Leyendo en casa de la señora Parks 9
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De repente, bajaron la intensidad de las luces y los arcos de la orquesta empezaron a moverse más lento.

Los primeros compases de un vals de Johann Strauss inundaron la sala.

Movidos por un interruptor, los asistentes a la fiesta se apresuraron a dejar las bebidas y buscar a sus respectivas parejas.

Mi grupo se disolvió. Mientras posaba con cuidado mi copa, prácticamente llena, en una de las bandejas ofrecidas por uno de los solícitos camareros que recorrían la sala, vi a Norman acercándose hacia mí, ajustándose el traje y ofreciéndome una mano caballerosa.

Yo la cogí, siguiéndole el juego, y nos dirigimos a la pista de baile.

Él, con su mano dulcemente apoyada en mi cintura, me miraba a los ojos, sonriendo, y se deslizaba con la misma gracia de siempre.

Yo había mejorado desde aquella primera vez y mis pies, más sueltos, no le pisaron ni una sola vez.

Si por arte de magia apareciera de nuevo aquel fotógrafo que nos robó la instantánea unos años atrás, la foto no habría sido muy diferente.

—Estás preciosa esta noche —me susurró al oído, cuando el ritmo del vals se volvió tan lento que apenas nos movíamos, acompasándose nuestros cuerpos con las hojas de higuera mecidas suavemente por la brisa del brotar de la primavera.

Yo sonreí por fuera y lloré por dentro. Una parte de mí, la más hipócrita, disfrutaba de aquellas fiestas, ya que bajo las luces de la sala y rodeados de tanta gente divirtiéndose, Norman volvía a ser el chico atento del que me enamoré, el detallista, sonrisa perenne.

Como en un baile de máscaras, sabía que la magia se perdería una vez traspasáramos la gran puerta de madera que comunicaba con el exterior, que la máscara con la sonrisa falsa se quedaría abandonada en uno de los asientos del coche y que Norman volvería a ser el hombre serio y frío que habitaba en nuestra nueva casa.

Por eso, durante unas horas, prefería fingir.

Durante unas horas elegía vivir en mi cuento de hadas particular, en el que, bajo aquella luz tenue y envueltos por el resto de parejas que poblaban la pista de baile, una pareja joven, feliz, con una bonita casa, él con un puesto de trabajo envidiable y ella a punto de quedarse embarazada, juntos con toda una vida por delante bailaban enamorados al son de los violines.

Parecía un sueño, un cuento con final feliz.

Si hubiera sido real, me habría quedado a vivir ahí toda la vida.

Desgraciadamente, los cuentos de hadas solo existen en la imaginación y en la boca de quien los cuenta.

Una vez cierras el libro y levantas la vista, el mundo real cae como una losa pesada y fría, desamparada.

En ese tipo de fiestas, la gente solo se fija en la portada.

Critica, envidia y alaba los adornos, la caligrafía con la que está escrito el título, el vestido de esta, el traje de aquel…

Pocos buscan abrir el libro, leer la historia.

Tras la boda, nos habíamos mudado, empujados por la expansión de la empresa en la que Norman había empezado a trabajar.

Le habían ofrecido un puesto como encargado en la nueva sede y él, adicto al éxito y a los reconocimientos, ni siquiera me consultó la decisión.

Con el cambio de ciudad, me vi aislada de todos los que conocía: me carteaba a menudo con mi padre, pero no era lo mismo y perdí el contacto con Adelina, que también se casó.

Norman tenía sus compañeros de trabajo, no como yo, que pasaba mucho tiempo en casa: me sentía sola.

De vez en cuando se me iban los ojos a mi diploma enmarcado y añoraba aquellos años de libertad.

Rodeada de los libros que tanto quería, los únicos que no me habían abandonado, me refugiaba en mundos que no existían para soportar la pena.

Cuando fuimos a vivir juntos, Norman cambió progresivamente su forma de ser, hasta volverse irreconocible.

Aquel galán que me había cortejado durante meses, que me hacía sonreír y me besaba con dulzura con la mano cariñosamente posada en mi nuca, se quedó guardado en un cajón.

Le sustituyó un hombre serio, más centrado en su trabajo que en su familia, cuyo carácter se fue agriando a medida que fracasaban nuestros intentos por engendrar un hijo, un tema que acabó convirtiéndose en terreno prohibido.

No mencionábamos nada sobre ello, incluso nuestros infructuosos intentos cada noche se realizaban sin intercambiar palabra.

Como mujer, sentía que estaba fallando en mi cometido y los comentarios de Norman solo apoyaban esta idea.

Inconscientemente empecé a evitarle, de forma similar a como había visto hacer a mi padre con mi madre.

A falta de despacho en el que esconderme, hundía mi cabeza en los libros, para evitar lo máximo posible cualquier tipo de conversación. Me volví una extraña en mi propia casa.

Norman siempre colocó las apariencias en un pedestal privilegiado, por ello el paripé hacia los ojos ajenos en los eventos, para no dar de qué hablar, por miedo a perder su buena imagen.

Él, que siempre había conseguido todo lo que quería en la vida, también veía temblar su cometido como marido.

¿Aún no tenían hijos? ¿Qué les pasaría? Se esmeraba en guardar las apariencias en público, intentando acallar los cuchicheos.

Simplemente tardábamos un poco más de lo normal, no era nada grave.

Nos queríamos. Al menos, aparentemente. Él hacía como que me apreciaba y yo, solícita, que era correspondida.

A través del salón nos cruzábamos miradas y él me sonreía.

Yo añoraba aquella primera vez en la que aún no había caído en tretas ni engaños.

—Azucena, entonces, ¿vendrás?

Yo emergí del estanque de mis recuerdos, cogiendo aire y girándome hacia el grupo de ojos que me miraban, expectantes.

Eran las mujeres de los compañeros de trabajo de Norman.

Solía acercarme a ellas en este tipo de eventos, fingiendo involucrarme en las conversaciones, cuando realmente estaba pensando en mis cosas.

—¿A dónde?

—¡Al café de los jueves! Todos los jueves organizamos un café para charlar de nuestras cosas, ya sabes —me dijeron, con un gesto en el hombro y un guiño cómplice—. Va a hacer ya varios meses que vives por aquí y nunca has venido. Esta semana toca en casa de Sonso. Vendrás, ¿no?

—Sí, sí, claro —respondí, sin haber hecho mucho caso al mini discurso de Margarita, mientras seguía un poco mareada por mis ensoñaciones y el peso de las ilusiones perdidas.

—Veis, os lo dije —comentó al resto del grupo, que correspondió con un asentimiento general y cambió de tema, volviendo rápidamente a los cuchicheos.

Con el final de la fiesta, los músicos recogieron sus instrumentos; los camareros, las copas y platos vacíos; y los invitados, su modestia y falsas palabras. Norman y yo salíamos del brazo cuando Margarita se acercó para confirmar que nos veíamos el jueves. Yo sonreí.

—Hasta el jueves. —Aunque la reunión no encabezara mi lista de preferencias, al menos me haría cambiar de aires y quizás incluso podríamos sacar buen tema de conversación, alejadas de la mirada controladora de nuestros maridos.

Ya en el coche, pensé en el hecho de que Margarita se hubiera acordado de mí.

Una pequeña luz se encendió en mi interior, abrazándome con su calor.

Se me escapó una sonrisa, que se escondió rápidamente en el cuello de mi chaqueta.

Quizás no estaba tan sola como pensaba. Con el rabillo del ojo vi a Norman, sentado en el otro extremo de los asientos traseros, con la mirada perdida por la ventanilla.

—¿Qué hay el jueves? —me preguntó, sin dejar de mirar hacia el exterior.

—Las mujeres de tus compañeros del trabajo quedan los jueves para charlar y hacer labores.

—Bien —comentó él, escueto—, así harás amigas y aprenderás a ser buena esposa. Tienes mucho trabajo por delante.

Durante varios días esperé la cita con impaciencia.

Por fin tenía algo que rompería la monotonía de los días y, aunque me daba pena dejar a mis compañeros los libros, sabía que me estarían esperando cuando volviera.

Una de las chicas del servicio me acompañó hasta la casa de Manuel y Sonsoles.

Cuando llegué, solo había dos o tres mujeres de pie, charlando en un pequeño grupo.

Al traspasar el umbral, se giraron hacia mí.

—¡Hombre, Azucena! ¡Qué alegría! Bienvenida.

Tras los dos besos protocolarios, la anfitriona se propuso enseñarme la casa.

El salón principal era una estancia amplia, luminosa, con los muros cubiertos por tapices y los muebles repletos de diferentes adornos exóticos.

En todas las estancias de la casa, los tapices se erguían como los principales protagonistas, a excepción de la cocina.

María Sonsoles me iba explicando por encima de dónde venía cada uno de ellos, pero una exploradora siempre tiene un sexto sentido en guardia, y mientras ella estaba inmersa en las diferencias entre la seda bizantina y la lana inglesa, pude ver con el rabillo del ojo una gran estantería en lo que parecía el despacho de su marido.

Ya de vuelta en el salón principal, unas jovencitas acababan de preparar la vajilla sobre la mesa.

—Perdón que no esté lista aún, una de ellas derramó todo el café y tuvieron que cambiar el mantel. A veces me pregunto si lo hacen aposta, sinceramente… —dijo, echando con una mirada despectiva al grupo de chicas que estaban terminando de colocar las tazas y los aperitivos.