Leyendo en casa de la señora Parks 11 #2
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Cuando empecé, me di cuenta de que había perdido el ritmo de leer en voz alta.

Haciendo memoria, recordé que la última vez que lo había hecho era cuando las monjas nos obligaban a leer determinados pasajes de la Biblia en el estrado.

Hacía años que no había «practicado». Aunque en mi mente sonaba fluido, en el aire sonaba a trompicones, como si la fluidez se hubiera quedado enganchada entre mis dientes.

Sobrepasando la molestia que me generaba no estar haciéndolo bien, me concentré en el texto.

Sorteé como pude el desafío y sonreí nerviosa cuando llegué al punto que me habían marcado.

El resto me miraron con sonrisas benevolentes y paseé la mirada por todas ellas, agradecida.

Sin embargo, mis ojos se quedaron enganchados en una de aquellas miradas, como si de un anzuelo se tratase.

Unos ojos azules, casi transparentes, me sonreían desde la otra punta de la sala.

Una joven con vestido largo rojo, maquillaje modesto y que emanaba paz de una forma difícil de explicar era su dueña.

Leímos otros pasajes de los tres primeros capítulos y los comentamos en voz alta, siguiendo las preguntas de la maestra de ceremonias cuando el intercambio decaía.

Más o menos todas las mujeres hablaban por igual, cediéndose los turnos.

Una niña pequeña gritaba de emoción dentro de mí, aunque por fuera mantuviera la compostura.

Hacía tantos años que buscaba algo así, un grupo en el que me sintiera realmente integrada.

Las otras mujeres compartían puntos de vista muy interesantes, y se formaban pequeños debates amistosos, en los cuales, sin lugar a dudas, la mujer de rojo llenaba el espacio más que el resto: hablaba de una manera tan calmada, como si tuviera tan claro que lo que decía era una verdad rotunda —con pasión pero a la vez con entereza— que encandilaba al resto.

«Qué ingenioso», pensé en un par de ocasiones.

«Qué bien habla», me decía cada vez que una compañera recuperaba el turno.

De repente, el reloj dio las siete. ¡No podía ser!

¡Se me había pasado volando! En comparación con las otras reuniones, en las que el tiempo parecía alargarse en longitudes que desafiaban las leyes de la física, en esta ocasión tenía la sensación de que hacía solo unos minutos que había alzado la voz para leer.

Me sentí tan bien habiendo podido expresar mi punto de vista en algunas ocasiones y escuchando al resto en otras, que deseaba quedarme en aquella sala para siempre.

Desgraciadamente, el resto de mujeres se levantaron para colocar las sillas en un rincón y tuve que seguirlas.

Como un pequeño déjà vu , volvieron a formar corros, charlando de nuevo sobre el libro y sobre sus vidas.

En esta segunda ocasión ya no permanecí al margen y me integré en un grupo conformado por mis vecinas de silla.

Varias de las mujeres se acercaron a nuestro pequeño grupo para presentarse y yo les agradecí el gesto.

Era muy considerado por su parte. Entre comentarios y presentaciones pasaron los siguientes minutos, hasta que la mujer de rojo se paró frente a mí.

—Creo que aún no nos han presentado —dijo ella, con la sonrisa más pura que he visto hasta hoy. Aún no lo sabía, pero ese iba a ser un momento clave en mi vida. Un antes y un después porque, tras conocerla, todo en mi vida cambió. Nos dimos dos besos, le dije mi nombre—. Encantada, yo soy Eleanor.

Cautivada, nos quedamos un rato charlando, hasta que la dueña del local nos echó amablemente.

«Como me pillen con el local aún abierto, ¡me llevo una bofetada de las buenas!

». Al no saber a qué hora acabaríamos, le pedí a Candela que no viniera a recogerme, en parte también para que pudiera cubrirme si Norman preguntaba por mí.

Eleanor y yo volvimos caminando hacia nuestras respectivas casas y descubrimos con sorpresa que no vivíamos lejos la una de la otra.

La conversación se mantuvo animada hasta una esquina, cuando inevitablemente tuvimos que separarnos.

—Azucena, ha sido un placer —me dijo, tendiéndome la mano.

—El placer es mutuo —respondí yo, estrechándosela. No era ninguna formalidad. De verdad, acababa de conocer a una de esas personas que no se olvidan en la vida. Eleanor se convertiría en mucho más que eso y aún no era consciente.

Cuando llegué a casa y, cumpliendo mi parte del trato, le comenté toda la sesión a Candela mientras le enseñaba las vocales: A, E, I, O, U, le hablé también de las chicas a las que había conocido y sobre todo de Eleanor.

—Tiene pinta de ser una mujer encantadora —dijo Candela.

—Pues sí —dije yo, encandilada con aquellos ojos azules y esa aura única.

Esa misma noche, cenando, no me podía sacar al club de la cabeza, tampoco a Eleanor.

Inconscientemente, se me escapaba la sonrisa tonta, que intentaba esconder cuando Norman levantaba la cabeza de su plato.

Había estado en una reunión hasta tarde y había llegado a casa de malas pulgas.

Por lo visto no había salido muy bien… Al menos, no se había enterado de mi ausencia.

Estaba tan pletórica con la experiencia que hasta se me pasó por la cabeza comentarle mi aventura.

«Seguro que le parece hasta bien», pensé, ingenua. Él mismo cortó mis intenciones.

—Esta noche, antes de dormir, lo vamos a volver a intentar. No quiero excusas —me avisó, mientras se metía otra cucharada de sopa en la boca.

Mi aplomo cayó al suelo. Después de ese aviso, se me quitaron las ganas de todo: de comer, de contarle, de decirle.

Se me borró la sonrisa de un plumazo. Asentí con la cabeza gacha y seguí comiendo la sopa, que se quedaba atrapada en el nudo de mi estómago.

Había aprendido que era mejor no darle razones para estar enfadado, menos aún si después nos íbamos a la cama juntos.

Aunque esta vez su enfado no dependía de algo que yo hubiera hecho, sabía que lo pagaría conmigo.

A la hora de acostarnos, me levantó el camisón con desgana y me tumbó en la cama, abriéndome las piernas con autoridad.

Me penetró sin avisar, violentamente. Yo ahogué un gemido de dolor.

Clavé la vista en el techo, contando las juntas de los retales del techo, esperando que se pasara más rápido.

De repente se me vino a la mente Eleanor, esos ojos cálidos, esa sonrisa mullida, cómo hablaba, su forma de llenar la sala solo con su presencia, cómo transmitía a través de sus palabras…

El recuerdo de Eleanor me sirvió como evasión.

Cuando Norman terminó, tan solo unos eternos minutos después, se dejó caer a mi lado, exhausto.

Tras unos instantes, se levantó, se puso el pijama y se acostó.

Esperé unos minutos para levantarme yo también, para asearme e ir al baño.

Cuando salí, él ya se hacía el dormido. Aproveché para irme a la salita y leer un poco: quería despejar la mente antes de dormir.

Apostada en el sillón, con la luz de la mesita como única compañera en aquella noche oscura, cogí el ejemplar de La metamorfosis .

Me di cuenta de que, al seguir leyendo la historia, se me venían a la mente las palabras de Eleanor comentando el texto.

Sus gestos, sus expresiones. Leí unas cuantas páginas y cuando los párpados empezaron a ganar la batalla, guardé el libro en uno de los cajones y apagué la luz.

Me metí en la cama con sigilo, evitando despertar a Norman, y me dormí pensando en lo bien que me lo había pasado aquella tarde en el club de lectura. Y en Eleanor. Me dormí pensando en Eleanor.