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—Perdone la pregunta, pero con todo el dinero que tiene usted, ¿me puede repetir qué hacemos aquí?
Gabriela y la señora Parks caminaban agarradas del brazo con paso tranquilo entre la multitud.
Hacía un par de semanas, la mujer le había preguntado si estaba libre el domingo por la mañana para participar en un recado especial.
Cuando la anciana le había explicado en qué consistía el «recado especial», Gabriela había fruncido el ceño, pero disponible estaba, así que había accedido.
Los domingos se montaba en uno de los pueblos cercanos un mercadillo de segunda mano, un rastro en el que los particulares vendían todo aquello que ocupaba espacio en la casa y que durante años no hacía más que coger polvo.
Tras el austero cordón policial y la valla de metal que evitaban el paso de vehículos, peatonalizando por una mañana una de las calles principales del pueblo, ambas mujeres se encontraron paseando entre puestos improvisados en maleteros de furgonetas, mesas plegables o en el suelo mismo, la mercancía posada sobre sábanas blancas para protegerla de la suciedad del asfalto.
Con la señora Parks agarrada del brazo, Gabriela llevaba un carro de la compra con la mano libre e iba viendo cómo la gente intentaba vender ropa de bebé, juguetes de niños, vinilos, muebles antiguos, ropa, zapatos, licor, relojes, ropa interior, material deportivo, estatuas, sellos… De todo.
En un mercadillo se venden recuerdos. Los libros de la infancia de un hijo, la ropa de cuando era bebé, la raqueta de tenis que pidió por Navidad y nunca usó.
El vestido que llevaste a esa boda y no quieres volver a usar, los sellos que coleccionaba tu abuelo con tanto esmero y que para ti son simples recortes de papel.
Casetes que ya no se fabrican de grupos que ya no se conocen para jóvenes que los quieren para decorar sus salones retro.
La bicicleta estática que, tras un par de usos, acabó convirtiéndose en un perchero algo peculiar.
Recuerdos bonitos o dolorosos. Promesas sin cumplir. Aficiones que no se pueden mantener.
A pesar del riesgo de organizar tal evento en pleno mes de diciembre, hacía un día soleado y despejado.
La gente, bien equipada con abrigos y bufandas, disfrutaba de una de las últimas mañanas al aire libre, antes de que las temperaturas bajaran demasiado como para atreverse a deambular en plena calle.
Un paseante cualquiera habría pensado que veía a una abuela y su nieta, las dos caminando agarradas del brazo, con ritmo tranquilo: esta peculiar pareja se mimetizaba con el resto de viandantes.
Gabriela miraba con ligero interés todos los puestos.
Nunca había sido una persona a la que le gustara ir de compras y, aunque alguna vez había pasado por el rastro, nunca había entrado voluntariamente.
La intención de comprar algo era inexistente, pero la curiosidad le llevaba los ojos de un lado a otro.
Desde artilugios que tenían pinta de antiguos, pero ni una sola idea de para qué servían, hasta muebles horrorosos, pinturas, colchones…
—¡Allí! —señaló la señora Parks. Gabriela giró la cabeza.
La anciana no se había andado con tonterías.
Sabía bien lo que buscaba y, con la astuta mirada de quien repetía por aquellos lares, no tardó en encontrar el objetivo del día.
Se acercaron sin alterar la velocidad hasta un puesto vigilado por una mujer de mediana edad.
Sobre una mesa plegable gris, los recuerdos de una vida se exponían a subasta.
Ropa de bebé, algunas viejas casetes y unos cuantos libros.
Al llegar al borde de la mesa, la señora Parks repitió la estrategia en voz baja.
Ojearon juntas los libros, pero ninguno de ellos captó la atención de la anciana. Con una sonrisa y un gesto de la mano se despidieron de la mujer, que ya atendía a otro posible cliente.
Siguieron andando y no tardaron en encontrar otro puesto con varios libros.
A lo largo de la mañana, Gabriela se dio cuenta de que, en la gran mayoría de puestos, por no decir en todos, había libros.
En algunos solo había dos o tres, quizá regalos poco acertados o descartes de una biblioteca personal, mientras que otros parecían librerías enteras, con hasta tres y cuatro mesas llenas hasta arriba de tomos en buen estado.
—Si alguno te llama la atención, te acercas a enseñármelo; si no, pasamos al siguiente puesto. ¿Vale?
Gabriela asintió. La «estrategia» de la señora Parks era bastante sencilla, al menos, en teoría, ya que la joven no sabía exactamente lo que quería decir «llamar la atención».
Ella escogía los libros atraída por el título y les daba la vuelta con una sola mano para leer la sinopsis, si es que tenían: estaba descubriendo que algunos de los libros más antiguos no tenían sinopsis, y otros, ni siquiera el título marcado en la portada.
La señora Parks, sin embargo, se centraba mucho en la portada.
Cuando se creía a salvo, pasaba las páginas dejándolas fluir unas tras otras, una carrera ya determinada, para que el olor de aquellas historias despechadas le hablara en aquella mañana invernal.
—¿Este?
De vez en cuando, la anciana le tendía un libro para descifrar sus misterios.
La señora Parks sentía la fuerza del libro, su olor, y luego era tarea de Gabriela desvelar su contenido, leyendo el título en voz alta y la sinopsis, en caso de que la tuviera.
Cogió el libro con la mano libre y, al girar, vio que era un romance entre…
—Uf, no, no. Romance no. Últimamente no me están gustando mucho…
—Este tiene buena pinta, pone que está basado en una historia real —comentó mientras levantaba el libro que sujetaba en la otra mano, una novela corta, de unas trescientas páginas, con una mujer de espaldas en la portada y la puerta de Brandeburgo de fondo—.
Es la vida de una mujer en la Alemania nazi que trabajaba de espía para el gobierno francés…
—Mmm… —La anciana lo tomó entre los dedos, sopesándolo con las manos, como si a través del peso del papel pudiera conocer el peso de la historia, sus entresijos.
Recorrió los grabados del título con las yemas de los dedos, como si un idioma similar al braille pudiera susurrarle los detalles de aquella vida novelada.
Disimuladamente se lo acercó a la nariz para poder inspirar su aroma y parece que le gustó, porque tras echarle una segunda mirada a la portada, emitió su veredicto—. ¡Sí! Nos lo llevamos.
Lo dijo en plural, como si Gabriela hubiera tenido vela en ese entierro, cuando simplemente se encargaba de leerle las sinopsis y arrastrar el carrito de la compra que se iba llenando poco a poco.
Con el paso de los puestos y de los minutos, Gabriela se dio cuenta de que daba igual si parecía una buena historia o no.
Si el tacto y el olfato, si la intuición daba el visto bueno, atrás quedaba cualquier otro criterio objetivo o subjetivo.
Algunos libros los escogió la anciana en persona, sin ningún tipo de ayuda.
Venía en esas ocasiones cargada hasta arriba, los lomos de los libros dejando entrever solamente su pelo blanquecino y poniendo en riesgo su ya precario equilibrio.
—¿No es más cómodo llevar un par de bolsas de plástico? —había insinuado la joven, cuando vio aparecer a primera hora de la mañana a la anciana con un carrito de la compra viejo y desgastado.
Unas horas después, el propio peso del carrito le había dado la respuesta.
No quería ni imaginar qué hubiera implicado tener que llevar todo eso a cuestas con las asas de plástico clavándose en las palmas de las manos, cortando todo riego sanguíneo necesario para que sus dedos pudieran funcionar con normalidad.
—Este tiene buena pinta. La autora se llama A. S. Byatt.
—¡Ay! —saltó de alegría la anciana. Se giró hacia el chaval de unos dieciocho años que controlaba el puesto sentado detrás de las mesas de plástico, parcialmente cubierto por una pila de cintas de VHS—. ¡Dime que tienes más libros de ella!
—Pues no sabría decirle, señora. —El chico se rascó los rulos negro azabache con la mano derecha, sujetando el cómic con la otra, ladeando la cabeza—. Tendría que preguntarle a mi madre. Estos libros son suyos, así que no tengo ni idea…
La señora Parks se liberó del brazo de Gabriela para sacar del bolso una pequeña libreta beis, con anillas plateadas y hojas rayadas, y un bolígrafo. Con una letra pequeña y apretujada, garabateó unos números en una de las hojas, que después arrancó y entregó al chico.
—Te dejo mi número de teléfono. Pregúntale a tu madre si cuenta con más ejemplares, y, si es el caso, dile que me llame, por favor. ¿Te acordarás?—. El chaval pareció sopesar la idea, la mirada perdida en la hoja de papel.
—Claro, sí, sí. Sin problema. —Con un gesto despreocupado, dobló la hoja en dos y la guardó entre las páginas del cómic.
Si Gabriela tuviera que apostarse algo a que esa hoja acabaría perdida en medio del mercadillo, debajo de la suela de algún fanático de los artículos de segunda mano, no habría salido mal parada.
El chico le tendió el ejemplar de Naturaleza muerta y les deseó buen día a ambas. Gabriela se descolgó la mochila del hombro y metió el libro en uno de sus bolsillos. El carro de la compra pesaba horrores y quería empezar a equilibrar un poco la carga.
La señora Parks nunca regateaba ni caía en las ofertas de 2 x 1.
Si un libro le interesaba, pagaba el precio que aparecía marcado a lápiz en una de las páginas iniciales; y, si por el contrario, no le llamaba la atención, no se lo llevaba ni regalado.
Aunque acabaran comprando más de cuarenta libros aquella mañana, todos tuvieron un porqué, y, en unas cuantas ocasiones, la decisión estaba más que clara.
De entre todas las cosas, la anciana amante de los libros tenía un punto débil.
—Dime qué pone, por favor. —La señora Parks se acercó, solícita, con un libro que acababa de comprar entre las manos.
Gabriela lo cogió, abierto por la portadilla, en la que un trazo a pluma aparecía justo debajo del título impreso en el papel amarillento, un breve prólogo añadido por su antiguo dueño.
—«Te deseo feliz Navidad. Los mejores deseos de parte de tu tío».
La debilidad de la señora Parks eran las dedicatorias. Como le explicó un día a Gabriela en la mesa del comedor, una dedicatoria podía cambiar totalmente un libro.
—Piénsalo. Primero de todo, cuando dedicas un libro a alguien, es porque es especial para ti.
Puedes no regalar nada, regalar un libro o regalar un libro dedicado.
Las tres opciones son bien diferentes y dejan claras tus intenciones.
Regalar un libro dedicado… —La mujer le ofreció una mirada ferviente, agarrando con pasión la taza de café que tenía entre las manos—.
Es harina de otro costal. No se lo haces a cualquiera y, sabiendo que esas palabras van a quedar grabadas, están elegidas con mimo.
Luego está también el libro. ¿Por qué ese libro y no otro?
Es una pregunta que me intriga siempre, y es por ello que necesito comprar los libros dedicados.
Es como una de esas muñecas rusas: una historia dentro de otra historia.
—Bueno, muy especiales no serían esas personas si los que lo reciben acaban vendiendo el libro en un mercadillo —intentó contraatacar Gabriela, que no comprendía del todo esa entusiasta emoción por cuatro palabras garabateadas en las páginas iniciales de un libro.
—No siempre es el receptor del mensaje el que vende el libro —respondió la mujer, bebiendo un sorbo de café—.
A veces la gente fallece, o se muda y ese libro se queda traspapelado…
Y otras veces, sí, tengo que darte la razón, a la otra persona no le hace tanta ilusión esa dedicatoria como la que se molestó en escribirla.
Sin embargo, las dedicatorias pierden todo su sentido si no tienen a quién ir dirigidas, así que…
—Le dirigió una mirada traviesa—. La dedicatoria no sabe a quién está dedicada.
Si su destinatario original no la apreció lo suficiente, me gusta sentirme como si fuera su destinataria adoptiva, su «madrastra literaria».
En eso estaba pensando Gabriela cuando le tocó superar los tres escalones de la entrada con el saco de cemento en el que se había convertido el carro de la compra, sumado a los dos o tres libros que llevaba a la espalda.
Cuando llegaron a la gran biblioteca, Gabriela hizo cálculos en su mente.
Miró hacia el carro de la compra, luego a la mochila posada en el suelo, para después recorrer con la mirada las estanterías plenas del salón: le pareció una tarea inviable incluso antes de empezar.
«Pero si no hay ni un solo hueco, ¿dónde los va a meter?
». El tiempo, una vez más, le acabó dando la razón a la señora Parks.
Con la mano experta de quien es conocedor de su fortuna y de su entorno, movió libros con destreza, abriendo y cerrando cajones, reorganizando baldas con la ayuda de Gabriela, hasta que creó huecos allá donde no los había.
Después de varias maniobras dignas del mejor prestidigitador, era imposible decir que la casa tenía cuarenta y tres nuevos inquilinos, tan camuflados como estaban entre los antiguos residentes.
«Si me lo dicen, no me lo creo», pensó Gabriela, sin saber todavía cómo había hecho la señora Parks para encajonarlos todos.
—Algunos tienen otros vicios —siguió reflexionando la señora tras explicar su devoción por las dedicatorias y encogerse de hombros—, el mío es la lectura.
—Hombre, de todos los vicios que permiten evadirse del mundo real —bromeó Gabriela— creo que ha escogido el más sano.
—No sé yo si decirte el más barato…
Ambas rieron al unísono y el eco de su alegría rebotó entre los guardianes de historias, los que hacía años que poblaban aquellos muros y los recién llegados.