Leyendo en casa de la señora Parks 14
61%

14

En la vida, todo va y viene. Un café en la encimera se acaba quedando frío.

Después del verano, viene el invierno; y tras varias horas de luz, siempre llega la oscuridad.

En los momentos de penumbra parece que la luz solo ha sido un espejismo.

Parece irreal que el cielo que ahora mismo es de un negro denso y profundo haya sido capaz de ser liviano, azul, anaranjado e incluso malva.

La increíble tarde bajo la lluvia con la señora Parks había sido la cresta de una ola, pero por preciosas, hermosas y majestuosas que sean las olas, acaban rompiendo.

Algunas con más fuerza que otras, todas acaban cayendo, deshaciéndose en millones de gotas de agua y arrasando sin contemplaciones lo que pillan a su paso.

Que se aproximara el aniversario del accidente no ayudaba nada.

O, quizás, era lo único que aportaba a esa tristeza desmedida.

Una marea negra, densa y oleosa, que embadurnaba todo lo que tocaba, cubriéndolo de un negro compacto y pesado, sin dejar pasar la luz.

Gabriela odiaba definir como «aniversario» la conmemoración de algo triste.

El inexorable paso del tiempo era una losa encima de su espalda, que se iba volviendo más pesada con cada día que pasaba y le transmitía la sensación certera y la vaga certeza de que nada merecía la pena.

Con la fecha maldita acercándose por el paso ineluctable de las hojas del calendario, las viejas heridas sangraban, abiertas de nuevo, y todo dolía más: los gestos, las miradas, las palabras. En esos días, todo le recordaba a él. Abril también empezó con lluvia.

—Hace varios días que no subes, corazón…

Ese día tenían mucho lío en el bar. Se habían llevado la fiambrera para comer algo rápido antes de seguir con el turno de la tarde.

—A él le hace bien cuando vas a verle —insistió su madre—. Todo el mundo dice que está mejor después de que le hayas visitado.

Gabriela sintió una mezcla de ira y tristeza creciendo dentro de sí misma.

Tenía ganas de decirle que ella iba demasiado.

Que después de estar todo el día trabajando en el bar, currando sin parar, era una locura subir a verle o ir a rezar a la capilla.

Que, llegando de madrugada la mayoría de las noches y abriendo el bar de buena mañana todas las jornadas, no dormía lo suficiente.

Pero el nudo que tenía en la garganta le impedía el paso del aire y estaba apretado tan fuerte que, si abría la boca, tenía la sensación de que lo único que saldría sería un quejido, o peor, un torrente de lágrimas imposible de contener.

—¿Subirás hoy?

Gabriela asintió en silencio. Acabó su plato y lo llevó al lavavajillas. Por suerte entraba un cliente.

En el bus de camino al hospital, sus cascos perecieron definitivamente. Gabriela pasó varios minutos con una fijación enfermiza dándole vueltas al cable, intentando sin éxito múltiples combinaciones para que volvieran a funcionar, hasta que la rabia y la exasperación dieron la batalla por perdida.

Ya en el edificio, subió por las escaleras hasta la tercera planta y recorrió un pasillo que le era tan conocido como si fuera su propia casa. Al llegar a la habitación 312, dio tres ligeros toques en la puerta y entró sin esperar respuesta.

En la cama, su padre estaba con los ojos cerrados.

Gabriela se sentó en un butacón con la tapicería azul cobalto carcomida por el tiempo y las malas noticias, encajonado entre la ventana y la pared, aquel en el que tantas horas habían pasado entre ella y su madre.

Puso en funcionamiento un pequeño reproductor que estaba en una de las repisas de la habitación.

El sonido inconfundible de la trompeta y la voz ronca de Louis Armstrong ocultaron por turnos el silencio asfixiante que amenazaba con destruirlo todo. Gabriela cerró los ojos.

Casi una hora después los abrió y vio que su padre tenía los ojos abiertos.

Se le quedó mirando un rato, pero él no la veía.

Miles de pensamientos bulleron dentro de su cabeza, burbujas de una olla al fuego que buscaban la superficie.

Su padre volvió a cerrar los ojos. Gabriela se levantó y salió de la habitación.

Ya en el pasillo, tragó saliva con dificultad. Llamó al ascensor, concentrándose en su respiración mientras veía cambiar los números en la pantalla. 5, 4, 3. La puerta del ascensor se abrió con un pequeño timbre. Ante ella, apareció María acompañada de dos niños pequeños.

—¡Hombre, Gabriela, cuánto tiempo! ¿Todo bien?

María tenía razón. Por horarios, no solían verse en casa de la señora Parks y, si lo hacían, simplemente cruzaban un pequeño diálogo cordial.

«Hola. ¿Qué tal?». «Bien, ¿y tú?». «Bien también, gracias.

¡Hasta luego!». Y punto. El hospital era el último sitio en el que quería encontrarse a alguien conocido.

—¿Qué haces por aquí?

Otro día Gabriela habría mentido. Habría salido con alguna excusa barata o con evasivas, pero ese día no tenía energía, ni siquiera para mentir.

No se le ocurrió hacerle la misma pregunta de vuelta o investigar quiénes eran aquellos dos niños que tanto se le parecían, así que, escueta en palabras, le contó por encima qué hacía allí.

Como suponía, la cara de María cambió rápidamente.

Adquirió esa mirada de condescendencia que no soportaba.

Por suerte, el ascensor llegó a la planta baja y Gabriela se escabulló rápidamente. Ni siquiera dijo adiós.

Volvió a montar en el bus para ir a casa de la señora Parks, con la lluvia cogiendo fuerza.

«Ojalá llegue pronto la noche», era en lo único en lo que pensaba, recostada en uno de los asientos de la parte de atrás, la mejilla apoyada contra el frío cristal.

Sin embargo, aún quedaban muchas horas para que se acabara el día.

En días como esos, Gabriela se daba cuenta de que lo que más odiaba de ser adulto era tener que estar.

Siempre. Independientemente de su estado, físico o mental.

Tener que seguir funcionando a pesar de que lo único para lo que tenía energía era ponerse en posición fetal en la cama y llorar.

Allí, en la parte trasera del autobús, intentó dejar fluir las lágrimas.

Ni siquiera fue capaz. Y eso, de alguna manera, la enfadaba aún más. No valía ni para estar triste.

En esos días a Gabriela la inundaba la nostalgia de la infancia, en la que la fiebre te podía regalar un día sin clase, con mamá haciéndote tu comida favorita y una mañana viendo dibujos en el sofá.

En la vida adulta, no hay tiempo. El mundo gira sin parar y tú tienes que seguir girando con él, aunque sea arrastrándote, por miedo a que te arrolle.

La vida adulta tenía muchos beneficios, pero en la balanza, junto con las responsabilidades, Gabriela no sabía si merecía la pena.

Un adulto era un tren que, a pesar de estar en ruinas en su interior, con cables colgando, chispeantes, sujetos con cinta adhesiva de mala manera, en cuanto llegaba a una estación cambiaba rápidamente el cartel frontal, sin tiempo a descansar. «Próxima parada…».

Caminando bajo el paraguas los metros que la separaban de la casa, Gabriela intentó convencerse de que un poco de lectura podría distraerla, pero ni el mejor de los libros podía entretener a los demonios que formaban parte de ella.

Durante la sesión, Gabriela se trabó varias veces y se perdió otras tantas.

Tuvo que tomar más agua de la habitual y, para su desasosiego, parecía que el nudo de su garganta se volvía cada vez más espeso, detalle que no le pasó desapercibido a la señora Parks.

—Gabriela, hoy te noto un poco triste. ¿Estás bien?

No, no estaba bien. La vida era una mierda; solo tenía ganas de llorar y tumbarse en la cama hasta que el tiempo pasase y la vida se solucionara.

Le agobiaba que el mundo no dejara de girar, que la arrollara a su paso y que, a pesar de ello, continuara girando y la llevara a rastras sin detenerse, aunque la viera ensangrentada y sin ganas de continuar en él.

Eso es lo que Gabriela tenía ganas de responder.

Pero era muy largo, y si abría la compuerta, nada la separaría de ese embalse de sentimientos que llevaba años guardando.

Con vía libre, todo saldría a presión y no sabía lo que podía pasar.

Si le contaba por qué estaba triste, tendría que desvelarle su secreto y no estaba dispuesta a pasar por eso.

Así que cerró la boca y el nudo de su garganta se apretó un poco más. Optó por la solución más cómoda.

—Sí, todo bien. Solo un poco cansada, no se preocupe.

A las siete y cinco, Gabriela estaba ya de camino a la parada del autobús.

Había salido apresuradamente, ansiosa por llegar a casa y meterse en la cama.

Tras unos segundos en la calle, fue consciente de las gotas de lluvia que le caían sobre la cabeza.

Echó la mano al bolsillo lateral de la mochila para sacar el paraguas plegable, pero su mano tocó el vacío.

«Mierda». Desanduvo el camino recorrido y volvió refunfuñando a El Olivar.

Alargó la mano para sacar la llave de repuesto y no se molestó en avisar en voz alta: la tormenta caía con fuerza, así que la señora Parks probablemente no la oyera y solo iba a coger su paraguas.

Sin embargo, en el recibidor, con la mano tendida hacia el paraguas apoyado contra el zapatero, Gabriela tuvo un presentimiento.

Algo difícil de explicar, pero palpable, como si su corazón latiera de manera diferente.

Con el fragor de la tormenta a toda máquina, la luz de la salita se escapaba por la puerta entornada hacia el pasillo y la guiaba como un faro.

Avanzó por el pasillo enmoquetado en silencio.

Con el corazón golpeándole en el pecho, Gabriela se inclinó hacia la puerta entreabierta conteniendo la respiración.

Dentro, pudo ver cómo la señora Parks, con un libro entre las manos, leía con parsimonia, pasando las páginas con calma, recostada en su sillón.

Unas gafas, abandonadas a un lado, parecían un elemento más de la decoración.

Conmocionada, sintiendo que algo se rompía dentro de ella, Gabriela se quedó congelada en el marco de la puerta.

Pasaron los minutos. Después de un cuarto de hora, la señora Parks dejó el libro a un lado con un suspiro, cogiendo un pequeño set de costura que estaba disimulado en una esquina.

Abrió la caja con parsimonia y, sin un atisbo de duda, cogió un carrete de hilo, enhebrando la aguja a la primera, sin ni siquiera guiñar los ojos.

Fue en ese mismo instante cuando la marea negra terminó su avance, habiendo cubierto todo en tinieblas bajo sus tentáculos.

La bola de nieve que llevaba rodando durante varios días, haciéndose más y más grande, llegó al final de la colina e impactó contra la falda de la montaña, explotando violentamente en mil pedazos.

—¡USTED! —gritó Gabriela, empujando la puerta y sobresaltando a la señora Parks, que se creía sola en casa—. ¡¿Me está diciendo que todos estos meses que he venido a leer para usted no tenía ni un mísero problema en la vista?!

La señora Parks abrió la boca para responder, anonadada, pero Gabriela estaba desatada y la onda expansiva aún no había llegado a su fin.

Su dedo acusador temblaba mientras señalaba a la anciana.

Ahora entendía los mandalas perfectamente pintados, sin salirse ni una sola vez de la línea, o la letra minúscula cuando la señora Parks tenía que escribir alguna nota: todo había sido una farsa.

—¡¿Me está diciendo que después de todo lo que he hecho por usted, encontrar a Iván, ayudarla a superar su miedo a la lluvia, venir como un puto corderito a leerle por las tardes durante meses no ha sido capaz de decirme la verdad, de ser sincera conmigo y confesarme que tiene la vista perfecta?

! ¿Que todo es un maldito teatro? —Gabriela soltó una risa irónica—.

Lo único que le pasa es que se siente sola y está más sola que la una porque los únicos que la soportan son sus amados libros…

No le queda nadie. Qué triste que tenga que pagar a alguien para que le haga compañía. Pues mire lo que le digo…

Gabriela interrumpió su monólogo para rebuscar con rabia en su mochila, sacando el último sobre con dinero que la señora Parks le había dado a final de mes.

A pesar de la negativa, la mujer le daba uno cada treinta días, como compensación por sus servicios.

Lo lanzó con rabia hacia la anciana, que estaba en estado de shock y no sabía cómo reaccionar.

Tenía la boca entreabierta y la lluvia caía con fuerza a su espalda.

—¡Que aquí tiene su maldito dinero! ¡Váyase a la mierda! ¡No pienso volver nunca más!

La joven salió pegando un portazo que retumbó por toda la casa.

En la calle, sus lágrimas, incapaces de salir, le quemaban dentro de los ojos y el nudo se cerró, impidiendo el paso del aire.

Fue andando hasta casa. Cuando llegó, empapada, el paraguas abandonado en el vestíbulo de una casa con entrañas de papel, su madre aún no había llegado.

Mejor. En su habitación, soltó sus cosas y cerró la puerta.

Cogió uno de los cojines de su cama, verde con flecos blancos en cada uno de sus vértices, y comenzó a descargarle golpes.

Derecha, izquierda. Cada vez más rápido.

Derecha, izquierda. Cada vez con más ímpetu.

Derecha, izquierda. Rompió a sudar. Descargaba los puños con fuerza, intentando liberar esa rabia que tenía imbuida en la piel, que la quemaba por dentro y amenazaba con abrasarle las entrañas.

Cogió el cojín y hundió su cara en él, gritando con todas sus fuerzas, hasta quedarse sin aire.

Una, dos, tres veces. Sus manos se crispaban cogiendo los bordes, su cuerpo temblando de rabia.

Tras el tercer grito acallado por el cojín, el nudo en su garganta se rompió con un chasquido y Gabriela por fin rompió en llanto. La tensión abandonó su cuerpo y cayó al suelo como un títere privado de sus hilos.

Hundiendo la cara en el colchón, Gabriela lloró por todo y por todos.

Por las mentiras, por las emociones rotas.

Por lo que podía ser y no había sido. Por la incertidumbre que le traía el futuro, por el esfuerzo y la vida adulta.

Por no poder volver al pasado y no poder saltar al futuro.

Por tener que estar y no mostrar y por estar siempre fuerte a pesar de estar rota por dentro.

Cuando oyó a su madre entrar, trepó en silencio a la cama, acurrucándose con el cojín entre los brazos y siguió llorando, su ropa empapada cubierta por las sábanas.

Gabriela sentía que cuanto más lloraba, más salía. En algún momento de la noche le venció el sueño, acunada por estelas saladas y envuelta por una marea negra que se camuflaba entre las sombras.