conocidos tendrían que estar fallecidos ya.

«Tiene que ser muy triste abrir la agenda de números de teléfono y ver que la mayoría están muertos», pensó para sí.

Se sintió egoísta. «Siempre lo estropeo todo».

Miró hacia la foto que tenía enmarcada en la mesita de noche.

La marea negra que cubría su piel desde el incidente se volvió más espesa, la oprimió con fuerza.

Intentaba lavarse con fuerza en la ducha, pero ahí estaba: invisible y sofocante.

Los días perdieron la ligereza que habían ganado gracias a sus visitas a El Olivar y, sin su cita lectora particular, Gabriela volvió por completo a la rutina que tenía antes de conocer a la anciana .

Empezó a hacer más horas en el bar y a subir con más frecuencia a ver a su padre, para alegría de su madre, rellenando los huecos que normalmente aprovechaba para leer para la señora Parks.

Por las noches, el sueño la había abandonado y durante horas miraba el techo con la esperanza de que su cuerpo aprendiera a dormir de nuevo.

Se había acostumbrado a leer antes de acostarse, básicamente uno de los pocos momentos en los que tenía unos minutos libres para ella.

Le gustaba el silencio de la noche. Sin embargo, cuando las voces vienen de dentro, es en la noche cuando suelen hacer acto de presencia.

Una de esas noches, sus ojos se desviaron un segundo del techo para mirar a la mesita de noche.

En ella, El señor de las moscas le lanzaba una mirada feroz, que atravesaba incluso la oscuridad de la medianoche.

Era un libro muy entretenido, además finito, pero su legítima dueña era la señora Parks, y cuando intentaba acabarlo, el olor de las páginas le recordaba quién se lo había prestado.

Tras pasar varias noches sin leer, decidió que era suficiente.

Una cosa era estar enfadada con la mujer y otra que eso la impidiera hacer cosas que disfrutaba, bastante penosa era su vida ya.

Se dio la vuelta en la cama, esforzándose por dormir.

Cuando acabó su turno en el bar al día siguiente, fue hasta la biblioteca a pie, rumiando pensamientos inútiles en su cabeza mientras los cascos estropeados colgaban inertes de sus orejas.

—¿Qué tal, Gabriela? ¿Va todo bien? —le preguntó Belén con varios libros entre los brazos cuando el destino decidió que se encontraran cara a cara en los escalones de entrada—. Hacía tiempo que no venías y pensé que…

—Sí, sí, Belén, no te preocupes —la interrumpió ella, cortante, evitando la mirada condescendiente de la bibliotecaria—.

Todo va bien —mintió, suspirando imperceptiblemente.

Sabía cómo iba a acabar la frase y le daba mucha rabia.

Qué manía de que cada vez que estuviera triste tuviera que ser por él.

—Vale, vale —respondió Belén, sin creer del todo las palabras que contrastaban con un ceño fruncido y la falta de luz en su mirada—. Si te hace falta cualquier cosa me dices, ¿vale?

Gabriela escuchó la última frase mientras se alejaba por el pasillo.

Se refugió en el silencio de la biblioteca y estuvo vagando un buen rato, mirando los títulos y sacando de vez en cuando algún libro cuya portada llamaba su atención.

Sin embargo, todos volvían rápidamente a su sitio.

Ninguno de ellos le resultaba lo suficiente interesante.

En el pasillo de libros locales, uno de los lomos llamó su atención.

Se puso de puntillas para cogerlo, pero en el proceso hizo que otro cayera al suelo, quedando boca abajo, las páginas abiertas por la mitad.

El ruido la sobresaltó y miró a ambos lados del pasillo, sintiéndose culpable por perturbar el silencio sagrado propio de la biblioteca.

Confirmando que nadie la había visto, apoyó el que acababa de coger en una de las baldas más bajas y se agachó para coger el que estaba en el suelo.

Al darle la vuelta, leyó inconscientemente parte del texto que había aparecido y uno de las frases le saltó violentamente a la cara.

«No dejes que un grito sea lo último que escuche de tu boca: si te ha escrito una carta, merece al menos que le dejes explicarse».

Gabriela se quedó un segundo congelada y, cuando pudo reaccionar, volvió a mirar a ambos lados.

Seguía sola. Volvió a leer la frase. «No dejes que un grito sea lo último que escuche de tu boca».

Miró hacia el techo, pero la cámara de seguridad que perforaba una de las esquinas de la sala apuntaba en la dirección opuesta.

Cerró el libro con cuidado, deteniéndose un segundo en el título, que no le decía nada especial, y dobló las tapas suavemente para volver a dar forma al libro tras la caída. Lo dejó en la estantería.

Hora y pico después entraba en casa, todavía dándole vueltas a la frase que se le había aparecido como por arte de magia.

«¿Belén sabría algo? Imposible. No le he hablado a nadie de la señora Parks, solo a papá».

Cuando fue a soltar las llaves encima de la mesa de la cocina, un sobre blanco, sin sello y con su nombre escrito a mano en el frente, la saludó.

El corazón de Gabriela batió desbocado en su pecho, evocando un momento similar sucedido muchos años atrás.

Las únicas cartas que recibía eran de propaganda o del banco.

Depositó la mochila sobre una de las sillas y cogió la carta con las dos manos.

Gabriela fue abriendo a duras penas el sobre, con poca maña.

Intentó utilizar un cuchillo, pero con el mismo resultado.

Se armó de paciencia y finalmente tuvo la carta entre las manos.

Desplegó la hoja. La letra prieta y pulcra de la señora Parks se plantó ante ella.

Leyó rápidamente las líneas. Una, dos veces.

Una tonelada de suspense se instaló en sus hombros.

La parte de «tengo muchas cosas que contarte» le intrigaba sobremanera.

Vale, sabía que había cosas que la señora Parks no le había contado, ¿pero tantas?

Leyó una tercera vez la nota y se fijó en la fecha límite.

Giró el papel y miró el sobre. Ninguno de los dos tenía la fecha puesta.

No sabía cuándo había mandado la señora Parks la carta.

La frase que se le había aparecido en la biblioteca volvió a su mente. Bajó corriendo al bar.

—¡Hola, Paco! ¡Mamá! —Gabriela se apoyó en la barra y levantó el sobre ultrajado en el aire—. ¿Cuándo me llegó esta carta?

Flora miró de refilón el sobre que levantaba su hija en el aire mientras trajinaba con la máquina de café.

—Ay, hija, ni idea. Hoy abrí el buzón porque había muchísima publicidad dentro y menos mal que me dio por revisar que no había ninguna carta entre medias. Un poco más y la tiro a la basura.

Mierda. Si la señora Parks había enviado la carta al poco de tener la discusión, solo quedaba un día para que se cumplieran las dos semanas.

—Esta tarde no me puedo quedar. ¿Te las puedes arreglar tú sola?

—¿Todo bien? —le preguntó su madre, girándose totalmente hacia ella, con gesto preocupado en la mirada.

—Es algo muy importante, ya te explicaré —intentó tranquilizarla—. ¿Puedes?

—Sí, sí, tranquila…—Su madre la miró con una mezcla de miedo e inquietud—. Ten cuidado.

Gabriela no oyó la última parte. Cogió su mochila de uno de los taburetes del bar y salió corriendo. Si se daba prisa, quizás le daría tiempo a coger el seis.