Leyendo en casa de la señora Parks 12
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Después del fin de semana, el lunes se levantó lloviendo. Otra vez. «Hasta aquí», pensó Gabriela.

El mes de marzo había empezado con pleno: la primera semana había llovido de lunes a domingo, sin descanso, y aunque Gabriela no fuera una persona que apreciara especialmente el calor, sentía que tantos días consecutivos de lluvia le estaban minando la moral.

Unos días la lluvia golpeaba con fuerza tejados y toldos, y otros era tan fina que parecía flotar en el aire.

Pasando los dedos por su piel para confirmar que aún no le habían salido escamas, levantaba la vista al cielo, solo para encontrarse con el mismo lienzo grisáceo de los últimos días.

La que peor lo estaba llevando era la señora Parks.

Tras el tercer día consecutivo de lluvia, cuando su energía terminó y ni siquiera tenía ganas de escuchar música, acabó resguardándose en aquel mutismo que le era tan reconfortante en los días húmedos y en el que se acabaría quedando encerrada si la situación no cambiaba.

Con todo el carácter que tenía, lo amable que era, todo el conocimiento que atesoraba ese menudo cuerpo y la poquita vida que le quedaba por delante (había que ser sinceros), no estaba para dejarse controlar por los fenómenos meteorológicos.

Que le dolieran los huesos o las articulaciones era una cosa, pero estar anclada al sillón de su propia casa, sin derecho a moverse ni a vivir, simplemente por la culminación del ciclo del agua sobre su cabeza, era una injusticia.

Gabriela no sabía qué le había pasado a la señora Parks con la lluvia y tampoco quería saberlo.

Ella también había vivido momentos difíciles, imposibles de compartir con los demás, a pesar de que dieran vueltas y vueltas en su cabeza un día tras otro.

Así que la joven hasta se alegró cuando, al finalizar su turno en el bar, seguía lloviendo con ganas.

Era una lluvia directa, pesada, sin viento que la hiciera cambiar de rumbo, que caía con fuerza sobre los adoquines de la calle y retumbaba sobre los techos de los coches.

Pasó rápidamente por casa. Bajó al trastero.

«Espero que me acuerde de dónde está», se dijo a sí misma.

«Hace ya… al menos veinte años». Al traspasar la puerta metálica, le dio al interruptor y una solitaria bombilla parpadeó un par de veces antes de dignarse a emitir una triste luz blanquecina.

«Parece que mamá también hace tiempo que no baja por aquí».

En las estanterías se amontonaban recuerdos: libros infantiles, cajas de zapatos llenas de por-si-acasos , ropa demasiado pequeña, maletas jubiladas, cuadros con recuerdos demasiado grandes.

Gabriela respiró hondo y se dirigió a una de las estanterías de la derecha.

Trepó con dificultad por las baldas hasta que pudo alcanzar lo que quería. Tiró de ello.

Por la calle, podía sentir cómo la gente se giraba al verla pasar, con un gesto de desconcierto en la mirada.

Ella, protegida por sus cascos y la música que siempre le acompañaba, hacía oídos sordos a aquellas miradas.

El sentimiento que la inundaba por dentro y le impedía perder esa sonrisa que la había acompañado desde el trastero le resultaba desconocido.

Quizás no totalmente, pero tras tantos años escondido bajo el polvo, al haberlo sacado desde lo más profundo de su ser, como si también hubiera estado guardado en aquel trastero, rodeado de recuerdos de tiempos en los que la inocencia no conocía límites, tenía la sensación de que nunca lo había sentido en sus carnes.

Incluso así, decidió abrazarlo como a un viejo amigo.

Después de años de haberse encerrado en sí misma y sentirse culpable por lo que hizo, después de todos esos años de remordimientos, sentía que podía volver a hacer feliz a alguien, y aunque le parecía una sensación con un punto narcisista, le hacía sentirse tan bien que le daba igual.

—Pero ¿qué haces?

La señora Parks había girado la cabeza, dirigida hacia el ventanal que mostraba aquella lluvia que parecía no tener fin, para encontrarse a Gabriela, recién llegada a la salita, equipada con nevera de playa, un hinchable, toalla, sombrilla, un chubasquero y la determinación en su mirada.

—Ya me he cansado de que los días de lluvia le amarguen la existencia y le impidan hacer lo que más le gusta en este mundo.

—Cogió aire—. Lo que fuera que le pasara con la lluvia ya fue, ya pasó.

No lo puede cambiar ni volverá. El día que inventen las máquinas del tiempo, tiene vía libre para volver al pasado y cambiar lo que pasó.

Pero aunque sea una putada, aún no existen.

Así que, hasta entonces, no se va a quedar encerrada en sí misma estando rodeada de tantos libros en los que puede evadirse.

—Gabriela le tendió un chubasquero—. Así que vamos a salir y verá que la lluvia no puede hacerle daño.

La mujer la miraba con una dureza que no había sacado en todos los meses que se conocían.

Gabriela sabía que la terapia de choque podía salir muy bien o muy mal.

Esperaba que sucediera lo primero. La anciana volvió a mirar por la ventana, perdiéndose entre las finas gotas de lluvia.

Gabriela dejó de respirar. Intuía que si la anciana se cerraba en banda podía ser algo que estropeara la relación tan buena que tenían; pero, del mismo modo, sabía que o lo hacía de este modo o nunca podría ayudarla. Así que le dejó su tiempo.

—¿Qué llevas? —preguntó, sin despegar los ojos del cristal.

—En la toalla, un libro, y en la nevera, helado de pistacho: su preferido.

—Había hecho una breve visita al almacén y dentro del gran arcón frigorífico había encontrado kilos y kilos de helado de pistacho.

Bajó la vista al suelo, donde había dejado apoyada la sombrilla y la nevera azul—.

Para que se le haga más llevadero el mal trago.

La anciana seguía mirando hacia el exterior.

Aquello que lleva años hundido está escondido entre corales, viejo y oxidado, y es difícil arrancarlo del fondo marino sin que se lleve cosas por delante.

Inspiró profundamente. Vino a su mente el detalle que había tenido con Iván y ahora, en su breve monólogo, había visto en sus ojos claros un brillo que creía perdido y que no sabía si volvería a ver alguna vez en su vida.

Después de tantos años, alguien volvía a tenerle el aprecio suficiente como para querer hacerla feliz. Espiró en silencio.

—¿Dónde?

—En el quiosco de música que hay en el parque del ensanche.

—¿Y si me quiero volver a casa? —La mujer se giró y clavó los ojos en Gabriela, quien ocultó su nerviosismo. Estaba regateando. Si tiraba demasiado alto, no habría trato.

—Le doy media hora: si en media hora desde que nos hayamos sentado en el quiosco sigue queriendo volver a casa, cogemos el bus y nos vamos.

Se acercó con la mano tendida hacia la anciana.

Esta miró la palma que se le ofrecía como si fuera un salto al vacío, un punto de no retorno.

Mirando aquella palma desnuda, la señora Parks viajó décadas al pasado y recordó aquel primer día, aquel apretón de manos.

Sabía que era imposible. La chica no podía saberlo.

Las únicas personas que estaban al tanto estaban todas ya muertas, y eso le daba algo de sosiego.

No tenía modo de saberlo, no tenía manera de estar al corriente, así que tomó aire profundamente.

No merecía la pena enfadarse con ella porque no lo sabía e incluso quizás, así, lo volvía un acto de amor más puro y verdadero.

Querer sanar aquello que no había roto. Una idea se instaló en su mente, un rayo de sol atravesando los nubarrones a través de la tormenta: lo hacía por ella. Se la estrechó con fuerza.

—Abríguese bien, por favor, que hace frío —dijo Gabriela, sin soltarle la mano— y no quiero que mañana tenga una pulmonía por mi culpa. Le espero en la entrada.

La mujer se levantó con dificultad del sillón. Por el pasillo, Gabriela relajó los hombros, liberándose de la tensión que había acumulado inconscientemente. Soltó el aire de los pulmones. No las había tenido todas consigo de llegar a convencerla.

Minutos después, la señora Parks, ataviada con un largo chubasquero y unas botas de agua negras que parecían para estrenar, esperaba en la entrada.

Su nervosismo salía de su cuerpo a través del pie derecho, que tapeteaba el suelo sin descanso, y sus ojos, que saltaban de un lado al otro de la habitación como saltamontes en una noche de verano.

La joven la recibió con una sonrisa y fue hacia la puerta.

Con la mano ya en el pomo, la anciana abrió la boca, dispuesta a frenar a la joven con una última pregunta.

—Usted confíe en mí —la cortó Gabriela antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, con la puerta ya entreabierta y una mirada cargada de empatía.

Cerró la boca y soltó aire. Dio un paso mientras Gabriela sujetaba la puerta con su cuerpo. La anciana se inclinó sobre el paragüero para coger un gran paraguas negro con volantes.

Ya en la calle, cada una bajo su paraguas, la señora Parks avanzó con pasos vacilantes bajo la lluvia, seguida de cerca por Gabriela.

Su respiración era muy superficial y sus lágrimas estaban preparadas para saltar en cualquier momento.

Gabriela la miró. Cerró los ojos un segundo y se vio a sí misma, unos años atrás, con el mismo temor en los huesos y el nudo en el alma. Actuó con delicadeza.

En el bus, algunas personas las miraban hoscamente.

Gabriela iba inmersa en su música y evitaba devolver cualquiera de esas miradas.

La señora Parks, su mente sumergida en los recuerdos, sus ojos perdidos en las gotas que corrían por los cristales, respiraba lentamente para evitar perder la compostura.