12 #2
El camino de la parada de bus al quiosco de música era breve, y para satisfacción de Gabriela, no había nadie en la calle ni en el tenderete. Ayudó a bajar a la anciana del bus y subieron los pocos escalones que separaban la acera del espacio reservado para la orquesta con lentitud.
Gabriela instaló su campamento. Colocó el patito hinchable en el reborde que ocupaba la circunferencia del tenderete, como asiento para la señora Parks: el culo no se le quedaría plano ni tampoco frío.
La sombrilla, justo detrás, para evitar que alguna ráfaga de viento cambiara el curso de la lluvia y la pudiera mojar.
A su lado, tarrina de helado y cuchara. Ella se instaló en la silla de playa, coja, medio rota, pero que todavía hacía su función, con el libro de poemas acunado entre las manos y protegido por la toalla de las gotas saltarinas que se atrevieran a entrar en el recinto.
Con las dos mujeres instaladas, Gabriela animó con un golpe de barbilla a que la anciana abriera la tarrina de helado. Una vez esta tuvo la cuchara en mano y el postre cubierto con un paño para evitar el frío en la otra, Gabriela abrió el libro.
Una mirada como permiso para empezar. Un asentimiento mudo como confirmación. Unos ojos bien abiertos para concentrarse en el texto y los otros cerrados para concentrarse en la voz y contener unas lágrimas amargas que pugnaban por salir.
La lluvia se mantuvo constante, fiel a un pacto inexistente con ambas mujeres, y retumbaba con fuerza en el techo metálico del tenderete.
Así pasaron un par de horas, Gabriela leyendo y la señora Parks, primero escuchando y comiendo helado de pistacho, y una vez que la tarrina se terminó, solo escuchando y llorando.
Gabriela no sabía por qué lloraba la anciana y, aun así, no era razón para frenar su tristeza.
Dejó que la mujer llorara todo aquello que guardaba, todo aquello que tanto le costaba expresar en palabras.
Cuando el libro se acabó, Gabriela cerró la tapa, dejando que el ruido de la lluvia sirviera como epílogo, ambas mujeres respirando como una sola, al compás de las gotas desordenadas que caían sin cesar unas detrás de otras sobre sus cabezas.
Minutos después, la señora Parks abrió los ojos, enrojecidos por todas las lágrimas derramadas, y fue recibida por una sonrisa de Gabriela, que, silenciosamente, celebraba el logro de la anciana.
La mujer se levantó de su asiento improvisado, contorsionándose para poder darle un abrazo mientras seguía sentada en la precaria silla de playa.
—Enhorabuena —susurró Gabriela, la cabeza hundida en el cuello de la anciana.
Gabriela dejó que fuera la señora la que rompiera el abrazo y acto seguido se pusieron a recoger el pequeño campamento en silencio.
Bajando los seis escalones que las llevarían de nuevo a la altura de la acera, mientras la señora Parks seguía debatiéndose entre el pasado y el presente, su pie izquierdo resbaló en la superficie mojada.
Cayó de culo, rebotando en los escalones restantes, perdiendo el paraguas en el proceso y acabando en el suelo, en medio de un charco enorme que se había formado por un desnivel en los adoquines.
Gabriela, que se había quedado rezagada echando un breve vistazo para confirmar que no se habían olvidado nada, bajó trotando los escalones para llegar hasta la señora Parks, la preocupación y la culpa pintándole el rostro.
Viejos temores la sacudieron como una ola gigante y volvió a ver un fogonazo de luz delante de sus ojos.
El destino, o la vida, hicieron que ella también resbalara, con todos sus bártulos incluidos, y fuera a caer a un par de metros de la anciana.
Ambas mujeres, en el suelo, una sentada y otra tumbada boca abajo, se miraron.
En una pregunta recíproca para la que no les hizo falta abrir la boca, se confirmaron mutuamente que se encontraban ilesas.
Acto seguido, una carcajada de las de chiste malo, de las de lágrimas en los ojos y dolor de barriga, salió por sus bocas, amenazando con llevarse todo por delante.
La lluvia las empapaba de pies a cabeza.
La risa les impedía pensar en nada más. En un esfuerzo titánico por seguir respirando mientras aquella carcajada liberaba toda la tensión, les empezaron a doler las sienes y los ojos se pusieron a llorar, de risa en esta ocasión.
Cuando una abría los ojos y miraba a la otra, sus miradas se encontraban, sirviendo de combustible a esa carcajada que volvía con más fuerza.
Gabriela no recordaba la última vez que se había reído con tanto ímpetu.
La señora Parks dudaba que alguna vez lo hubiera hecho.
La lluvia incesante desde primera hora de la mañana había evitado que cualquier viandante se cruzara con semejante escena, aunque si hubiera ocurrido, el susodicho se hubiera alejado, temeroso de cruzarse con dos personas que no andaban bien de la cabeza.
O al menos, eso parecía. Dos mujeres, una joven y otra anciana, una vestida para ir a la playa y otra con una tarrina de helado vacía en la mano, que, sentadas en el suelo, se mojaban la una a la otra como dos niñas traviesas jugando en el mar, emitiendo unas carcajadas imposibles de parar.
Y sin duda hubiera acertado, porque ninguno de nosotros anda bien de la cabeza, pero, en este caso, con sus más y sus menos, ambas mujeres estaban en buen estado. Simplemente estaban pasando uno de los mejores momentos de su vida.
Después de pegarse una buena ducha y secarse el pelo, Gabriela se acostó pletórica, orgullosa de que su idea hubiera funcionado. Instantes antes de quedarse dormida, agotada por las tensiones del día y por las carcajadas pasadas por agua, la voz de la señora Parks aún susurraba en su cabeza.
«Aquí, bajo el cielo, la lluvia no suena tan fuerte».