Leyendo en casa de la señora Parks 11
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Nunca había estado en un club de lectura.

Es más, normalmente solo comentaba los libros que leía con mi padre, y a veces ni siquiera eso.

Sin embargo, tras haber visto el cartel que anunciaba un club de lectura femenino, me apasionó la idea de juntarme con otras mujeres que tuvieran los mismos gustos que yo, las mismas aficiones; poder conversar de los libros que leía. Me parecía una idea espectacular.

El libro que aparecía en el cartel era La metamorfosis y por lo que le habían dicho a Candela, la chica que me acompañaba aquel día y que había enviado a preguntar, había que llevar un ejemplar propio, como suponía.

Me acerqué yo misma a la Librería Central.

Tuve la suerte de que aún contaban con un ejemplar, el último libro que quedaba de una comanda que habían realizado recientemente.

Para mi regocijo, el club de lectura coincidía con la reunión semanal de las otras mujeres de la empresa: los jueves por la tarde. Me alegré de tener una excusa para evitar esas reuniones banales, aunque sentí una pizca de pena, sobre todo por Margarita.

La noticia bullía de emoción en mi interior, deseosa por salir.

Sin embargo, no tenía a quién contárselo.

Si Norman se enteraba, tenía la sospecha de que se enfadaría muchísimo, y Margarita, la única de las mujeres con la que tenía la suficiente confianza como para hablar de esas cosas, quedaba descartada.

Si un día por descuido se le escapaba con el resto, Norman se acabaría enterando.

No quería cargarla con esa responsabilidad.

Un miércoles por la tarde, el día antes de mi primera asistencia al club, comencé a leer el libro.

No había querido cogerlo antes, ya que en el cartel especificaban que en esa primera sesión solo se comentarían los tres primeros capítulos, y desconfiaba de mi capacidad de autocontrol.

¿Sería capaz de leer solo tres capítulos y luego dejar el libro posado a un lado?

Pues sí. Tirando de mucha disciplina, acabé esos tres capítulos y dejé el libro posado en la mesita, para evitar la tentación de tenerlo entre las manos y querer seguir leyendo.

Levanté la vista. Candela estaba limpiando el polvo, de espaldas a mí.

En un momento dado, bajó el plumero y se quedó embelesada mirando los libros que recorrían las estanterías.

—Si quieres leer un día uno, te lo presto sin problemas. —Mi comentario la sobresaltó y se giró con los ojos como platos, pidiendo perdón con las manos—. No, no, tranquila. Lo digo totalmente en serio.

Candela se quedó unos segundos más conteniendo la respiración, y cuando vio que iba en serio, se relajó y sus facciones se suavizaron.

Tras unos instantes, se volvió a girar hacia la estantería, con el plumero cayendo suavemente a su costado, y dijo una frase con tono triste. Le pedí que la repitiera.

—Dije que me encantaría, señora, pero que no sé leer. —Abrí los ojos como platos—. Solo fui un par de años a la escuela.

Ese día descubrí que Candela y yo teníamos la misma edad.

El tiempo, sin embargo, no había sido indulgente con ella y a sus veinticuatro años parecía que me sacaba diez o quince.

Ese día, gracias a la confianza que le había dado mi comentario y a que Norman estaba fuera en una reunión de trabajo, me confesó que venía de un pueblo en la montaña, en el que se había dedicado desde que tenía uso de razón a cuidar a sus hermanos pequeños, cumpliendo el papel de madre, fallecida al dar a luz al benjamín de la familia.

Con tres niños a su cargo, de cuatro, dos y unos pocos meses, dejó la escuela, apenas con ocho años, y aunque había aprendido ya unas cuantas letras, la falta de uso había terminado por borrarlas de su mente.

Cuando sus hermanos crecieron, decidió bajar a la ciudad para poder conseguir más dinero, ya que el trabajo de su padre no daba para alimentar a los cinco.

Tener trabajo le permitía a su padre, por un lado, tener una boca menos que alimentar, y por otro, un sueldo aparte con el que completar la economía familiar, contribución a la que Candela no fallaba ni un solo mes, desde hacía seis años.

Después de su confesión, una mezcla de pena y vergüenza se entremezclaron en mi interior.

A mis ocho años, mis únicas preocupaciones era no hacer enfadar a mi madre ni a las monjas.

Me imaginé teniendo que cuidar a tres niños con esa edad y me recorrió un escalofrío.

Aunque no fuéramos amigas, me sentí tremendamente orgullosa de ella.

Llevaba trabajando desde los dieciséis años para sacar adelante a sus hermanos y me reveló con una sonrisa que los tres acudían a la escuela.

Envalentonada por su propia sinceridad y a pesar de que la diferencia social que nos separaba (o precisamente gracias a ella), le conté mi intención de acudir al club de lectura.

Cauta, no mostró demasiada emoción, aunque sus labios se curvaron formando una sonrisa. «Qué bien», me dijo.

En ese mismo instante, se me ocurrió una idea.

Le pedí que me cubriera para ir al club de lectura: si alguien le preguntaba, incluido Norman, tenía que decir que estaba tomando café con las mujeres del bufete.

Al oír su nombre, Candela se puso en tensión y contuvo la respiración.

Entendía su miedo. Si conmigo era severo, con el personal de servicio aún más.

Sin embargo, le hice una oferta que merecía la pena el riesgo.

—Si tú me cubres, yo dedico todos los días un rato a enseñarte a leer. —Los ojos de Candela se iluminaron y esta vez sí mostró una sonrisa sincera, emocionada. Me cogió las manos con ansia. Las soltó al instante, las mejillas rojas por la vergüenza de un gesto tan espontáneo.

—¿De verdad?

—De verdad. Será nuestro club de lectura particular —respondí yo, con una sonrisa.

Candela se echó a mis pies. La levanté rápidamente: no quería montar una escena y que el resto se enteraran.

Le hice prometer que sería un secreto entre ella y yo.

Asintió rápidamente, con un gesto cerrándose la boca con llave y luego simulando que la lanzaba lejos, lo más fuerte posible. Estaba pletórica.

Candela me cubrió durante meses. Yo iba al club de lectura, mientras Norman y el resto del servicio pensaban que estaba tomando café con las mujeres del bufete.

En las pocas ocasiones en las que Norman llegaba antes del despacho y preguntaba, Candela era la que respondía.

Ella era la que «sabía» todos los detalles, por si Norman se ponía a preguntar, cosa que era totalmente improbable.

Nunca se le ocurriría hablar con sus asociados de otra cosa que no fueran negocios.

O, al menos, nunca se le ocurriría preguntar por nosotras.

En resumen, mi coartada estuvo a salvo tras la indiferencia de Norman respecto a todo lo que tenía que ver conmigo, exceptuando el tema de tener hijos, asunto que siempre levantaba asperezas entre ambos.

Así, tras meses de estar perdida en mi propia vida y sin saber por qué me levantaba cada mañana, me armé de valor y acudí al club de lectura.

Aquel primer día empujé la puerta, haciendo sonar la campanita que colgaba del techo, dispuesta a delatar a cualquier cliente que entrara en el café.

En esa ocasión, el tintineo fue totalmente inútil, ya que todas las asistentes estaban dispersas en grupos, enfrascadas en unas conversaciones que se desarrollaban animadamente.

Aspiré con fuerza el aroma de la estancia, agarrando con decisión mi ejemplar de La metamorfosis y calmando mis nervios.

Una mujer salió de la parte trasera de la barra dando palmadas, sin darse cuenta de mi presencia.

—¡Venga, que son las cinco! ¡Empezamos!

Yo, un poco perdida, miré discretamente al resto para saber qué tenía que hacer.

Siguiendo el ejemplo de las demás, cogí una de las sillas puestas a nuestra disposición en una de las esquinas del café y me coloqué en círculo.

A pesar de estar sentadas, las otras seguían charlando en susurros, como los alumnos que esperan en clase la llegada de la profesora.

Yo miraba atenta todo lo que me rodeaba, asimilando todos los detalles de aquel día y con un temblor incontrolable en la pierna derecha, muestra de mi nerviosismo.

La mujer que había llamado al orden fue la última en sentarse.

—Bueno, chicas, vamos a empezar —dijo, mientras estiraba las tablas de su falda y posaba un ejemplar encima de las rodillas—.

Primero de todo, gracias por asistir a estas sesiones.

Sin ustedes, nada sería posible. En segundo lugar, veo que tenemos caras nuevas.

Bienvenidas —remarcó, dirigiendo una sonrisa acogedora a mí y otra a una chica con vestido azul claro de escote redondo y pelo oscuro semirecogido, sentada un par de sillas a mi izquierda—.

El mes pasado leímos Fortunata y Jacinta y para esta ocasión hemos elegido La metamorfosis, de Franz Kafka.

Habíamos previsto leer los tres primeros capítulos.

Vamos a leer algunos fragmentos para ponernos en situación —dijo, cruzando las piernas y abriendo el libro, buscando una página en concreto—.

¿A alguien le gustaría empezar? ¿Dejamos el turno a las nuevas?

Un asentimiento general nos puso en el punto de mira. La chica de azul y yo nos miramos.

—Empiezo yo. —Hacía años que había esperado tener una oportunidad parecida, de poder hablar y leer libros con otras personas como yo, y no la quería desaprovechar.