Leyendo en casa de la señora Parks 10 #2
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Un par de horas después, cuando el reloj de cuco dio las siete, Gabriela abrió los ojos.

«Guau», se sorprendió, «sí que se ha pasado rápido».

Cuando era ella la que leía, la sequedad en la boca y el cansancio que se iban acumulando le iban haciendo consciente del paso del tiempo, por mucho que estuviera disfrutando la historia.

Se dio cuenta de que así, con los ojos cerrados, era como estar viendo una película.

Totalmente inmersa en la historia, se había imaginado claramente a los personajes y los escenarios, como cuando era ella la que leía para sí misma.

—Y con esto y un bizcocho… hasta mañana a las ocho no, que trabajo.

Hoy porque era un día especial y le he pedido a un compi que me cubriera durante esta hora.

Ya miraré cómo me organizo los turnos. Voy a intentar hacerlo todo lo a menudo que pueda, hasta que acabemos el libro, pero no podré llamar todos los días.

Además, ¡la conferencia nos va a costar un ojo de la cara!

—Por eso no te preocupes —le tranquilizó la señora Parks—, la llamada corre a mi cuenta.

—Bueno, ya la llamaré otro día entonces y la pongo al día. ¡Buenas tardes, querido público! —Y colgó.

Incluso una vez que su voz ya no se oía en el ambiente, las buenas vibraciones que había transmitido Iván seguían flotando en la estancia.

Gabriela separó la mirada del móvil, que había cogido para metérselo en el bolsillo, y se encontró de frente con los ojos de la señora Parks, que la miraban agradecidos.

Las lágrimas que antes habían intentado salir parecían querer volver a escaparse.

—Muchísimas gracias… —La mujer dudó un instante. Respiró profundamente—. ¿Te puedo dar un abrazo?

—¡Claro! —Gabriela se levantó y se inclinó hacia la mujer, que la rodeó con los brazos, apretándola suavemente contra sí.

—Gracias —volvió a decir la mujer otra vez, susurrando en el pelo de Gabriela, de forma que las palabras fueron ininteligibles para la joven—, hacía años que nadie había tenido una sorpresa así conmigo.

Gabriela disfrutó aquel abrazo con los ojos cerrados. Al abrirlos, se miró la muñeca y la hora que daba el reloj. ¡El autobús!

—¿Mañana, a la misma hora? —preguntó, separándose rápidamente de la anciana.

—Si quieres, mientras estemos con este libro no hace falta que vengas. Puedo sacar una silla a la entrada y escuchar por el auricular.

—¡No, hombre, no! —refutó Gabriela—. Ahora que yo también estoy enganchada al libro, ¡quiero saber cómo acaba! Además, no se está tan mal del otro lado de la lectura —bromeó.

La señora Parks asintió, haciéndole un gesto para que se marchara: la chiquilla iba a perder el bus.

Aun cuando la joven ya se había ido, la anciana seguía degustando el sabor que había dejado la historia en su mente y la voz de Iván en sus oídos.

La historia y el gesto de Gabriela. Arrellanada en su sillón, se regocijaba en la sensación que había dejado aquel gesto en su ser.

No había mentido. Hacía años que nadie había tenido un detalle de esa índole con ella, una sorpresa de esas características.

La última persona que había tenido un detalle así ya no estaba en este mundo, y, al recordarla, se le llenaron los ojos de lágrimas, esta vez amargas.

Lloró una mezcla de lágrimas de alegría por volver a escuchar la voz de Iván y saber que aquella chiquilla la tenía en tan alta estima; y lágrimas de tristeza por aquellos que ya no estaban y que nunca volverían.

Una vez todas las gotas saladas encontraron su camino fuera del cuerpo y rodaron sin freno por sus mejillas, la señora Parks se levantó para coger un pañuelo y borrar todo rastro de sentimientos de su cara.

Mientras estaba en la habitación, sonándose los mocos, pensó que la chica debía de haber removido viento y marea para poder encontrar al chaval, sabiendo encima que se había mudado al extranjero.

Realmente tampoco había sido tan complicado. Con una pizca de suerte, las maravillas de internet y la facilidad de tener dos apellidos tan característicos como Rojo y Borbón, a Gabriela le había costado solamente un par de visitas a la biblioteca.

Con uno de los ordenadores, se había inscrito en una nueva plataforma llamada Facebook y había tecleado «Iván Rojo Borbón» en la barra de búsqueda.

Al principio se descorazonó un poco, al no aparecer resultados.

¿Y si quizás no se había inscrito? Hacía poco que había llegado a España…

Probó entonces solo con el primer apellido: Iván Rojo.

Ahí tuvo más suerte: demasiada. Salió una lista interminable de nombres, pero Gabriela, determinada a encontrarle, fue entrando uno por uno en todos los perfiles.

Si la señora Parks no se equivocaba, Iván había nacido en León y había estudiado enfermería en la Universidad de Málaga. No podría haber muchos así.

Fue entrando en varios perfiles. Algunos no tenían fotografía y otros ningún dato sobre lugar de estudios o de nacimiento.

Así que la segunda pizca de suerte fue que Iván, el Iván que Gabriela estaba buscando, lo había puesto todo: dónde había nacido, en qué instituto había estudiado, dónde había hecho enfermería e, incluso, foto de perfil.

Gabriela, sin vergüenza ninguna, ya que su perfil era totalmente anónimo, le escribió al chaval sonriente que aparecía en la foto, que sería ya un treintañero, un mensaje algo peculiar.

Por suerte, y sobre todo por su forma de ser, Iván no dudó en responder a un mensaje de un usuario recién registrado, sin foto de perfil y sin seguidores, que le preguntaba si hacía unos años leía para una anciana que vivía en una antigua casa llamada El Olivar.

Dando gracias a Dios por no confundirse de Iván, Gabriela recibió rápidamente una respuesta.

Tras una breve charla y confirmar que estaba hablando con el «verdadero Iván», le preguntó si sería posible que leyera ese libro para la señora, y él aceptó encantado.

Como actualmente estaba trabajando en Suecia y sería bastante complicado desplazarse solamente para unas cuantas sesiones de lectura, decidieron hacerlo por teléfono.

Iván se buscó la vida para conseguir el libro en español, lo que le llevó varios meses y, en cuanto lo tuvo, escribió a Gabriela.

A Iván le venía muy bien porque esa franja horaria en el trabajo era bastante tranquila: no solían tener tratamientos que poner y como mucho solo había papeleo a rellenar.

Era tan tranquilo que incluso algunos compañeros leían en la sala destinada al personal, aunque ninguno quería que el jefe de planta llegara y les pillara in fraganti (aunque no tuvieran igualmente nada mejor que hacer).

Se organizó con Killian, uno de los compañeros de trabajo con los que mejor se llevaba, para que le cubriera las espaldas durante ese par de horas.

Luego solo tuvieron que esperar hasta que Iván consiguió el libro, y rápidamente se organizaron para ese jueves.

A partir de ese día, Iván advertía a Gabriela por un mensaje de su disponibilidad y desde ahí organizaban las sesiones con la señora Parks.

El resto de días, la anciana accedió a empezar un libro diferente para no tener que depender del enfermero para disfrutar de una tarde de lectura.

Durante las sesiones con Iván, Gabriela lanzaba de vez en cuando miradas furtivas a la anciana, y se le contagiaba la expresión de felicidad que coronaba su rostro.

Pensó si también sonreiría cuando leía ella, y si el hecho de escuchar la voz de Iván le llevaba a unos años en los que hubiera sido más feliz.

Entre cuestiones organizativas, Gabriela e Iván chateaban sobre temas más personales.

Cuando se le ocurrió preguntar por detalles de la vida de la señora Parks, Iván estaba igual de perdido que ella.

«En las sesiones nos dedicábamos a leer o a hablar de libros», respondió él ante la pregunta.

A Gabriela siempre le sorprendía la falta de información que dejaba caer la mujer sobre su vida personal.

Aún no tenía claro si era viuda, quizá nunca hubiera llegado a estar casada.

¿Tendría hijos? ¿Por qué no tenía fotos de ellos?

Una chispa de intriga se encendió en su interior, iluminando una pregunta que se hacía cada vez más incisiva.

¿Quién era realmente la señora Parks?