Leyendo en casa de la señora Parks 13
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Ni siquiera en el colegio o en mis años con Adelina había sentido en mi piel una versión tan pura de mí misma.

Había encontrado un sitio en el que realmente podía ser yo misma, sin límites ni ataduras.

No tenía que fingir interés ni decoro, podía ser sincera y transparente.

Tras años de soledad impuesta, me costó unas sesiones adaptarme a esa verborrea pasional y a esa comunicación desenfrenada.

Después de años de silencio y responder a lo que se me preguntaba, pude empezar a compartir mis opiniones e ideas con otras personas, y dejar a los seres de mi cabeza en paz, que ya bastante habían escuchado.

Por fin era la gota de agua en medio de la charca: imperceptible y transparente, totalmente integrada con el resto.

En esa etapa tan feliz de mi vida se me venía a menudo la frase de mi padre a la cabeza.

«Pronto florecida…». Gracias a algunas de las chicas del grupo, aprendí inglés.

Me enseñaron que Azucena en inglés es lily y, por casualidad, hay un escarabajo de los lirios o escarabajo rojo de las azucenas, lily beetle en inglés.

Después de tantos años, vi la luz y me di cuenta de que mi padre estaba ligeramente equivocado, como pocas veces lo había estado en su vida.

Yo no era un lirio, era un escarabajo de la azucena, un lily beetle , con caparazón firme y alas fuertes, que volando había llegado a un jardín en el que se encontraba cómodo, en el que tenía flores de las que absorber, con luz y calor, rodeado de otros escarabajos como él, con los que podía compartir experiencias y conocimientos de otros jardines que no había conocido; con los que podía crecer.

Los jueves me acostaba con una sonrisa en la cara, con la expectación infantil deseante de que el tiempo pasara lo más rápido posible para que volviera a ser jueves de nuevo.

El tiempo, premonitorio, discurría lentamente; un reloj de arena cuyo interior había sido sustituido por miel y el mejunje, espeso, no se dignaba a tocar el fondo.

El destino caprichoso estaba intentando mandarme un mensaje, y yo, necia, todavía no lo comprendía.

No entendía que el hecho de que el tiempo pasara más lento me permitía un disfrute más largo y, en vez de aprovechar aquel paréntesis, azuzaba al caballo con brío intentando que corriera con más ahínco.

Si hubiera conocido el destino, seguro que habría disfrutado más de aquellos días de espera, nervios y encuentros.

Por desgracia, nuestra vida no es un libro al que podamos echar un rápido vistazo al final para saber cómo acaba.

Lo que nos lleva, inevitablemente, a sufrir las consecuencias de nuestro desconocimiento y apuro por querer tener más y tenerlo todo ya.

A veces, el ansia me podía y me leía más capítulos de los que tocaban para la meta.

No estaba acostumbrada a leer en grupo, así que, cuando comentábamos, tenía cuidado de no desvelar ningún detalle de capítulos posteriores.

Opinaba con placer en los debates, sentía una camaradería que había echado de menos en mis años de estudiante.

En esta clase, todas compartíamos una sola asignatura durante varias semanas, de libre asistencia: aquellas que no se sintieran atraídas por el libro en cuestión, eran libres de faltar.

Para participar en el club en sí no se requería ningún tipo de aportación económica, aunque las bebidas corrían a nuestra cuenta.

En el fragor de la dialéctica, a veces pedíamos dos o incluso tres consumiciones, café o té para las más pudorosas, y cerveza o una copa de vino para las más atrevidas.

Y luego estaba Eleanor: aunque ya disfrutaba de por sí de las sesiones, mis ojos se desviaban inconscientemente buscándola.

Mientras leía tranquila en mi casa, su cara se aparecía en mi mente, sonriente y con esos ojos celestes que parecían esconder todos los misterios del universo detrás de ellos.

Yo comencé a conocerla poco a poco, a todo el mundo se le llenaba la boca hablando de ella.

Hija de inmigrantes británicos, se había casado el año pasado con Julián, un hombre de buena planta y mejor sentido del humor, el mayor de cuatro hermanos.

Con el paso de las semanas, el placer de conocernos parecía mutuo.

Ella también se acercaba para charlar y, en ocasiones, la pillaba mirándome a mí igual que yo la miraba a ella. Nos sonreíamos.

La casualidad de vivir en la misma dirección nos regalaba unos minutos de conversación una vez se había acabado la sesión en el Café Europa, y aquella conexión que se empezó a formar entre ambas nos regalaba una hora de charla, o a veces incluso más, de pie en aquella esquina, saltando de un tema a otro.

El hilo de la conversación nos unía impidiéndonos regresar a nuestras respectivas casas, la afinidad nos pegaba los pies al pavimento y soltaba nuestra lengua que, aún fresca a pesar del debate en el club de lectura, tenía ganas de más.

Para saciar esta sed inagotable, Eleanor y yo empezamos a quedar a menudo para pasear, ir a tomar un café, o simplemente leer juntas, una al lado de la otra, en un silencio lleno de historias.

Descubrí una afinidad difícil de igualar, en la que ambas podíamos estar en la misma habitación, sin hablar ni mirarnos, pero la simple presencia de la otra llenaba el ambiente de una manera única e inimitable.

Cuando Eleanor confió lo suficiente en mí, me enseñó su «lugar secreto».

Un claro, lleno de olivos pequeños, con un gran olivo en el centro.

En primavera, cuando las temperaturas veraniegas empezaban a hacer acto de presencia, cogíamos un mantel de picnic y nos los llevábamos ahí, con un par de libros.

Pasábamos horas y horas tumbadas a la sombra del gran olivo, comentando nuestras lecturas mutuamente y picoteando lo que hubiéramos preparado para comer o leyendo en silencio, disfrutando la una de la otra arropadas por la brisa.

En esas ocasiones, decíamos que estábamos en casa de alguna otra, de Teresa o de Margarita, para evitarnos problemas: a Julián no le gustaba que Eleanor anduviera sola por el campo, y a Norman, que yo anduviera sola en general.

Yo seguía teniendo confianza ciega en mi confidente dentro del servicio, quien sí conocía nuestra ubicación real.

Candela progresaba a pasos agigantados. Era una alumna aplicada y trabajadora, que le robaba horas a la noche para repasar lo que habíamos visto durante el día.

—Vale, la G y la J. El sonido /j/ —le explicaba yo, forzando como si se me hubiera quedado una flema en la garganta— podemos escribirlo de varias maneras: ja, je, ge, ji, gi, jo y ju.

Todos ellos se pronuncian /j/. Y para el sonido /g/ tenemos ga, go, gu y gue, gui.

Quizás hay alguna excepción, pero grosso modo es así.

—Pero si pongo una U, sonará «güe», ¿no?

—Pues en este caso no. Para que suene «güe», tendrías que ponerle dos puntitos encima de la U.

Por eso se escribe «paraguas» y «paragüero».

¿Ves? —Le mostré una hoja de papel en la que acababa de garabatear ambas palabras, con una letra más grande de la que estaba acostumbrada a hacer.

Con ella me tenía que esforzar a hacer la letra mejor, porque con lo pequeña que la suelo hacer, a Candela le costaba leerla bien.

Fuimos en alguna ocasión a comprarle cuadernos de caligrafía, que insistía en pagar con parte de su sueldo, y yo accedía, sabiendo que al mes siguiente su salario sería unas pesetas más elevado.

Me inventaba excusas rocambolescas para justificar esa subida, a las que Candela se veía incapaz de rechistar: en casa, era Norman el que llevaba la economía familiar.

Cuando su nivel fue lo suficientemente alto, le dejé que cogiera alguno de los libros que sujetaban las estanterías.

Al principio, era yo la que le recomendaba los más sencillos, para evitar frustraciones y seguir con ese progreso ascendente, envidia de cualquier cohete.

Llegó un momento en el que ella misma sabía elegir sus lecturas, en función de la dificultad del texto y de la cercanía respecto a sus preferencias.

Los días que Candela aparecía con profundas ojeras, producidas por sustituir las horas de sueño por sesiones de lectura y de estudio, y cuyo cansancio le dificultaba realizar las tareas del día con normalidad, me asaltaba la duda de si estaba haciendo lo correcto.

Esas dudas se disipaban rápidamente cuando, en los momentos en los que nos encontrábamos a solas, me comentaba con entusiasmo lo que estaba leyendo.

—Señora, usted sabe que en ese libro el príncipe se casa con una campesina. Es difícil de creer… —me decía, frunciendo los labios y mirando la contraportada de un libro que acababa de terminar.

—En los libros todo es posible, Candela —le respondía yo—.

No hay límites ni fronteras. No hay clases ni estatus.

En los libros, un plebeyo puede acabar siendo rey y viceversa, por eso son mágicos.

Y quizás, incluso, hasta la más rocambolesca de las ideas que hayas leído en un libro puede hacerse realidad…

Mientras tanto, Eleanor y yo hablábamos sin cesar, incapaces de quedarnos sin tema de conversación.

Cuando no era la literatura, era la música, ya que ella era una apasionada, sobre todo del violín, o sino el arte y la pintura.

Aprendí mucho de ella, ya que en estos últimos temas yo era una ignorante con diploma.

Me enseñó conceptos básicos, como las figuras musicales o los principales estilos de pintura.

Nos sentábamos durante horas en su salón, con el plato del gramófono girando sin descanso, enseñándome sus piezas favoritas de música clásica.

Los horizontes de nuestras conversaciones se ampliaron sin límites y después de explorar los temas del día a día, empezamos a hablar de la vida, de nuestras inquietudes más profundas y de nuestros temores más oscuros, sentadas en la mesa del comedor, de mi casa o de la suya, después de que yo hubiera reunido el coraje de invitarla a casa y ella hubiera hecho lo propio unos días más tarde.

—He visto que hay una prueba para un puesto de secretaria para una empresa que abre nueva sede en la ciudad. ¿Nos presentamos juntas? —me preguntó un día, con la emoción pintada en los ojos.

—Norman no creo que me deje —respondí yo, retorciendo la servilleta entre los dedos hasta que las puntas tomaron un color rojo intenso.

Solté la tela—. La última vez que le comenté la posibilidad de buscar un trabajo me dijo que mi sitio estaba en casa.

Que, si no, cuando llegaran los niños, a ver cómo lo iba a hacer…

—Vaya… Es verdad que quizás para mí tampoco es el mejor momento, pero según lo vi me acordé de ti…

—Una gran sonrisa se formó rápidamente en mi cara—.

Y respecto al tema de los niños, no te preocupes tanto, mujer…

Quizás es culpa de Norman, ¿no? ¿Cómo sabes que eres tú la culpable de que no consigas quedarte embarazada?

Eleanor era la única persona, además de Norman y mis padres, que estaba al tanto de mis dificultades para engendrar un hijo.

—Pues no lo sé. Lleva intentándolo tanto tiempo y no para de comerme la moral con que algo estaré haciendo mal… —Seguí retorciendo la servilleta entre las manos.

—No sería el primer caso de hombres que tienen problemas de fertilidad, o que son estériles directamente —respondió Eleanor, dándole un sorbo a la taza de té que tenía frente a ella.

—Ya… No lo sé. —Tragué saliva—. Sinceramente…, me da miedo que sea una especie de señal: que no esté destinada a tener hijos, que no sea buena madre. La mía no lo fue.

—El ser humano le tiene miedo a lo desconocido, por naturaleza —me tranquilizó ella, alargando una mano encima de la mesa para agarrar la mía con ternura—.

Sabes que el miedo es solamente una reacción de protección del cuerpo.

No son más que sustancias y hormonas que van por la sangre y llegan al cerebro.

—Pero tú no tienes miedo —repliqué, dejando que el calor de su mano envolviera mis dedos y mirando su barriga de siete meses.

—Sí que me da un poco de miedo… No ser buena madre, no saber cuidar bien a mi hijo, que un día me necesite y yo no sepa estar ahí para él…

Pero lo hago con miedo. Porque la idea de traer una vida a este mundo eclipsa todo lo demás —me confesó, los ojos brillándole de emoción y acariciándose la barriga con suavidad—.

Algún día tú también tendrás hijos, Azucena, ya lo verás.

Eleanor era una brisa leve entre el calor atronador del desierto, la primera bocanada de aire tras estar sumergida más de lo deseado bajo el agua.

Era la persona que daba luz a mi vida personal mientras mi vida familiar se desmoronaba.

El día que dio a luz a Paul, un niño precioso de pelo rubio y potente berrido de casi cuatro kilos de peso, me volvió a coger la mano con dulzura cuando me incliné hacia su cama para darle la enhorabuena.

—No te preocupes —me dijo, con el sudor del parto todavía cubriendo su piel y una sonrisa cansada pero sincera—. Cuando tengas tu primer hijo, yo estaré allí para ayudarte. Te lo prometo.