Leyendo en casa de la señora Parks 9 #2
39%

9 #2

Unos minutos más tarde, llegaron las últimas invitadas, y pudimos por fin instalarnos alrededor de la mesa.

Parecía que los sitios ya estaban asignados, así que esperé pacientemente para sentarme la última, ocupando la silla que quedó libre.

Las jovencitas sirvieron café y luego se retiraron, dejándonos solas.

Yo sentía una ligera expectación. Al estar en un ambiente totalmente femenino, sin la sombra de nuestros maridos acechando por las esquinas, pensé que quizás mi anfitriona y sus amigas se atrevieran a tocar temas más sensibles de lo habitual, más profundos, y no solo cotilleos y habladurías.

Para mi desasosiego, estaba totalmente equivocada: los temas eran los mismos que durante las fiestas, solo que sin miedo a ser escuchadas, cambiando los susurros a media voz por voces a pleno pulmón.

—Pues las malas lenguas dicen —empezó Teresa, cogiendo la taza de café y cruzando las piernas, relamiéndose con la exclusiva que estaba a punto de soltar— que la mujer de Emeterio no puede tener hijos y que están pensando adoptar uno, pero recién nacido para que no se note el cambiazo.

—Coronó la bomba con un sorbo de café, ocultando momentáneamente la cara.

El chismorreo desató los comentarios cruzados, que como en un duelo propio de las películas de vaqueros, iban y venían sin darme tiempo a reaccionar, aunque tampoco es que tuviera ganas.

Siendo mi vida social prácticamente inexistente y mi interés por la vida pública más pequeño aún, desconocía los nombres que se citaban en aquel momento.

Me incliné hacia Margarita, que gracias a Dios estaba sentada a mi derecha.

—Emeterio es el responsable principal de SA González, una de las vidrieras más importantes de toda España —me susurró.

—Gracias —le susurré de vuelta, con una sonrisa cómplice.

La conversación siguió en un tono parecido, sacando los trapos sucios de toda la clase alta local y con Margarita haciendo de intérprete.

Después de un rato, mi cerebro desconectó.

Empezó a vagar por las profundidades de mi mente, que, gracias a los años de experiencia, se había vuelto bastante extensa, y por suerte para mí, tras veinte años de búsqueda, aún no había encontrado sus límites.

Mientras mi cerebro se encontraba a la deriva en los mares de mis pensamientos, una barca se acercó hacia él.

En ella, Julio Verne en persona, con su barba blanca y sus ojos claros, dejó de remar para dedicar un saludo a mi cerebro cuando se cruzaron cada uno en una barca.

Fue entonces cuando volví en mí al salón de María Sonsoles y la busqué con la mirada.

Estaba sentada un par de sillas a mi derecha.

Me incliné hacia atrás para conseguir vía libre entre mi potencial interlocutora y yo.

—¿Sonsoles? —Se giró hacia mí con una sonrisa—. ¿Dónde me habías dicho que estaba el baño?

Me escabullí de la mesa sin hacer ruido.

Empujé con disimulo la puerta del despacho y me deslicé dentro.

Frente a la librería de Manuel fui orientando mi cabeza de un lado a otro para poder leer los títulos de los lomos.

Un par de ellos llamaron mi atención. Saqué el primero de ellos con cuidado.

Era un tratado de económicas. Deslicé sus páginas ante mi cara, aspirando el aroma a humo y tabaco.

Probablemente ese volumen acompañaba a su dueño en largas noches de trabajo.

Curioseé un poco el contenido, en algunas partes comprensible, en otras, demasiado avanzado para mis conocimientos.

Devolví el libro con cuidado al hueco que había dejado huérfano entre sus congéneres.

Luego cogí el otro que me había llamado la atención: Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne.

Miré la portada con gesto nostálgico, como quien revisa fotos antiguas.

Estaba encuadernado en terciopelo color esmeralda, con unos detalles de un barco en la portada y de una cueva en la contraportada.

Lo abrí, aspirando nuevamente el olor. Ese libro olía a infancia y libertad.

Lo cerré con mimo. Evoqué vagamente el día que leí Viaje al centro de la Tierra, y el recuerdo arrancó una sonrisa a mis labios.

Lo dejé con cuidado en su sitio, sin necesidad de verificar su contenido.

Conocía la historia de principio a fin. Simplemente me había hecho gracia verlo allí, rodeado de tanto libro técnico.

Un explorador con chaleco y sombrero en medio de una reunión de economistas.

Seguí revisando por encima el resto de libros hasta que una voz a mi espalda me sobresaltó.

—Azucena, ¿estás bien? —Margarita había aparecido silenciosamente en el quicio de la puerta del despacho y me miraba con las cejas fruncidas.

—Sí, sí, perfectamente —respondí, con el corazón acelerado, cerrando el tomo que tenía entre mis manos y devolviéndolo disimuladamente a su sitio—. ¿Por qué?

—Como tardabas tanto el volver del baño, pensábamos que te había pasado algo…

Yo sabía que estaba siendo demasiado indulgente con este «pensábamos» (probablemente nadie más en la mesa se hubiera percatado de mi ausencia), pero aun así agradecí una vez más su preocupación por mí.

—¡Ah, no, no! ¡Tranquila! Al volver del baño me llamó la atención la librería y simplemente quería echarle un vistazo, pero ya he acabado. ¿Vamos?

De vuelta a la mesa, efectivamente, mis sospechas eran ciertas: nadie en la mesa se había percatado de mi ausencia. La charla seguía con su verborrea habitual.

Al volver a casa y comentar la sesión, Norman decidió que era buena idea que siguiera asistiendo.

«Quizás así aprendes algún truco para quedarte embarazada».

Algunas de las mujeres de la empresa lo estaban y otras ya tenían hijos.

Una parte de mí se consolaba diciéndome que por lo menos era una manera de poder salir, mientras la otra se lamentaba de no poder estar en casa tranquila, en vez de tener que escuchar barbaridades.

Pocas veces abría la boca. Aprendí a mimetizarme con el entorno, convertirme en un mueble más; recuperé las habilidades que había adquirido durante años en el despacho de mi padre y las puse en práctica.

En ocasiones imitaba los gestos del resto, riéndome cuando las demás lo hacían o poniendo cara de interesante cuando el chisme subía de tono.

Era un cactus en medio de un campo de delicadas florecillas.

Desentonaba totalmente, molestando en ocasiones con mis espinas y mi apariencia diferente, y por eso intentaba hacerme lo más pequeña posible.

Las únicas pertenencias personales que me llevé de casa de mis padres fueron mis libros, incluidos algunos que mi padre disimuló furtivamente en el ajuar que mi madre había dejado preparado, una mezcla de ejemplares de su colección personal y otros comprados específicamente para la ocasión.

Durante muchos años, la casa no tuvo nombre, solo fue después de la muerte de Norman que le puse El Olivar. Luego comprenderás por qué.

Recorriendo los pasillos por primera vez, encontramos la salita. Al ser un espacio tan reducido, demasiado pequeño para un buen despacho, le pregunté a Norman si podía utilizarla yo. En aquellos momentos los votos del matrimonio estaban recientes y Norman mantenía aún su carisma.

—Mmmm, claro. —Dubitativo, no las tenía todas consigo, hasta que se le ocurrió una idea—. Podrías utilizarla como habitación para el niño.

—Yo había pensado algo más como… una sala de lectura. O un pequeño despacho, quizás pueda postular para un puesto en alguna de las empresas locales. —Norman frunció ligeramente el ceño.

—Pero ¿para qué necesitas una sala de lectura?

Puedes leer en cualquier parte. Mejor guardarla para el bebé, o para poner la máquina de coser y esas cosas —dijo obviando mi propuesta de buscar un trabajo.

Luego me acarició la barbilla—. Bueno, no tenemos ninguna prisa, ya veremos lo que hacemos con ella. ¡Acabamos de llegar!

Finalmente, la máquina de coser estuvo unos cuantos años en esa habitación y mi propuesta de encontrar un trabajo fue eclipsada por la maternidad, aunque quedaran unos cuantos años para llegar a ella.

Tendría que esperar aún más años para ver esa habitación cubierta de libros, tal y como está ahora.

Las semanas pasaron y un jueves cualquiera, saliendo de una de aquellas soporíferas reuniones, me di cuenta de que mi vida estaba adquiriendo una monotonía que hubiera hecho temblar a aquella exploradora que se hacía castigar por la implacable regla de la Hermana Angustias.

Necesitaba volver a respirar, aunque aún no sabía cómo.

Caminando junto a Candela, una de las chicas del servicio que me acompañaba para no volver sola a casa, una idea se me pasó por la cabeza: no era gran cosa, pero una exploradora necesitaba conocer lugares nuevos, por banales que fueran.

Le comenté a mi acompañante que quería aprovechar el buen día que hacía para dar una vuelta más larga de lo habitual antes de volver a casa.

Decidida, me puse a caminar intentando elegir calles por las que no hubiera pasado nunca.

En el poco tiempo que llevaba allí me había acostumbrado a pasar siempre por las mismas calles, buscando los recorridos más cortos y eficaces.

Descubrí locales que no había visto nunca, tiendas preciosas y edificios con magníficas barandillas de metal, con diseños intrincados pintados de blanco.

En una de esas calles nuevas para mí, un pasaje estrecho con una mercería que hacía esquina, pasamos por delante de un café.

Un cartel en la vitrina llamó mi atención y me quedé unos segundos de pie en la acera, mirándolo.

Esa noche, en la cama, la imagen del cartel aún daba vueltas en mi cabeza. Lo haría durante varias semanas, hasta que decidí actuar.