Leyendo en casa de la señora Parks 10
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Una tarde de febrero, cuando Gabriela llegó a El Olivar, la puerta estaba entreabierta para ella.

Entró gritando un «buenas tardes» hacia el interior.

Deliberadamente, se entretuvo en el pequeño vestíbulo de entrada: había llegado algo pronto y aún faltaban unos minutos para las cinco.

Hoy era primordial la puntualidad germánica.

Tras remolonear unos instantes, llamó a la puerta de la salita con los tres toques de costumbre.

Saludó a la señora Parks. La tarde anterior habían terminado una novela de Susan Hilton bastante finita, que no les había llevado más de tres días, y Gabriela se ofreció para elegir el próximo viaje literario.

—Es que el otro día vi un título que me intrigó un montón y tengo curiosidad por saber de qué va la historia —se excusó.

—Sí, sí, claro. Sin problema. Te dejo elegir.

—La señora Parks se quedó sentada mientras Gabriela disimulaba entre las estanterías, ya que sabía con toda seguridad dónde estaba el libro que quería coger.

Se hizo un poco más la remolona y finalmente sacó uno de los volúmenes, unas setecientas páginas, las pastas de color dorado y con ilustraciones de pequeños dragones azules en la portada.

La señora Parks torció el gesto: ese libro le sonaba de algo.

—¿Cómo se titula?

— El legado de Dornibur . —Al escuchar el título, la señora Parks mostró su descontento.

—Ya te dije hace un par de meses que ese libro…

El ring del teléfono la cortó a media frase, un invitado bastante maleducado.

Sin embargo, la señora Parks agradeció en esta ocasión la interrupción.

«Menos mal», pensó para sus adentros, mientras se levantaba y se alejaba lentamente de la situación.

No entendía por qué la chica lo había vuelto a coger, si la última vez había dejado bien claro por qué no quería leer ese volumen en especial.

Y no era porque no hubiera libros donde escoger…

«¿Es que no me prestó atención la otra vez?

». Al llegar al aparato, que llevaba ya un rato sonando, la señora Parks descolgó con parsimonia.

—¿Sí?

—«Las murallas de la ciudadela habían caído, pero nuestros cuerpos seguían en pie. La única verdad…».

La señora Parks se separó el auricular de la oreja, mirando la rejilla por la que salía la voz con gesto confundido, el entrecejo en tensión.

Volvió a pegarse el auricular. La persona al otro lado de la línea no había dejado de hablar, pero utilizaba un tono extraño.

No tenía el soniquete de los vendedores de publicidad, ni utilizaba frases o preguntas cortas como se esperaría en una conversación telefónica. Más bien, parecía que estaba… leyendo.

—«… correteaban entre los destrozos, luchando con espadas de madera y lanzándose sortilegios inventados. Clye y Digrad aparecieron en la estepa, uno de cada lado. Caminaron con paso tranquilo y una vez llegaron al centro, se estrecharon las manos primero, acabando en un abrazo emotivo después».

Fue sobre todo la mención de los dos personajes principales, una pelirroja guerrera y un escriba de cuerpo orondo y barba lapidaria, la que dio la última pista a la señora Parks.

La primera había sido ese tono inconfundible, esa voz que parecía sacada de la escena de un teatro.

Al escuchar esa tonalidad pronunciar esos dos nombres sus neuronas conectaron y le asignaron por fin una cara a la voz que salía a través del auricular.

Una voz que, a pesar de los años pasados, era inolvidable.

Solamente la ligera distorsión de la línea telefónica y la certeza casi plena de que nunca la volvería a oír la habían hecho dudar, pero ahí estaba de nuevo.

—¿Iván?

—¡Hombre, señora Parks, menos mal! —Iván se rio—. Un poco más y me leo el primer capítulo de una sentada. Me alegro de que se acuerde de mí.

—Pero ¡cómo no me voy a acordar de ti! —exclamó la mujer, mirando hacia la entrada, la cara del joven volvía a su mente—. ¿Quién te ha…? ¿Cómo has…?

—Hombre, hombre… —se rio el joven—, dejando a la señora Parks sin palabras, ¡todo un logro! Esta noche cuando llegue a casa me voy a colgar una de mis antiguas medallas al cuello.

—¿Por qué me has llamado? —consiguió articular, cogiendo el auricular con mimo, acunándolo entre sus manos, como si así cogiera las manos de Iván entre las suyas, sonriendo al recordar el buen humor del que presumía.

—Un pajarito me ha dicho que tenía usted un libro pendiente por leer, y no le iba yo a dejar con la intriga de saber cómo acaba, ¿no? —respondió socarrón al otro lado del teléfono.

Fue entonces cuando la señora Parks se dio cuenta. Giró sobre sus talones y vio a Gabriela de pie, apoyada en el quicio de la puerta, brazos y piernas cruzadas, y una sonrisa pícara en el rostro. La joven se permitió hasta guiñarle un ojo.

—¿Y esto? —preguntó la señora, levantando el auricular con una mano y señalándolo con el índice de la otra.

—Hace tiempo fui a la biblioteca y me leí la primera parte, Dornibur —explicó Gabriela, encogiéndose de hombros y acercándose hacia la señora Parks—.

Y la verdad que la autora deja el final bastante el aire…

Yo no me quería quedar con la intriga de saber lo que pasa en la segunda y tercera parte, así que me supuse que usted tampoco.

Y si yo no le podía leer el libro, pues había que buscar a Iván, ¿no?

Gabriela había obviado mencionar la pena tan grande que le había transmitido la anciana cuando le había dicho que esa saga la había empezado a leer con Iván y, aunque no se lo dijera literalmente, que o la leía con él o con nadie.

Ya le parecía bastante triste estar rodeada de tanto libro sin poder leerlo por sus problemas de vista, como para que encima tuviera libros «descatalogados».

La boca de la anciana se ensanchó en una gran sonrisa, pura, sincera, una vez que la sorpresa dejó de hacer efecto; una sonrisa imposible de contener, un reflejo de lo que siente el alma.

Unas lágrimas de emoción quisieron hacer su aparición estelar para coronar el momento que estaban viviendo en aquel pasillo, pero la voz desde el teléfono volvió a hacer acto de presencia.

—Bueno, siento cortar el rollo emotivo que estaréis teniendo en este momento —interrumpió Iván por la línea—, pero solo tengo un par de horas de descanso en el trabajo y este libro no se va a leer solo.

La señora Parks se rio. Iván seguía siendo el mismo bufón de siempre, un chaval (quizás ya no tan chaval), atrevido y diestro con las palabras. Directo.

—Espera —interrumpió ahora Gabriela, haciéndole un gesto con la mano abierta a la mujer. Cogió el auricular del teléfono de cable y se lo pegó a la oreja—. Vamos a hacerlo más cómodo. Llámame al móvil, que así nos podemos sentar en la salita.

Tras obtener la aprobación de Iván, Gabriela colgó y segundos después sacó el móvil vibrando del bolsillo, que ya tenía el letrero de «Iván señora Parks» en la pantalla.

—¡Hombre! ¡Cuánto tiempo! —saludó de nuevo Iván al descolgar.

A Gabriela se le escapó una sonrisa. En los meses que había chateado con él por Facebook ya se había dado cuenta de cómo era, pero cada vez era capaz de sorprenderla un poco más.

Decididamente, ese chaval era un pelín payaso.

Le extrañaba que se hubiera sentido atraído por el teatro, cuando lo que de verdad le pegaba era el circo.

Las dos mujeres se instalaron en sus respectivos sillones. Gabriela posó el móvil encima de la mesita, junto a la lámpara, y le dio a un botón.

—Te he puesto en altavoz. Así es más cómodo y te podemos oír las dos —explicó Gabriela al aire.

—Perfecto. ¿Retomo entonces desde el principio, señora Parks? —La señora Parks asintió con la cabeza, hasta que se dio cuenta de que Iván no podía verla.

—Sí, sí, por dónde quieras.

—Instálense entonces. Despegamos.

Iván dejó en ese momento de lado toda la socarronería y puso un tono serio, no solemne, pero sí pausado y calmado.

Empezó de nuevo su narración, con la que había saludado a la señora Parks cuando esta había descolgado el auricular.

La mujer cerró los ojos, con el libro de rigor en las manos, y se dejó llevar, una leve sonrisa todavía fijando sus labios.

Gabriela, en la otra butaca, atendía a la lectura con el libro abierto en su regazo, siguiendo el texto como los estudiantes que siguen el recital de la maestra.

Se le hacía ligeramente extraño estar siguiendo el texto y no tener que leer en voz alta.

Iván tenía un don, sin duda. Gabriela nunca había acudido al teatro, pero se le notaban las tablas: recitaba el texto sin faltas, sin traspiés, como si se lo conociera de memoria.

Envidió su técnica. Ella, a pesar de llevar meses leyendo en voz alta en aquel mismo butacón, se seguía trabando a veces o tenía que volver a empezar la frase porque se había perdido entre tanta coma y tanto sentido.

La envidia hizo crecer una pequeña semilla en su interior: seguro que Iván se había leído el libro antes y por eso recitaba con tanta fluidez.

La semilla pereció rápidamente, ahogada por la realidad: sencillamente tenía más experiencia en la tarea, una voz cautivadora y más talento. No se iba a fustigar con eso.

Tras unas cuantas páginas, Gabriela levantó brevemente la mirada y vio que la señora Parks no era capaz de quitarse la sonrisa serena de paz que decoraba sus labios. Envidiosa, cerró también los ojos e, imitando el ejemplo de la anciana, se dejó llevar por la voz de Iván.